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La oscuridad de los tiempos

El teatrista Winner Zeballos cumple un ambicioso reto este 2018: estrena 12 obras de teatro en ‘La Dodecalogía de la Destrucción’.

La oscuridad de los tiempos. Foto: Raúl Silva

La oscuridad de los tiempos. Foto: Raúl Silva

La Razón (Edición Impresa) / Camilo Gil Ostria / Crítico

00:00 / 12 de septiembre de 2018

Lo descubrí a mitad del camino, con ya mucho recorrido por atrás. Pena me dio no saber cómo inició este proyecto, pero alegría el, al menos, haberlo atrapado en salas alternativas e inusuales, en bares, o en el salón de honor del Municipal, aunque sea a la mitad. Winner Zeballos, este año, se arriesga por algo nuevo y difícil. Él nos recuerda que toda puesta en escena es una apuesta y la suya, como toda que valga la pena comentar, requiere compromiso: un año de trabajo sin parar. La Dodecalogía de la Destrucción, un proyecto que, como ya su propio título indica, consta de 12 partes, independientes cada una de la otra, pero con una relación sutil que, poco a poco, el espectador constante va descubriendo. Se presenta una cada mes y, como el autor prometió en una entrevista en Abya Yala Cultural, a fin de año, durante una sola jornada, se presentarán las doce: doce horas de corrido, entre una creación que destruye y una destrucción que construye, pues, como diría Naira de la Zerda, ambos “son parte de un movimiento continuo”.

Sus obras juegan con el testimonio. Nos habla de su vida, de la vida de los otros actores que lo acompañan. Sin embargo, este estar presente en tanto persona no hace (en la mayoría de los casos) del teatro un paño de lágrimas, donde el dramaturgo bota “a la mala” sus sentimientos, creyéndolos especiales y esperando que el espectador los vea como tales y los aplauda. Este dramaturgo sabe que lágrimas y sonrisas tenemos todos y que eso, en sí mismo, no es un valor ni mucho menos arte. Es así que, mediante imágenes totalmente neobarrocas (que juegan con la tecnología, las proyecciones, los cuerpos desnudos, los símbolos, etc.), logra apuntar a algo mucho más profundo y mucho más humano de lo que uno esperaría. El azar con el que él admite jugar no se nota en sus puestas, cada elemento parece fríamente calculado. Los textos son cuchilladas precisas, aquí lo contemporáneo es un juego de niños.

En la primera obra que vi, Los Mauldorors, explora el lado animal del ser humano. La violencia y la estupidez: mono primitivo que adora a un tronco, llamando a un “viejo mar”, que hoy ya parece lejano. Representación de la naturaleza que está, ya muerta, enterrada y que, a veces, sale y hace una fiesta que el espectador puede admirar, en una obra que no tiene fin y puede volverse, entre Los cantos de Maldoror, infinita. Desde el título nos avisa sobre una premisa que será clave en el resto del proyecto: hay intertexto, a veces es sutil, a veces es evidente, pero siempre está ahí, avisándonos que Zeballos conoce la tradición y que si la rompe o le da una vuelta es con conocimiento de causa.

666, la segunda obra que vi, parece retomar el Mito de la Caverna, de Platón. La obra inicia con un apagón, varias máquinas descansan sobre el escenario, vemos sus pequeñas luces: azules, rojas, verdes… Es el fuego que permite la proyección de sombras. ¿Está Zeballos afirmando que la tecnología juega el papel de ese fuego que nos distrae de lo realmente importante? Al principio parece que sí, pero como toda buena obra de arte, esto se vuelve ambiguo. Hay una escena en la que Juan Carlos Arévalo se pone a jugar, proyectando en la pared, un juego de guerras. En otra proyección, justo al lado, una canción con un video lleno de explosiones, el mismo tema de lo bélico. Delante

se pone Zeballos, con alguna clase de falda (disculparán los atentos lectores mi mala memoria, pero se entenderá que en una de estas complejas obras uno no capta todo en una primera y pobre mirada, la polisemia acecha en cada susurro y en cada sombra), y empieza a bailar. Las distracciones que uno se pone delante son varias: la religión, eje transversal de toda la obra, la tecnología (quizá una nueva religión), el baile frenético de aquel que se autodenomina como poeta, espectáculo sin sentido de la degradación moderna.

En La barbarie/el texto vuelve a explorar la temática del encierro: los personajes empiezan mirando con añoranza la ventana, único lugar desde donde pueden ver el exterior, tapados con bolsas de plástico: metáfora perfecta de la asfixia que, durante la obra, se va complejizando. La asfixia de un círculo teatral minúsculo, donde nadie prueba cosas diferentes; la asfixia de una La Paz, donde todos se conocen; la asfixia de aquel que no se atreve a seguir sus verdaderos deseos. El peso del psicoanálisis, carnavalizado quizá, es evidente en la obra. Aquí es solo el seguir el deseo lo que te permitirá salir. En ambas obras, mediante la razón del filósofo y el deseo, los personajes logran liberarse de las penumbras, salir a la verdad y a esa Sodoma y Gomorra que tanto los tentaba.

Mucho más se puede decir de cada obra, pero ya me he excedido; finalizo con una anécdota. Cuando fui a ver Los Mauldorors, en una sala da danza en Los Pinos, estaba esperando en el piso inferior a que nos permitieran ingresar, escuchando un par de conversaciones ajenas (me disculpo por el mal hábito). Una señora le pregunta a una muchacha que ya había visto la obra, cómo le pareció, ella le responde que no ha entendido nada, pero que los actores se divierten mucho y que “eso es lo importante”. Yo pienso que estoy entrando a ver una de esas malas puestas conceptuales, que creen que hacer imágenes lindas es ya suficiente para llamarse arte. Pero cuando salgo de la sala me digo a mí mismo que éste es un hombre, a decir de Agamben, que ve la oscuridad de su tiempo y yo me pregunto: ¿no será ésta la oscuridad de todos los tiempos?

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