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La vitalidad de un rompecabezas

Paz Soldán toma una radiografía a la sociedad con el lenguaje de los muchos personajes de su última novela,  ‘Los días de la peste’.

'Los días de la peste' de Edmundo Paz Soldán.

'Los días de la peste' de Edmundo Paz Soldán.

La Razón (Edición Impresa) / Magela Baudoin / Escritora

00:00 / 13 de agosto de 2017

Los días de la peste, de Edmundo Paz Soldán, es una novela coral en la que se engarzan al menos 30 voces y en la que, a pesar del ejercicio multitudinario, no decae la tensión, sino se afianza. En términos mecánicos, el motor cascabelea brevemente en el arranque hasta encontrar su punto, alcanza una velocidad crucero y no decae más. Quizás deba iniciar de otro modo: Siempre que se dice “novela coral”, me estremezco un poco; las ambiciones faraónicas suelen ser indiscutiblemente virtuosas y, al mismo tiempo, aburridísimas. Extenuantes paseos digresivos, puntos de vista mareantes, tramas laxas…. No es el caso de Paz Soldán.

La novela se arma con prolijidad en tres partes, en las que se intercalan voces narrativas diversas e imantadas por la radicalidad de su ejecución, por su versátil desempeño lingüístico. De modo que estamos ante una radiografía social —esto lo más interesante— cuya osamenta es nada menos que la lengua o, para ser rigurosa, su ejecución particular y singularísima en cada personaje, es decir, el habla. Un habla en muchos casos creada, no reproducida, que tiene alcances poéticos —intervenida de haikus, por ejemplo— y que goza de total vitalidad. Así, al gobernador le sigue Rigo, a éste Saba, a él Krupa, el Loco de las bolsas, la Jovera y Celeste y Usse y la Doctora y Lillo y Antuan y… El oído no se pierde, no se cansa, sino que va encontrando con rapidez las piezas de este rompecabezas orwelliano. Claro que decir orwelliano es casi un lugar común porque no es la distopía, el infierno de la cárcel lo que nos debe llamar la atención, sino el orden alcanzado, los equilibrios, la armonía perfecta, lo parecido que es a nuestro mundo ese otro subalterno.

La Casona, que puede ser San Pedro o casi cualquier cárcel sudamericana en donde el amontonamiento sea la norma, es una ciudadela, rodeada de muros, que no solo aloja en su interior violencia, pobreza, droga, tranzas, peleas territoriales, corrupción, sino un culto epidémico y vengativo a Ma Estrella o la Innombrable; este culto se expande, vaya metáfora, a la par de una arrasadora peste que cunde y que viene a desestabilizar el poder.

Paz Soldán ha respondido al suceder de los años con una prolífica y polifacética obra, que podría despistar sobre sus búsquedas al lector distraído. Ha migrado de géneros, ha explorado temas y formas, ha amasado el lenguaje en distintos modos (Dochera, Iris, Las visiones…), mas su interés por la política siempre ha estado allí, anidando agazapado. Sí, la política como la entendía Hannah Arendt, no como un hecho que es inherente al hombre, sino como un germen que surge de lo diverso, de la fricción humana, de la relación misma que por naturaleza es inflamable, del devenir de la convivencia, la cohabitación, el hacinamiento. De esa recurrente obsesión escribe Paz Soldán en Los días de la peste. Y no se pierde.

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