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Los precarios orígenes de la prensa nacional

Reseña introductoria de ‘Nacionalismo y coloniaje’ de Carlos Montenegro, a 75 años de su publicación y a partir de la reedición de la BBB.

Portada del libro 'Nacionalismo y coloniaje'

Portada del libro 'Nacionalismo y coloniaje' Foto: nacionalismo y coloniaje

La Razón (Edición Impresa) / Sergio de la Zerda - periodista

14:55 / 26 de junio de 2019

Tan solo para tener una perspectiva: el primer diario de EEUU apareció en 1704, el primer periódico de Latinoamérica fue la Gaceta de México y Nueva España en 1722, y los primeros bolivianos, La Gaceta de Chuquisaca y El Cóndor, datan de 1825. Esta última precisión tiene como fuente Nacionalismo y coloniaje. Su expresión histórica en la prensa de Bolivia, libro del periodista, diplomático y político cochabambino Carlos Montenegro (1903 -1953). Esta gestión se conmemoran 75 años de la primera edición de la obra recordada sobre todo como precursora ideológica de la Revolución del 52, pero que, reeditada varias veces, la última en 2016 por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), refleja de modo especial la evolución del periodismo nacional durante buena parte de los dos siglos pasados.

En efecto, el ensayo que es fruto justamente de un concurso de la Asociación de Periodistas de La Paz, señala Fernando Mayorga en el estudio introductorio encargado por la BBB, “sintetiza la interpretación nacionalista de la historia de Bolivia a partir de la dicotomía manifiesta en su título. Lo nacional y lo colonial son tendencias opuestas que se expresan en posiciones ideológicas, personajes políticos y actores sociales”. Así, “la revisión de la historia republicana tiene como tema constante la disputa entre ambas tendencias respecto al uso del excedente económico proveniente de la explotación de los recursos naturales y al papel del Estado; por este motivo esta obra se constituyó en un texto fundacional del discurso del nacionalismo revolucionario”. En tal marco, tiene por objetivo “recuperar la noción histórica en el pueblo debilitada por una historiografía instrumentalizada por los grupos dominantes mediante el uso de la prensa o el adormecimiento o control de la opinión pública”.

Dadas, sin embargo, las condiciones coloniales opresivas para las mayorías indígenas y mestizas que no sabían leer ni escribir, el rol de la prensa es, durante el proceso de independencia y mucho después, cuando menos precario. De ese modo, si bien Montenegro reconoce como precursor del periodismo a manuscritos e impresos en el camino de la liberación de la corona española, asevera: “El analfabetismo de las masas coloniales fue como una cobertura impermeable a la acción humectante de las ideas escritas. El periodismo se redujo, por eso, a ser el vocero de la colectividad, renunciando a ser su guía”.

Lo que denomina como “un género de publicidad”, sostiene, tuvo un preponderante papel en los inicios del cuestionamiento de la autoridad del rey, principalmente en cuanto a la crítica al sistema tributario de entonces, en regiones como Cochabamba, Chuquisaca y La Paz. Por ello, “las continuas burlas que los libelos hacían” de autoridades como Francisco Pizarro, “del arzobispo Moxó y de los demás empingorotados funcionarios coloniales, desvencijaron los cimientos del mito. El sagrado carácter que la creencia popular atribuía a las autoridades dejó ver su endeble estructura de artificio ante los ojos de la masa”. A consecuencia de lo anterior, Montenegro sitúa en 1805 el año “cuando la justicia española sindicaba como conspirador al primer periodista boliviano, conocido entonces con el sobrenombre de ‘el de los pasquines’” y que no era otro que el prócer Pedro Domingo Murillo.

Por otro lado, el autor remarca en varios pasajes la exclusión de los indígenas en los nacientes medios de información, porque “los pasquines habían prescindido, casi en absoluto, del indio y sus intereses. Fue un serio error de aquel aguzado periodismo político”. Denunciando, asimismo, la traición a los ideales independentistas, a causa de la muerte de gran parte de sus caudillos y el sostenimiento de las clases privilegiadas, Montenegro es crítico con la prensa ya establecida como tal en 1825, pues los reporteros, “extraños también al pathos colectivo, sujetaban su escribir a los temas predilectos de la administración pública. (…) Evidentemente, la prensa rehuía u olvidaba sus funciones directoras de la opinión a tiempo en que la Asamblea decidía ciertas cuestiones vitales para la República”.

Y, aunque le reconoce a los diarios cierta acción impulsora de la llegada al poder de Andrés de Santa Cruz, a quien destaca como constructor de la nacionalidad, culpa a los diarios por la complicidad de su posterior caída. “Era este el Mariscal Santa Cruz Khalaumana, hijo de la tierra kolla. Su figura se identificaba extraordinariamente con el sentimiento nacional que había despertado al estrépito de las campañas periodísticas”.

Cabe preguntarse cuánto ha cambiado desde sus orígenes la precariedad de la prensa nacional.

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