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Anuar Elías: Rebeldías pequeñas, gran libertad

El primer poemario del autor ganó el Premio Yolanda Bedregal 2018.

Foto: Israel Cuentas

Foto: Israel Cuentas

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

00:01 / 12 de diciembre de 2018

El amor lo tituló como artista. Cuando la poeta boliviana Jessica Freudenthal conoció a Anuar Elías— su esposo, quien ganó el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal 2018— se enamoró tanto de él, como de la interminable cantidad de listas llenas de palabras y escritos lúdicos que éste había producido durante años.     

“Yo tenía muchas libretas con neologismos que había encontrado en los errores de la sección de clasificados del periódico en el que trabajaba. Ella se enamoró de mí por esas libretas. Fue mi mánager y mi impulsora”, explica el también artista visual.

Y es que éste, su primer poemario, Simulacro de mudanza, está enunciado desde un “nosotros” que se siente un poco cercado por la rutina y los vecinos y —a través de su relación con los elementos que conforman su hogar: plantas, llaves, conflictos— busca pequeñas grietas desde donde manifestar su rebeldía.

Elías nació en 1983, entre la obsesión por la ortografía de su madre, Lorena Pérez, y el trabajo periodístico escrito y audiovisual de su padre, Alejandro Elías, en México DF. Años después, sentado en algún café de Puebla, exploró de forma intuitiva los procedimientos lúdicos que las vanguardias literarias hicieran famosos. La influencia de Freudenthal le ayudó a darle forma a toda esa energía creadora, de manera que, en 2006, obtuvo su primera muestra de artes visuales —Explosición— ya en Bolivia.

Aquel ímpetu lo llevó a descubrir los términos académicos con los que había estado jugando: anagramas, silogismos, aforismos, juegos narrativos donde no se usaba la letra “h”, o por el contrario, se buscaban palabras que la tuvieran. Todo un camino creativo que lo relacionó con el dadaísmo y el creacionismo.

Aterrizó primero en el arte visual y en el trabajo con la parte gráfica de las palabras. Muy cerca y de forma paralela aparecieron el audiovisual y la fotografía, donde el error se develó como un detonador creativo potente.

“Empecé a notar que tenía fotografías en mi cámara que nunca borraba. Todas estaban mal tomadas, pero había algo más. Les puse un nombre —‘errografías’— y me di cuenta de que también los neologismos habían nacido de errores”. Intervenir en la imagen, ahora de forma más evidente, fue el siguiente paso en su trabajo.

La lectura desde otros lenguajes —como el aymara, la oralidad y la hoja de coca— le dio nuevos materiales con los que trabajar en su también premiado documental Quehuaya. Pero, con el paso del tiempo, surgió también una necesidad por disciplinar y ordenar su proceso creativo. Así, su búsqueda se centró en apropiarse de las categorías más convencionales del cine.

“Me cansé de lo experimental y del videoarte. Quería hacer una película con todos los elementos que enseña la academia, cada una de esas categorías. Y ahí, se hizo más contundente el trabajo con el lenguaje. Si bien no es tan evidente, tener que armar un guion y contrastar el material que tenía, con mi propia interpretación, requería de un orden, que conseguí justamente a partir de aquellas categorías”, detalla.

De forma paralela, desde 2014 comenzó a trabajar en Simulacro de mudanza, poemario que tiene tres partes: “Como una enfermedad incurable”, “El aleteo de una especie extinta” y “La esperanza de un brote”.

Ya en 2017, al volver a revisar el poemario —después de realizar el audiovisual Quehuaya— el vértigo que solía sentir, a partir de experimentar con las palabras mal escritas, volvió a tener sentido.

La búsqueda de imágenes en el lenguaje que fueran capaces de dejar en el lector algo que fuera más allá de la comprensión o el entendimiento guió la construcción de la obra. Ésta explora una faceta menos pública, pero constante, en el artista que tiene más de 10 años trabajando en Bolivia.

La rebeldía siempre fue una característica de su propuesta. Tocar temas coyunturales, exponer los vicios del sistema social, así como tratar con temas abyectos eran iniciativas comunes en él. Sin embargo, al cuestionar el tema que quería tratar en los poemas que estaba reformulando, descubrió que su noción de rebeldía había cambiado.

“Lo rebelde está en la decisión de ir a vivir con una persona —para salvarte de estar solo— y resistir a los momentos de crisis, afrontándolos, y no solo claudicar. No romper los lazos, sino más bien asumir que uno decide estar ahí, porque quiere y ver una manera de transformar el momento en otra cosa; en una forma de renovar acuerdos”.

Junto a un amigo, el documentalista mexicano Héctor Cadena, durante un momento de crisis personal muy fuerte, descubrió que pequeños momentos de ruptura en la cotidianidad podían tener un gran efecto.

De pronto el impulso por ir contra lo establecido tomó otra dimensión: más pequeña, íntima y potente. En el escenario de una vida en común, el poemario retrata estrategias de lucha contra la rutina, que por sí solas parecen no tener sentido. Sin embargo, guardan en su interior una energía capaz de cambiar la percepción que se tiene de la realidad.

“Entendí —por influencia de Héctor— que la búsqueda de romper límites puede, también, ser interior. Esta exploración de la intimidad como una potencia de la rebeldía transmite una libertad muy grande, que nace de la suma de cosas pequeñas”.

En la escritura poética, uno de los momentos de tensión para llegar a culminar un texto y no seguir despedazando, rearmando y transformándolo, fue encontrar en ellos una revelación.

En cada escrito encuentra una frase, un instante, en el que el lenguaje sintetiza, en una imagen, una dosis de conocimiento (no racional), que lleva al lector a otro nivel de conciencia.

“De pronto ya no quería hacer obras que explotaran y se consumieran con la misma rapidez. Busqué construir poemas que titilen, otros que enciendan y tal vez, alguno que explote sin que la llamarada destruyera la caja de fósforos que es la propuesta”.

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