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Uno cada siglo

El director Gustavo Dudamel ha logrado en la música clásica, a los 35 años, mucho más de lo que se podía esperar de un muchacho de Barquisimeto.

Gustavo Dudamel

Gustavo Dudamel Foto: allisyar.com

La Razón (Edición Impresa) / Jesús Ruiz Mantilla - El País

00:00 / 09 de abril de 2017

Para ser Gustavo Dudamel hay que pasar una serie de pruebas dignas de un iron man. Si no en súper poderes físicos, sí mentales. Desde el patio de butacas se les atisban ya unas canas que dan idea de lo que el director lleva a sus espaldas. Con 35 años, el muchacho nacido en Barquisimeto (Venezuela), criado entre su madre y su abuela, ha logrado ya mucho más que diversas leyendas del pasado a su edad. La clave ha estado en que pese a todo lo que porta y soporta, se ha centrado, eminentemente, en la música.

Desde que su mentor, José Antonio Abreu, le encargara una tarea el día en que decidió convertirse en director, no ha dejado de estudiar a fondo. Le puso deberes para casa: estudiar la Primera Sinfonía de Mahler. Cumplió. Luego llegarían otros de los compositores fetiche del maestro: Chaikovski, Beethoven… Buena prueba de esto último ha sido el maratón de las nueve sinfonías del alemán que se ha marcado esta semana en el Palau de la Música de Barcelona, con el colofón de la Novena en Madrid.

La naturalidad afrontada en el sentido más complejo del término es lo que quedó impregnado en el ambiente. Una naturalidad que viene de haber interpretado juntos en la orquesta a Beethoven desde que todos tenían 11 o 12 años, hasta la madurez con que lo abordan hoy. El de la Simón Bolívar es un Beethoven plagado de matices, contrastes, colores, sumergido en el drama para despegar hacia la alegría de una esperanza que no sabemos si se llegará a alcanzar.

Perfectamente ensamblados, logran una asombrosa fusión: un instrumento sin límite integrado por más de 100 intérpretes estrechamente compenetrados.

La música y solo la música es lo que vence y prevalece. Colectivamente. Aunque, para ser Gustavo Dudamel, a nivel individual haya que abordar otra serie de pesadas pruebas. Y eso le redobla el mérito, porque hablamos de un ser humano que sin haber entrado en los 40 se muestra en el podio como un experimentado director ya casi legendario.

Hace apenas 10 años comenzó la explosión global del fenómeno que suponía el sistema de orquestas venezolano. Abreu lo había montado en 1975 con 11 músicos en un primer ensayo que tuvo lugar en un garaje de Caracas. Su sueño fue poblar de orquestas un país en que este economista, ingeniero, político y, sobre todo, director de orquesta, vio que mediante la música y la educación se podía salvar a un puñado de niños y jóvenes abocados a la delincuencia y la explotación en barrios miserables.

Hoy, no solo en todas las ciudades de Venezuela existe su propia orquesta, sino que en varias de ellas ha surgido más de una y de dos y de tres… y más de 600.000 alumnos integran el método educativo del sistema en multitud de lugares conflictivos.

Ese vendaval de talento ganado a la pobreza se ha mostrado en giras por el mundo. La energía refrescante de los intérpretes contagiaba a un público de ceja alta y lo ponía a bailar el mambo en teatros y auditorios. Hoy, lo festivo ha sido sustituido por el rigor. Ya no se espera el final con salsa y merengue en un concierto de la Simón Bolívar, aunque aquello sentara de maravilla. A cambio logran introducir al oyente en el corazón de cada partitura a base de emociones y seducciones. Tampoco muestran una rancia manifestación de orgullo identitario: las banderas y los chándales han sido sustituidos por la vestimenta más consistente del discurso musical alejado de politizaciones.

Todo se debe a un milagro de décadas obrado desde el sistema. Ese complejo entramado que no deja de ser controvertido por haberse dejado engullir por el chavismo. Pero que conserva su huella luminosa y efectiva por unos resultados que han transformado la pedagogía musical en todo el mundo. Y que, además, han demostrado cómo, a través de la música, se puede desarrollar un revolucionario metabolismo de acción social.

Fue el sueño cumplido de Abreu. Hoy el maestro reposa en los cuarteles, frágil pero atento. Mientras, su pupilo Dudamel extiende un poderoso mensaje de transformación. Y lo lleva a cabo con enorme mérito, porque la responsabilidad de mantenerlo vivo recayó sobre sus hombros con 25 años. Una década después ha demostrado que su carisma, fortaleza y liderazgo sobran para sobreponerse a situaciones personales tensas.

Porque para ser Gustavo Dudamel hay que saber lidiar en varios frentes. Primero, ser lo suficientemente hábil como para empujar proyectos bandera en dos polos opuestos como la Venezuela de Maduro —con la orquesta Simón Bolívar— y los Estados Unidos de Trump, donde es titular de la Filarmónica de Los Ángeles.

Hay que mostrarse audaz y visionario como para intentar probar nuevas fórmulas discográficas en mitad de la ruina de la industria. Permanecer comprometido con la renovación de públicos a escala global. Insuflar suficiente frescura y rasgos inequívocos de novedad, sin perder el respeto de los más viejos del lugar y ante la desconfianza de los recalcitrantes.

Soportar en las espaldas la ilusión de un país sin dejar de lado, ante cada pulla, una sonrisa cuando te preguntan por la política. Conseguir que no te afecten las constantes campañas en las redes cuando recalas en cualquier país o cuando se activan los mecanismos de la envidia al ser el maestro más joven en dirigir el concierto de Año Nuevo con la Filarmónica de Viena.

Estar en todas las quinielas cada vez que se produce cualquier vacante en la élite y no perder los nervios. Mantener el rumbo y lograr que nada te afecte porque solo hay alguna cosa que realmente importa, aparte de Martín, su hijo de seis años, su familia y su esposa: la música y todo lo que ella conlleva.

Así que, con razón, el maestro Simon Rattle le dijo un día a su abuela doña Engracia cuando ella, interesadísima, quiso saber si el niño valía para director: “Señora, casos como el de su nieto Gustavo se dan una vez cada 100 años”.

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