Tendencias

El que no avanza, retrocede

Reseña de la nueva novela de Rodrigo Hasbún, ‘Los años invisibles’, publicada por El Cuervo.

Portada de ‘Los años invisibles’, novela de Rodrigo Hasbún.

Portada de ‘Los años invisibles’, novela de Rodrigo Hasbún.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Molina - periodista

00:00 / 22 de enero de 2020

En Los afectos, su anterior novela, el cochabambino Rodrigo Hasbún había logrado “hacer ficción” en el sentido fuerte de la palabra. Esto es, había inventado unos personajes que no eran él ni tenían nada que ver con él y les había dado una corporalidad persuasiva; acto seguido, los había lanzado en unas trayectorias que eran destinos singulares y, a la vez, posibilidades vitales universales. Además, lo había hecho con esa gracia, con ese sentido de la forma (y sus relaciones carnales con el fondo), que a mis ojos lo habían convertido —lo publiqué alguna vez— en el novelista nacional más valioso, no solo el más prometedor.

Los afectos fueron un paso adelante respecto a su obra previa (Los años más felices, El lugar del cuerpo, Cuatro), bella en un tono menor y anticipatoria de posteriores logros, pero también adolescente en varios sentidos y no solo a causa de la edad de la mayoría de sus protagonistas.

Por alguna razón extraña, aquel paso adelante ahora ha sido desandado por Hasbún en su última novela Los años invisibles, que recae —este es el verbo preciso— en la literatura semiautobiográfica y juvenil que no solo era la suya previamente sino que también es la típica de docenas de escritores latinoamericanos actuales, la cuerda de los “confesionistas”, con Patricio Pron a la cabeza. Esta es la rama de la literatura contemporánea menos exigente y menos interesante de hoy. Además, en esta su última novela, Hasbún se ha sumado —en realidad, ha vuelto— a ella cometiendo errores de bulto.

Hace algún tiempo, en una entrevista, el escritor dijo que en Los años invisibles contaba de una nueva manera una historia que había tenido en la cabeza previamente, a la que se había aproximado de otra forma en una obra anterior. Pues bien, aclaremos de inmediato que esta obsesión por el conjunto de personajes y anécdotas que aparecían en los cuentos de Los años más felices y que ahora reaparecen en Los años invisibles solo es justificable para una persona: el autor, que debe de tener alguna conexión psicológica con él. No ocurre lo mismo con el lector, que no encontrará este conjunto destacable o significativo bajo ningún concepto. ¿Qué de destacable o significativo podría haber en un grupo de muchachos, sin nada peculiar excepto ser jóvenes, haciendo los descubrimientos y teniendo las aventuras que todos hemos hecho o tenido, o de los que todos hemos oído hablar alguna vez?

Si esto es así, solo una cosa podría haber justificado un remake parcial de Los años más felices: el virtuosismo escritural. Esto es, una hechura claramente superior, un manejo más maduro y experto de los medios expresivos que se usaron precedentemente, etcétera.

Preguntémonos ahora, entonces, si Hasbún logra justificar así su empeño en trabajar sobre sus tiempos colegiales, sobre las anécdotas que, en primer lugar, lo convirtieron en escritor.

La respuesta es combinada: Sí, en las dos primeras partes del libro (que tiene cinco), en las que aparece el Hasbún de Los afectos, ese que compone por medio de mínimos gestos, de precisas alusiones y, a menudo, de sustracciones, logrando unas imágenes poéticas y sugestivas. Estos dos pasajes, a través de anécdotas mínimas (el encuentro de un chico con una de sus profesoras; una chica que se da cuenta de que está embarazada de un novio que no quiere; dos excondiscípulos que, 21 años después, se encuentran en un bar en Houston), muestran el despertar, primero, y, luego, el transitar de algo cuya naturaleza no es fácil de determinar, pero que, por comodidad, podríamos llamar “nostalgia”.

De ahí en adelante, en cambio, Hasbún se torna irreconocible: como tantos y tantos escritores nacionales, se demora en banalidades o en digresiones injustificadas (letras de canciones, el recuento de los tragos y los cigarrillos consumidos, sueños, conversaciones llenas de jerigonza, pero sin valor alguno para la trama o la construcción de los personajes) y al mismo tiempo despacha a toda prisa hechos importantes (el noviazgo de una chica con un hombre casado, por ejemplo) por un procedimiento desconcertante para tratarse de un escritor de su calidad: la presentación de sumarios informes de los acontecimientos por parte del narrador o de alguno de los personajes. De este modo, como en el promedio de las novelas nacionales, la historia no sucede, sino que “es dictada”. Hay que mencionar que la trama que plantea Los años invisibles requeriría de al menos 100 páginas más —si no de 150— para realmente suceder.

Otro defecto básico es la inusitada cantidad de clichés que se encuentra en el libro: una trabajadora del hogar que es un estereotipo, sin ningún desarrollo; unas escenas de sexo… no sé, ¿ingenuas?; una conversión religiosa —la de los padres de Andrea— totalmente inopinada e inverosímil; en fin…

Estamos ante una novela innecesaria en la carrera de un autor valioso al que le haría mucho bien no volver a mirar hacia atrás.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2
3 4 5 6 7 8 9
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia