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Una puerta al deseo

‘Se lo rezaré - Tinkunakama - Hasta el encuentro’ , es la obra del grupo de teatro Tabla Roja.

Grupo de teatro Tabla Roja

Grupo de teatro Tabla Roja Foto: Satorie Gigie

La Razón (Edición Impresa) / Camilo Gil Ostria - crítico

00:00 / 14 de agosto de 2019

Tambaleándose, tambaleándose… entre la vida y la muerte, entre el amarillo y el azul, entre los fierros de una estructura a punto de derribarse, así se van moviendo con toda confianza, con todo temor, estos payasitos y sus máscaras, Tabla Roja Teatro, dirigidos por el maestro Ariel Baptista, en este nuevo Carnaval.

Más complejo verdaderamente que el anterior (no solo por tener más voces, seis actores y varios personajes o un texto más definido), aunque ambos comparten que aquí se pueden decir malas palabras, calumnias e injurias; nos movemos en el territorio de la muerte y del deseo: las partes bajas del cuerpo, lo que la refinada ley deja por fuera, son las protagonistas de Se lo rezaré —Tinkunakama— Hasta el encuentro, un encuentro entre dos mundos (que también son los del espectador y los hacedores), una fiesta en el territorio artístico que suspende la moral, elimina los tabús y despliega los significantes.

Hablo de significantes porque este elenco no se caracteriza por pensar en los significados (digamos en el concepto) de sus obras, lo que ocasiona que a veces acierten y otras veces comentan graves errores. En este caso, la forma se constituye en contenido y cada error se vuelve parte del chiste, risa universal que el público goza y baila en una cueca inmortal. Y por eso la historia, adaptación de El run run de la calavera, deja de importar: deja de importar que los vivos del pueblo de Pocona, ante el deceso de su personaje más antiguo (Néstor), se hayan olvidado de sus muertos el día de Todos Santos y que éstos hayan decidido salir a bloquear; deja de importar que este bloqueo y otros atrevimientos sexuales hayan causado un accidente de tráfico, uniendo a ambos mundos; deja de importar que ahí (en vez de preocuparse) se haya armado la chupa y el baile, ocasionando que la mismísima muerte baje a castigarlos hasta terminar, entre juego y juego, ella más en la borrachera y el placer de la carne…

Entonces, se preguntará el lector, ¿qué cosa importa?, ¿qué le queda al espectador después de esta obra? A algunos les podrá haber quedado la cara de los actores, asustados de que su escenografía (al parecer no muy resistente) ceda ante el peso de otro sentándose en un columpio; a mí me queda un mundo donde nada es fijo ni se sostiene, donde toda verdad es puesta en duda y nos podemos reír de que seis niños huérfanos mueran en un incendio, como de que a Donald Trump le caiga encima su propio muro. Nos podemos reír del machismo de un hombre con ganas de fruta madura, pero también del feminismo y su sororidad. A algunos les podrá haber quedado la nostalgia de un hombre que se despide de sus muertos, prometiendo no olvidarlos (cliché repetido desde la película Coco de Disney hasta el mito griego de Orfeo); a mí me queda un mundo de terceros lugares (que no es lo mismo que decir un mundo donde en la vida hay muerte y en la muerte hay vida, tema evidente por la escenografía: al principio de puertas amarillas para el mundo de los vivos y azules para el de los muertos, pero luego siempre con un poco de ambos colores) donde el deseo se mueve con libertad y la risa es su mayor manifestación. A algunos les podrá haber quedado un chiste entre teatreros (que del público presente se haya elegido a Marta Monzón para decirle “vieja amargada”), a mí me queda una obra consciente de su arte que quiebra la frontera entre hacedores y espectadores; para hacernos saber que en el Carnaval, que en la técnica de las máscaras, todas las estructuras se invierten, todos volvemos a la niñez, todos nos reímos del otro y de nosotros: el mundo del deseo no tiene fronteras.

Y es que en esta danza (la danza de la vida) el error deja de serlo: una actriz se golpea la cabeza mientras otros dos alzan la escenografía, pero el espectador no ve el dolor de la actriz (real), ve a la máscara, al personaje reaccionando: la ficción se mantiene de principio a fin. Y cuando los vemos, cinco actores en una caja, entre dos puertas, despidiéndose del vivo, no miramos o no nos debería interesar ver la historia nostálgica; sino justamente (a decir de Bachelard sobre la puerta) todo un cosmos de lo entreabierto. Dice el autor francés que la imagen de la puerta, permanente en esta obra, es “el origen mismo de un ensueño donde se acumulan deseos y tentaciones, la tentación de abrir el ser en su trasfondo, el deseo de conquistar a todos los seres reticentes”. Y es que cuando uno acude a este encuentro, a esta propuesta, abre una puerta que no puedo llamar nueva o innovadora (más bien mítica), pero sí necesaria. Valga aclarar que, a veces, abrir puertas es un ejercicio más complicado de lo que parece…

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