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Matilde Casazola, la trovadora sin condiciones

Casazola, Premio Nacional de Cultura, une música y poesía en su canto a la vida, al ser humano y a la luz, porque ella es el poema mismo.

Matilde Casazola, Premio Nacional de Cultura.

Matilde Casazola, Premio Nacional de Cultura. Foto: APG

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho

10:55 / 27 de diciembre de 2016

El año de los poetas y músicos ha sido 2016. El premio Nobel de Literatura a Bob Dylan, poeta y cantautor, y la muerte de Leonard Cohen, poeta, novelista y cantautor, trajo a nuestra mente el recuerdo de extraordinarios juglares que supieron y saben escribir poesía y componer música; muchos afirman que la poesía es música por sí misma. En Bolivia acaban de otorgarle el Premio Nacional de Cultura 2016 a Matilde Casazola, poeta y cantautora de las más reconocidas en nuestro país. Muchos de sus poemas fueron pensados como canciones o se transformaron en canciones. Desde que la conocí, hace muchos años, pienso que ella es el poema mismo. Menuda, sencilla, humilde, hay que acercase para escucharla cuando se conversa con ella; sin embargo cuando canta se transforma en energía vital.

Tanto su poesía como sus canciones, que son muy difíciles de diferenciar, porque son una unidad, son un canto al amor, a la vida, a la naturaleza, al ser humano, al triunfo de la luz sobre la oscuridad. En la actualidad, si existe una poeta boliviana amada por todos es Matilde, y decir eso en un medio como el nuestro, lleno de mezquindades, es mucha cosa. Lleva publicados más de catorce libros de poesía, muchas reediciones y diez discos. Cuando estaba seleccionando a qué poetas incluir en la Antología del siglo XX en Bolivia, que me encargó la prestigiosa Editorial Visor, de España, Matilde fue uno de los primeros nombres que elegí para que integre la lista de los poetas contemporáneos.

Varios poetas y escritores valoraron esta inclusión porque consideraban que la ausencia de Matilde en varias antologías nacionales era injusta, quizás porque algunos críticos o estudiosos de la literatura nacional pensaban que su obra era más musical que poética. Entre ellos Gabriel Chávez, que fue uno de los que propuso el nombre de Matilde para el Premio Nacional. Me alegro de que esa antología, publicada en España, haya contribuido a la difusión en el mundo entero de la obra de Matilde y de la de otros poetas bolivianos.

Si Gladys Moreno fue la gran intérprete de la música boliviana, Casazola es la gran letrista y compositora de nuestra música; es autora de hermosas piezas musicales que son parte del repertorio nacional y se constituyen en patrimonio nacional, como El fueguito, El regreso o Tanto te amé, que son interpretadas por cantantes como Jenny Cárdenas, Emma Junaro y grupos folklóricos de todo el país. Al respecto, en una entrevista en el periódico La Razón, Matilde, con la humildad que la caracteriza, afirma que incursionó “en el mundo de la música porque a través de la canción la poesía llega muchísimo más rápido a las personas. Entonces empecé a entregar canciones en música y letra. Poco a poco éstas golpearon los sentimientos en Bolivia y me parece que la popularidad de mis canciones se debe a otros artistas, a quienes también agradezco” y luego agregó que le encanta que interpreten su música porque siempre ha querido compartirla.

Matilde nació en Sucre, en 1943, a los 11 años ganó un premio en los juegos florales y luego estudió en la Escuela Nacional de Maestros, especializándose en música con el maestro Pedro García Ripoll. Viene publicando desde la década de los sesenta. Entre sus poemarios podemos citar Los ojos abiertos (1967); Los cuerpos (1976); El espejo del Ángel (Sucre 1981); Amores de alas fugaces (1986); …Y siguen los caminos (1990); Estampas, Meditaciones, Cánticos (1990); Obra poética (1996); Las catedrales subterráneas (2008). Obra musical publicada: Una revelación (1976); De regreso (, 1984); Cuatro Estancias poético-musicales (Breve Antología de sus Canciones, 1988) y Canciones del corazón para la vida (1998). Es miembro correspondiente de la Academia Boliviana de la Lengua y su repertorio musical como poético es tan amplio como su amor por lo que hace. Matilde es una mujer que se entrega al arte, sin condiciones y sin pedir nada a cambio.

En el poema 69 de Las catedrales subterráneas, Matilde nos dice: “Suprema dulzura/ en el bosque de la vida, tu canto. / Como una alucinación de mis oídos, / tu frase breve incesantemente repetida. // No lluvia torrencial que cayera/ sacudiendo sensuales fragancias dormidas / ni cascada que en los hondos abismos / se despeña bravía”.

Recuerdo que la conocí en la ciudad de La Paz, a finales de los setentas, en la casa de la pintora Silvia Peñaloza junto a otros artistas plásticos y escritores como René Bascopé Aspiazu, Manuel Vargas y Jaime Nisttahuz. Yo había escuchado hablar de ella y algunas de sus canciones ya las cantábamos en las frecuentes guitarreadas. Como era su costumbre la poeta llevaba su guitarra y no se hizo rogar cuando alguien le pidió que nos interpretara algunas piezas de su repertorio.

Años después, en mi calidad de oficial mayor de Cultura de la Alcaldía paceña, organizamos para ella un concierto en el emblemático Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez; el espacio quedó pequeño para tantos seguidores. Enhorabuena, querida Matilde.

Escritura. La editorial 3600 publicó en agosto el segundo volumen de la obra poética completa de Casazola. Foto: APG

Honesta de principio a fin

Cergio prudencio - director de orquesta (*)

Matilde Casazola apareció un día con aura flotante y enigmática (como su trova) auscultándolo todo, o casi; desconfiada tal vez de los golpes sorpresivos de la vida. Al menos esa impresión tuve. A poco de nuestro primer encuentro me escribió: “Aquí en Sucre mi vida es extraña, medio mística.

Tengo un grupo de muchachos (4) con los que hago música en la misa de los domingos de la Iglesia de Santo Domingo. Son jóvenes, con talento. Hace un año que trabajo con ellos. Les enseño la guitarra y un poco de formación musical. Creo que esto me ha ayudado, luego del vacío enorme con que me encontré dentro de mi propio ser, a la salida de aquella enfermedad grave que descompaginó mi vida anterior”. No hay duda de que ese episodio marcó su vida como un parte aguas.

“Después de estar alejada muchos años de la religión, volví al seno de la Iglesia, creo que fue el año 87, el de mi enfermedad. Me gusta la religión católica porque es más humana. Tiene además de Dios, una figura femenina que la identifica con la deidad de la Pachamama: María”.

Mucho antes, cuando la convicción y el hado me devolvieron a Bolivia, había sentido en la voz de Matilde mi propia voz en este espléndido enunciado: “traigo nombres de otras patrias”. ¿Cómo podía alguien saber tan bien lo que mi alma quería decir? Traía entonces yo efectivamente el nombre de Venezuela en el costado izquierdo, con su caudal de apegos y progresiones anímicas, cuando los ojos se me enjugaron en el sobrevuelo de la cordillera circundante, y miré “mis montañas recortadas” (que no recordadas como el imaginario popular ha convertido). Recortadas en trazos rasgados y caprichosos, desafiantes y bellamente estéticos.

Matilde y la montaña siempre se entendieron: “Hemos tenido poco tiempo de conversar. Creo que La Paz es así, y creo que en esta época es así. Y como la vida se va, a manera de los días, y las hojas de los árboles, antes de que el destello cegador de esos días que pasé en La Paz, cercados por la belleza del Illimani, desaparezca, y parezca un sueño, te escribo”.

En recurrentes diálogos platicamos muchas veces con Matilde sobre los misterios de la creación. En Matilde la obra es la vida misma, tal como Jaime Saenz reclamaba para la validación de la poesía entendida como el hecho trascendental de toda creación, más allá del lenguaje mismo. “Ya que como artista me ha tocado heredar la soledad, trato de cultivarla y hacerle brotar plantas de flores perdurables. Ya sean terrenales o celestiales, más perdurables”. Y en coherencia con su opción apostólica, Matilde asume con entereza la incertidumbre propia: “A veces crees que todo está dicho. Otras veces piensas que de lo que has hecho, muy poco es lo rescatable”. La duda y el vértigo afloran claramente en estos manifiestos en prueba de rigor y honestidad.

Matilde es una voz que atraviesa nuestro tiempo. Lo hilvana en sus partes, sujetándolas para formar una continuidad. Sus canciones congregan años y décadas, y no solo las de su protagonismo. Porque aunque ella se arraiga en vertientes populares de cepa centenaria, a la vez empuja el lenguaje poético-musical hacia avistamientos de provocadora innovación. Ella en medio, dándole nombre a los dolores y las esperanzas de una generación, sacudiéndola y recordándole, signándola y dándole cobijo. Porque en Matilde encontramos el principio y el destino; es decir, los orígenes de una identidad y los caminos abiertos hacia donde llevarla.

Gracias a la tecnología no tengo más comunicación escrita con Matilde. Sus preciosas cartas manuscritas ya no llegan al correo, selladas con fecha de emisión, estampilla alegórica y contenidos asombrosos. Sin embargo su sensibilidad infinita sigue atenta y llama al teléfono cuando intuye mis derrumbes y ando procurando aliento. Con sabiduría asoma preguntas discretas y venturosos vaticinios, expresando llanamente afectos acarreados desde otras existencias, quizás. Y entonces su voz me devuelve a la esperanza, me recupera en la fe y me pone nuevamente en el camino. Matilde es un ejemplo de ser y de estar, aquí y ahora, en integridad.

(*) Extractos del artículo ‘Apuntes sobre Matilde’, de 2015

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