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El orgasmo es un ‘macguffin’

El mayor pecado de la cinta es la falta de ritmo y narración. ‘Las malcogidas’ parte con una buena idea pero se queda ahí.

Karmen es la actriz principal en Las Malcogidas. Foto: Las Malcogidas

Karmen es la protagonista en Las malcogidas. Foto: Las malcogidas

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo H. / Periodista

00:00 / 08 de octubre de 2017

La campaña mediática previa al estreno de Las malcogidas jugó en contra de la película de Denisse Arancibia Flores. Suele pasar: crear una expectativa alta sobre una comedia con “humor ácido e inteligente”, sobre un “escándalo” (desde el título) no es lo más recomendable cuando sabes que tienes entre manos una comedia errática. ¿Es Las malcogidas una comedia? ¿Es un musical? ¿Es un drama pesimista con la marcha fuera del país de un homosexual víctima de palizas en la ciudad? ¿Es el filme más pretencioso que se haya estrenado en nuestras salas en años al hablarnos de manera elevada del cuestionamiento de roles sexuales y el lugar de la mujer boliviana en nuestra sociedad? No se sabe. Las malcogidas es una “Bridget Jones” a la paceña: está la gorda que se enamora del lindo flaco, falta todo lo demás.

Foto: Las malcogidas

El mayor pecado de Las malcogidas es la falta de ritmo y narración. Las malcogidas parte con una buena idea pero se queda ahí (la historia da para un cortometraje, lo demás está inflado). La dirección de actores brilla por su ausencia, los diálogos no están bien trabajados y el guion amaga pero no da. Las malcogidas tiene aparentemente un final feliz predecible desde el minuto uno pero acaba mal. La historia paralela de Karmen con K (Bernardo Arancibia Flores es lo único rescatable de un metraje excesivamente largo) se come poco a poco la trama principal sin que la directora, la actriz principal y el guion se den cuenta. Las malcogidas es un drama mal contado que no tiene final feliz; es una huida hacia adelante y el orgasmo anhelado y logrado, un “macguffin” (que por supuesto no es ningún combo de McDonald’s).

El tratamiento del sexo (otra vez mojigato), el retrato estereotipado y forzado del transexual buena onda y artista, la apuesta por lo grotesco y “almodovariano” para supuestamente escandalizar y la pésima elección del elenco (hay personajes que simplemente dan vergüenza ajena como la actriz Scarlet Bolívar que “interpreta” a la chica del rockerito) coloca a Las malcogidas en esa larga lista de películas caracterizadas por los males que trajo el facilismo digital. ¿Tenemos actores y actrices de cine en Bolivia? ¿Es lo mismo hacer teatro que cine? ¿Alcanza con el buenismo? Más preguntas reiterativas de la última década que no encuentran aún respuestas.

Foto: Las malcogidas

¿Algo rescatable? Sí, tres, a pesar de los pesares. El buen trabajo de Bernardo Arancibia (el único que se tomó en serio esta película de risa), la música y banda sonora de Juan Andrés Palacios y las apariciones de una veterana entrañable como doña Rosa Ríos, haciendo de doña Rosa Ríos.

¿De verdad creemos que “comedias” como ésta y otras que se han estrenado con indudable “éxito” de público están devolviendo nuestra confianza y apuesta por nuestro cine boliviano? ¿No son acaso intentos burdos de aterrizar con sello boliviano la gastada fórmula de las comedias de mucha pipoca y poco seso “made in Hollywood” para el gran público? Denisse Arancibia ya intentó en su “ópera prima” tratar de trasladar el éxito taquillero de las películas de terror y suspenso gringas a nuestra “realidad”. Ahora llega la “comedia” musical, otro género a explorar y explotar (mal).

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