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Una vida hecha obra

Joaquín Sánchez presenta ‘Works’, una retrospectiva de su obra, en Mérida Romero Espacio de Arte, el 10 de abril a las 19.30. Ésta la mirada de cuatro curadores.

Una vida hecha obra.

Una vida hecha obra.

La Razón (Edición Impresa)

16:49 / 12 de abril de 2018

Los hilos de la trama y de la urdimbre nos recuerdan la rica tradición en los tejidos andinos en la obra de Joaquín Sánchez. Bolivia es uno de los países más ricos en la pervivencia de la tradición prehispánica y colonial del tejido. Consciente de esta realidad, Sánchez lleva su mirada hacia la producción de las artesanías del tejido ligadas todavía a una ruralidad en situación de desmantelamiento y realiza una propuesta plástica renovada. Con los monumentales ovillos de lana de camélidos, Sánchez plantea contenidos culturales locales, reinterpretando una realidad vigente en el alma mestiza del continente a través de un diálogo enriquecedor entre un arte de tradición erudita y el arte popular. Su obra traduce un deseo de recuperación de la artesanía y su inclusión en el arte boliviano. Al enterrar los hilos de los ovillos en la tierra, Sánchez nos habla de la “madre tierra” de la unión de las artes populares con lo más profundo del ser, de la creación. Bienal de Venecia, 2005. Irma Arestizábal

Tan mestizo como tú o como yo, (habitantes urbanos del planeta), Joaquín Sánchez es un artista del siglo XXI, con todo lo que esto significa. Es la expresión de una cultura globalizada donde se mezclan tiempos remotos con inmediatos; trabaja en la construcción del pensamiento con los hilos de la memoria, que se confunden con vivencias del presente y visiones futuras para tejer obras que abrigan el alma. Suele reconocerse en habitantes de territorios ajenos, de costumbres extrañas, de orígenes distintos, para latir juntos en los espacios que el arte le proporciona en cualquier ciudad del mundo. Es un artista visual de inusual sensibilidad, de creatividad fecunda e inagotable, no importa si utiliza el video, la fotografía, construye un objeto o arma una instalación. La representación es el tema que le inquieta cada vez que algo mueve sus entrañas, ese algo que tiene que ver con los sentimientos más profundos: con el amor, con nuestros orígenes, con la forma de reinventarnos, con la existencia cotidiana, con las herencias culturales, con la manera de expresarnos. La aproximación a sus obras será inevitablemente afectiva e intelectual. Sus trabajos son producto de largas investigaciones, de inquietantes cuestionamientos, de cuidadosa factura y, aunque muchas veces toque temas que han dejado heridas, sus obras nos proporcionan la sensación de una brisa fresca y reconciliadora. Cochabamba, 2005. Cecilia Bayá Botti

El hecho de que el artista sea parte constitutiva de la obra, tal como plantean varios trabajos de Sánchez, despoja a la pieza de su carácter de mercadería, de objeto pasible de una compra-venta. Tal vez sea esa la causa de cierto desencanto por parte de la pequeña burguesía, que añora, aun cuando sea solamente en sus propias fantasías, poseer la pieza, es decir, anularla, neutralizarla. Pero cuando se incluye en la obra el factor temporal y, para colmo, el factor humano en el sentido más literal de la palabra a través del propio cuerpo del artista, la obra acaba siendo, en lo físico, un mero registro en forma de video o fotografía. La obra nos obliga a comprender que el arte no es necesariamente físico. [...] El dorso del artista “pintado”, impregnado con imágenes de luz en Tejidos, 2002; el artista desnudo flotando, dentro de un corazón transparente, sobre un agitado lago Titicaca en Mboi Piré, 2007, e inclusive la pareja de danzantes desnudos en Sin culpa, 2004, poseen tal carácter detonador de metáforas (se constituyen en determinados estímulos discriminativos, diría el psicólogo) que permiten varias resignificaciones del desnudo y de la desnudez, entre ellas, la idea del desnudo como metáfora de algo que no es necesariamente negativo ni pecaminoso, sino más bien positivo. Roberto Valcárcel Möller-Hergt

De manera similar en que algunas tribus indígenas de la Amazonía conciben el corazón como la esencia de la persona, el corazón de Joaquín es un órgano simbólico de pulsiones esenciales y vitales que lo reconecta con la naturaleza (contexto de su niñez) en su encuentro con lo personal, lo histórico y etnográfico de su búsqueda artística. Su corazón bombea con exuberancia esta combinación de intereses discursivos, manifestados no solo en la formalización del objeto artístico manteniendo su anatomía orgánica real en el caso de los corazones tridimensionales o su forma sintética en el de los bidimensionales, sino también en la producción de sus contenidos donde intervienen factores históricos, de colaboración etnográfica, o relativos a los sueños, fantasía y memorias del artista. Para escuchar los corazones de ñandutí, madera, hielo, papel o incluso plástico, que resuenan en silencio y que también laten digitalmente, es preciso cerrar los ojos y olvidar momentáneamente aquel órgano romántico, motor de las pasiones amorosas de la fe cristiana y, por consiguiente, de la cultura occidental, que tiene aquella forma estilizada que encontramos en las tarjetas de los enamorados. La Paz, 2013. Narda Alvarado

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