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Una relación conflictiva

‘Amor’ cuenta la historia de la Novia, que no está segura de querer casarse y decide escapar.

Amor es la segunda obra de Denisse Arancibia

Amor es la segunda obra de Denisse Arancibia Fotos: Miguel Carrasco

La Razón (Edición Impresa) / Camilo Gil Ostria - crítico de teatro

00:00 / 10 de julio de 2019

Amor es la segunda obra de Denisse Arancibia que comento, el resultado (aunque evidentemente más logrado) es similar: un vaivén entre logros y defectos, de una directora que te atrapa y te suelta, que te enamora y te golpea, casi de forma sistemática. Podría pensarse entonces que este ir y venir es a propósito: veámoslo. La trama es sencilla: el día de la boda de una mujer que no quiere casarse y que es forzada por su entorno social.

Te enamora: lo mejor de la obra es un trabajo sobre lo que la teoría llamaría queer. Simplificando, podríamos decir que es lo indefinido y que, para mantenerse en tal lugar, debe moverse constantemente, cambiar, dudar… Claro es esto en la obra, donde el universo poético coloca a una actriz evidentemente flaca y le dice gorda, pone a un actor (sin manierismos ni vestuarios) y le dice madre, pone a una mujer y dice que son doce, pone patines y les dice motocicleta. Más radicalmente convierte a todos los actores en el novio, Ricky, y mantienen lo que aparentemente es un acto sexual con la novia, Julia. Esta escena, muy sutil y hermética, parece poner en juego un problema fundamental para el feminismo actual: ¿qué tan responsable es la sociedad de, digamos, una violación? Pero el conjunto va más allá: ¿qué tan sano psíquicamente es no organizarnos por la lógica queer?

Te golpea: en contraposición, hay una sobredosis de discursos demasiado evidentes, cuya carga moral (feminista, por supuesto), queda clara a la primera palabra del cura. No hay ironía ni humor. Golpe que, aunque muchos podrían considerar necesario, podría ser recortado: afecta el ritmo de la obra y reduce aquello que podría enamorarte. Lo queer o el feminismo, que claro podría ser intensificado, termina convirtiéndose en dogma. Es difícil, pero por tomar caminos fáciles estamos donde estamos. El dogma es lo inmóvil, lo sólido e incuestionable, contrario por supuesto a la fluidez de la que habla Irigaray. Quizás esto va en tono con el final (pesimista) de la obra, cuando la novia grita “Yo no me caso”, pero nosotros sabemos que, a pesar de todo, esa no es su decisión.

Te enamora: como ya señala Ricardo Bajo, la primera escena (la novia gigante, sobre una escalera que no vemos, pues su largo vestido lo tapa, imitando la composición de una virgen, al centro del escenario) ya es en sí misma “impactante” (como la primera de su película Las malcogidas). Pero no es la única: ya se habló de la escena sexual, falta mencionar el trabajo de la caminata de la novia al altar, falta hablar del cura echando agua con una flor al público o de tantas que serían imposible mencionar. Estas imágenes cobran mayor ritmo cuando se la acompaña de música, durante toda la obra solo se escucha una canción (aunque en varias y diferentes versiones, definitivamente lo mejor a nivel técnico) Girls just want to have fun que va transformando su significación a lo largo de la puesta y dando a los actores una fuerza que a veces les falta en otras escenas.

Te golpea: al mismo tiempo hay otras imágenes cuyo ritmo cae y visualmente se tornan repetitivas, donde hace falta un corte. Por ejemplo, la persecución de la novia a la dama de honor (no en la que aparece la periodista, cuyos diálogos brindan ritmo, sino en la que siguen una serie de obstáculos, de la banquita a la escalera, repetidas veces). Esto se amplifica cuando los actores tratan de hacer movimientos en cámara lenta; primero, porque técnicamente parecen no lograr el ejercicio y van demasiado rápido y, segundo, porque así parecen no tener un sentido (ni estético, ni cómico, ni conceptual). Estos lugares hacen que para los propios actores sea difícil sostener su personaje y su tensión escénica, muchos no logran el reto (aunque hubo para mí muy agradables sorpresas, como la interpretación de René Suntura, quien sostuvo su personaje con elegancia de inicio a fin).

Así no diría, como Bajo, que es “la mejor obra del año”, pero sí que hay una búsqueda y esperemos que mejore en esos golpes poco gratos. Finalizo con una digresión: es interesante, yendo más allá de la obra, ver que mucho del teatro de los últimos dos años ha optado por poner en escena un discurso feminista. Pero si no vemos lo que está haciendo el otro teatrero, en la sala de al lado, es muy fácil que hagamos algo similar o que en ambas se termine diciendo lo mismo (peligro también de poner una moral muy clara en escena y no problematizarla, que solo así puede crecer y mejorar para todos). Así el espectador se cansa, siente que ve lo mismo una y otra vez. Varias veces nos hemos preguntado, ¿por qué ya no va la gente al teatro? ¿No habrá aquí una pista?

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