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Los rostros del Gran Poder

La imagen original tenía tres caras que remiten a un número cargado de magia, de gran importancia en lo sagrado y en lo profano, en todos los tiempos y en todas las culturas.

Dogma. La religión católica vio en la devoción a los distintos rostros una práctica pagana y por eso los hizo desparecer. Foto: BLOGSPOT.COM

Dogma. La religión católica vio en la devoción a los distintos rostros una práctica pagana y por eso los hizo desparecer. Foto: BLOGSPOT.COM

La Razón (Edición Impresa) / Edgar Arandia / Artesano visual y antropólogo

00:00 / 18 de junio de 2017

El culto al Señor del Gran Poder se remonta a la Edad Media. Existía una cofradía en Sevilla (España) en 1431, y desde ese lugar su advocación se expandió a través de sus célebres procesiones de Semana Santa, que entraron en franca competencia con las de la Virgen de la Macarena. La fama de su efigie milagrosa empieza en estas expresiones multitudinarias. La imagen entonces tricéfala del Señor del Gran Poder llegó con los misioneros al continente sudamericano o Abya Yala, durante la conquista. Su propósito era didascálico (didáctico, que instruye) y tenía el propósito de enseñar el dogma cristiano en tierras de las naciones que tenían sus propias estructuras de religiosidad, vinculadas estrechamente al culto a la naturaleza.

La representación trina de un Dios —tres personas distintas en una única sustancia— fue erigida como dogma en el Concilio de Nicea el 325 y ratificada en Constantinopla en el 381. Esa doctrina es rechazada por los judíos y musulmanes: “Creed en Dios y su mensajero y no digáis tres” (Corán 4,169). La teología cristiana sustenta que la trinidad se basa en un misterio que no se capta por la razón y que, por tanto, es una revelación que sucede en la intimidad.

Para la escuela budista mahayana, Buda existe en tres cuerpos: Su “cuerpo de transformación”, el que poseía en su existencia terrenal, su “cuerpo gozoso”, el de su existencia celestial, y su “cuerpo verdadero”, que une los tres cuerpos y se identifica con la realidad última. La triple joya manifestada en Buda, Darma y Sangha.

El número tres tiene muchos significados, se piensa que expresa un orden intelectual y espiritual en Dios, en el cosmos o en el hombre porque sintetiza la tri-unidad del ser vivo que resulta de la conjunción del 1 y el 2 y es producto del cielo y la tierra. El 3 como primer número impar es el número perfecto para los chinos.

El tiempo es triple: pasado, presente y futuro, como las fases de la vida: nacimiento, madurez y muerte. El ternario se expresa simbólicamente con el tridente, instrumento del que va acompañando las representaciones del Diablo. En la simbología cristiana el triángulo con el ojo simboliza la Trinidad, y antes de que Dios hubiese creado el mundo visible hizo surgir de su propia esencia tres ángeles.

Las representaciones tricéfalas, como la original del Señor del Gran Poder, deben su forma a las diferentes interpretaciones mágico religiosas del mundo. Por ejemplo, en la Galia de la época romana eran frecuentes las representaciones trinitarias. El papa Urbano VIII, en 1628, prohibió la representación tricéfala como símbolo de la Trinidad, lo que provocó una iconoclastia contra estas representaciones por considerarlas heréticas y monstruosas.

En este lado del mundo, antes de que llegaran las influencias judeo-cristianas, en Mesoamérica también existían representaciones trinas consideradas sacras y que forman el triángulo en el germen del maíz, el alimento básico de los mayas. En las culturas indígenas andinas las trinidades se convierten también en un referente del mundo divino.

Así tenemos las representaciones con tres rostros de la Pachamama que usan los kallawayas, como parte de su equipo de medicina. Estas illas muestran batracios y serpientes, animales del mundo de abajo o Mankha Pacha, con líneas y formas que semejan estrellas que representan el mundo de arriba o Alaxpacha, que vendría a sintetizar la Aka Pacha, el mundo donde vivimos. Estos son los tres mundos de las naciones originarias.

Una imagen de Buda.

Los kallawayas tienen tres divinidades principales. Una, Tutujanawin o principio y fin de las cosas, es la energía que sustenta el universo y da vida a los seres, es la representación de lo que existe y no existe, la fusión de ambas y la lucha del bien y el mal. Otra es Pachakaman o supremo día o suprema luz, que tiene estrecha relación con los ciclos agrícolas y el culto al sol. Finalmente está Uwarukhochaj, una divinidad que regula la vida moral de los pobladores. Para esta nación originaria el número impar es benigno y tiene un privilegio simbólico.

En la danza de la kullawada, la máscara del Wapuri, que representa al español, tiene tres rostros, cuya significación resulta oscura: para unos danzarines representa a la Santísima Trinidad, mientras que para otros es el Supay. La divinidad Tanga Tanga, de los Charcas, es tricéfala y existen muchas referencias materiales de la misma en Chuquisaca.

En el culto al señor de la Mankha Pacha o Supay, que es a la vez hembra y macho, se le representa con tres rostros. El tío Contador queda a la derecha, y a él se le pide para que les vaya bien en los negocios a los compadres, familiares y allegados. El Supay se representa en el centro y a él se le pide para uno mismo, mientras al tío Lucifer —que está a la izquierda— se le ruega que nos proteja de los enemigos. Resalta ya la occidentalización religiosa en este rito que se cumple en agosto, el mes en el que se abre la Pachamama para dar paso a la Warmi Supay y al Chacha Supay y desordenar el mundo en una entropía creativa y de fecundación.

Visto todo esto, ¿cómo pudo la representación tricéfala del Señor Jesús del Gran Poder incorporarse con tal fuerza en el imaginario de la sociedad indígena, chola y mestiza?

En el Museo Charcas, de Sucre, existe una representación tricéfala que no fue intervenida, pero su devoción no tiene el brillo y la potencia que genera la imagen venerada en La Paz. La obra pictórica que se venera en la zona de Chijini, —antes llamada Paula Paula Jawira— probablemente fue una herencia de la novicia Genoveva Carrión, que guardaba claustro en el Monasterio de la Purísima Concepción, llamada Las Concebidas, y que ahora es un parqueo de automotores en la calles Sanjinés e Ingavi, en el centro de la urbe paceña. Probablemente a principio de la república, entre 1830 y 1835, el lienzo tricéfalo fue conocido y su fama de milagroso empezaba a circular entre la población.

El lienzo pudo ser ejecutado en Sevilla, en el siglo XVII o XVIII según se deduce por su factura técnica descubierta luego de las radiografías que se obtuvieron de él, después de su largo periplo por varios barrios de La Paz y el repintado feroz al que fue sometido, que ocultaba sus dos rostros laterales y el triángulo. Este fue encargado por Monseñor Augusto Seifert, obispo de La Paz entre 1924 a 1934, fechas en las que se estaba construyendo la primera capilla en la calle Gallardo, con financiamiento de la junta de vecinos que había acogido a la imagen tricéfala. Hasta entonces, los devotos se dirigían a la imagen de la derecha oraciones de gratitud y pedidos para terceras personas, compadres y amigos; al rostro de la izquierda pidiendo daño a sus enemigos e indeseables y al rostro del centro se dirigían oraciones pidiendo para uno mismo.

Esa práctica, desde la visión dogmática católica, era un acto pagano y un tiempo profano y, por tanto, hicieron desaparecer los rostros. Pero, en una maniobra estratégica de resistencia cultural, los devotos sumergieron el tiempo profano en el tiempo sagrado, tiempo litúrgico, de naturaleza reversible, que es una vuelta al comienzo de los tiempos, a la cosmogonía, a la fundación hecha por los primeros hombres-dioses. Desde la perspectiva católica se entiende como la vuelta al mundo hecho por Dios, al pacto entre la humanidad para la salvación. La fiesta lo consagra como el tiempo del origen, y así la fiesta se constituye en un hecho existencial que permite la doble comunicación: con Dios y, al mismo tiempo, con las divinidades ancestrales. Los devotos siguen viendo los tres rostros, los sacerdotes no.

En este intersticio brota el lenguaje artístico. Los tres rostros: indígenas, cholos y mestizos fulguran en un textil intercultural, un arco iris. Ahora se añade, apenas esbozado, el rostro criollo, seducido por la fiesta.

Nos acercamos al primer siglo de esta expresión cultural que fue resistida a principios del siglo pasado y que ahora baja a estrangular la ciudad que negó a sus habitantes originarios; la gran víbora Katari que se desplaza ondulante por las laderas al centro de la ciudad que se impregna de Chuwiyawu Marka, la ciudad india y chola.

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