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La nueva escritura de Claudia Peña

La premiada escritora cruceña presentará el 29 de mayo el libro de cuentos ‘Los árboles’ con la editorial El Cuervo

La premiada escritora cruceña Claudia Peña

La premiada escritora cruceña Claudia Peña Foto: Luis Gandarillas

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Vargas

00:00 / 29 de mayo de 2019

La muerte le llegó intempestiva a la poeta cruceña Emma Villazón a sus 32 años. Ese 19 de agosto de 2015, el hecho impactó fuertemente en la escritora cruceña Claudia Peña Claros, que desde 2009 no había publicado. 

“El destello —cuento ganador del primer lugar del XLIII Concurso Municipal de Literatura Franz Tamayo en 2016— surgió de una especie de azoro, lo que le pasó a Emma me dejó shockeada: fue la primera experiencia que tuve con lo intempestivo de la muerte, con lo irracional; llega tan de repente y destruye sin sentido. El destello es un intento de reflejar eso, no es una respuesta, pues no es algo que se arregla; es decir lo que una tiene entre dientes”, explica la autora.

El destello es el primero de nueve cuentos que conforman el libro Los árboles, que la autora nacida en Santa Cruz pero que radica en La Paz presentará con la editorial El Cuervo en La Paz el 29 de mayo a las 19.30 en la Sala 2 del  Espacio Simón I. Patiño (av. Ecuador, entre Rosendo Gutiérrez y Quito) y en Santa Cruz en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz el 30 de mayo a las 20.30 en el Salón Unión Europea de la Fexpocruz.

Con este libro, la escritora y comunicadora social con una maestría en Desarrollo Sustentable —que además fue ministra de Autonomías entre 2011 y 2015— deja el silencio de años y se replantea el ejercicio de la escritura. “El proceso de El destello fue muy físico. Me acuerdo de que cuando lo fui escribiendo, me di cuenta de que era la primera vez que lo hacía tras seis años. Era la prueba de que podía seguir escribiendo y los otros cuentos fueron llegando”, cuenta mientras toma pequeños sorbos de un capuchino en Rayuela, el café que emprendió junto con Verónica Mendizábal tras dejar su labor en el ministerio. Ni el trabajo como ministra ni los ajetreos del café le permitían sacarse tiempo para escribir. Por eso durante algo más de un mes decidió trabajar en Rayuela solo a medio tiempo: por las tardes se refugiaba en el segundo piso de este local en Obrajes y, con los audífonos puestos, escribió El destello y un par de cuentos más.  

Pero en ese tiempo de silencio también tuvo la oportunidad de escuchar mucho: conoció a bastante gente diferente y pudo leer a autores como Virginia Wolf. “Fui aprendiendo de las vidas de la gente y estuve leyendo mucho, esas lecturas se fueron asentando en mí. Mi ritmo era acelerado y aprendí nuevas cosas de mi propia escritura a través de la lectura y de las personas, que de alguna forma las haces personajes. Lo que una hace es una transmutación, no es que cuentes lo que te pasa, sino que revistes las cosas que te pasan, haces que el personaje cambie de sexo y les vas dando otro sentido para encontrar lo que realmente quieres decir”.

Los siete escritos, si bien son muy diferentes temáticamente, tienen varias cosas en común, como la extensión. “Siempre escribo cuentos de dos o tres páginas, pero me propuse profundizar en los personajes y que los textos no tengan menos de cinco páginas. Eso fue un verdadero reto, pues ponerse un desafío formal de este tipo te jala y te lleva a descubrir y hacer cosas que no hubieses hecho antes”.

Ya sea en el segundo piso de Rayuela, en la biblioteca de la Universidad Católica Boliviana o en su casa, su proceso creativo se manifestó de forma diferente. “No escribo como lo hacía antes, este es un libro distinto. Sigue habiendo un espíritu que se mantiene constante, pero ha cambiado el mismo acto de escribir: antes lo hacía de una sola vez y el texto salía; ahora me detengo, tomo pausas, reescribo y he llegado incluso a botar cinco páginas enteras después de escribirlas. Es diferente”.

Entre los detonantes creativos de Peña está el silencio, necesario para la concentración; pero también se abre a la música. “A veces, tengo un hilo que puede ser una historia pero no sé cómo seguirlo. De repente escucho una canción y es esa canción la que me da el ritmo de lo que quiero decir. Mientras escribo ese texto tengo que escuchar todo el tiempo esa canción para mantenerme en ese ritmo: la música lo crea, así como te despierta un sentimiento”. El ritmo también lo toma al escribir a mano, cadencia muy diferente a la de estar frente al teclado de una computadora.

Los árboles fue elegido como nombre de esta publicación, y tiene un breve apunte: es que luego de que se barajaran varios títulos tentativos se lo eligió porque era un nombre que reflejaba la complejidad y, a la vez, sencillez de la obra. Y es que otra premisa ha sido el cuidado absoluto de los detalles para que llegue al lector un trabajo meticuloso, pero sin que se note, que permita una lectura ágil que atrape. “He cuidado mucho el lenguaje, pero no en un sentido de exquisitez gramatical, sino expresiva. Busco que el lenguaje esté al servicio de lo que quiero contar, y para eso a veces tienes que romper mucho y ponerte en los zapatos del lector”, advierte.

Eso implicó sacar todo lo que no es imprescindible y a editar sus textos como nunca antes lo había hecho. En eso colaboró mucho la mirada editorial de El Cuervo, que ha estado pendiente de cada palabra. “He aprendido a darle tiempo al texto: lo corriges, esperas a que asiente y continúas el proceso”.

Bosque —el cuento— significó otro reto: es un texto sumamente descriptivo, en que la autora se propuso concentrarse, no en el lugar, sino en la acción. “Sucede todo en el monte cerrado y deseaba describir lo que genera ese ambiente, la sensación de estar perdido, de a veces perderte en el tiempo”.

La presentación de Los árboles tiene a la escritora muy contenta, pareciera que es su primera publicación, aunque entre sus obras destacan los libros de cuentos El Evangelio según Paulina (2004) y Que mamá no nos vea (2005), además de los poemarios Inútil ardor (2006) y Con el cielo a mis espaldas (2007). El humo de su café se pierde en una sonrisa expectante. “Creo que es la vez que más ilusión tengo que llegue el día de ver el libro impreso. Yo creo que las anteriores veces estaba más preocupada por el producto, pero ahora lo estoy disfrutando más”.

Una narrativa de ser adulto en ‘Los árboles’ de Claudia Peña

Alejandra Hübner - Literata

Los árboles es el título del libro de cuentos de la cruceña Claudia Peña que  la editorial El Cuervo presenta en su primera edición. El texto se compone de nueve cuentos, algunos con temáticas entrelazadas que, en general, podríamos calificar de realistas, cotidianos específicamente, aunque en todos ellos algún elemento más o menos sorpresivo irrumpe, muchas veces de manera sutil y va transformando las vidas y percepciones que tienen los personajes. Estos relatos hablan sobre los cambios que se interponen en los planes que hace la gente para sus vidas, en la dificultad inherente que implica el convertirse en un adulto decidido y seguro de sí mismo.

En efecto, salvo en el relato Lazos, que tiene como protagonistas a un grupo de perros, todos los cuentos tienen como personajes a adultos jóvenes que, lejos de tener las cosas claras, se enfrentan a la incertidumbre de su existencia, a la dificultad de tomar decisiones, aunque en la mayoría de los casos no se trata de escenarios tristes y deprimentes, al contrario, los personajes parecen moverse con una cierta nonchalance ante el desastre, el fracaso, la muerte. No parecen tener miedo ni vergüenza, además, de poner en evidencia su aparente debilidad, y digo aparente porque ninguno termina derrumbándose, de contradecir la absurda idea de que a medida que uno crece la vida se le pone clara y uno sabe quién es y qué quiere hacer.

El primer cuento, El destello, narra la historia de un hombre que está a punto de morir en medio del campo después de, podemos inferir, haber recibido tres disparos que salen de entre los árboles sin que él pueda hacer nada para evitarlos o siquiera percatarse de que eso le iba a ocurrir. El acontecimiento parece casual, no premeditado. El hombre se dirigía como todos los días a cumplir con sus obligaciones diarias y de repente se da cuenta, no de que le han disparado, sino de que está a punto de morir. El relato recuerda a aquél escrito por Horacio Quiroga en 1926, El hombre muerto, en el que un hombre se tropieza y accidentalmente se clava el machete que estaba llevando y empieza, lentamente, a morir tirado en el piso. De igual forma aquí el narrador en tercera persona nos va describiendo, no tanto los pensamientos, como las impresiones que tiene el hombre cuando está a punto de morir. Y, contrariamente a lo que uno podría imaginar, enfrentarse a una muerte inminente no hace que ninguno de los personajes se ponga a pensar en cosas trascendentales, al contrario, piensan en la naturaleza que los rodea y, como una permanente recurrencia el hombre de El destello no puede dejar de preguntarse por qué ese día salió sin botas y quién le vería los pies.

El segundo relato, Lazos, nos cuenta el trayecto de un grupo de perros, específicamente de una perra que parece estar en busca de una casa en la que ella alguna vez vivió. Leyendo el cuento recordé las palabras de un personaje de Woody Allen en la película Another Woman, en la que una mujer se pregunta si un recuerdo es algo que tenemos o algo que hemos perdido. De la misma manera, la perra recorre esa casa reviviendo escenas específicas, probablemente habituales, de esa vida que alguna vez tuvo, vida que ya no existe pues ella vive en la calle, hostigada por una manada de machos que la persiguen y la atacan de tanto en tanto.

El tercer relato y probablemente el más curioso y casi fantástico, Niño, cuenta la historia de un hombre que tiene a un niñito colgando de su camisa, no habla pero se aferra a su ropa con implacable tenacidad y es imposible para el hombre escaparse de él, que es justamente lo que quiere hacer. En varias ocasiones considera incluso cortarle un agujero a la camisa para poder librarse de esa pequeña y gran carga a la vez. Eventualmente cree que lo más sensato es ir a la policía y hacerles conocer la situación, hecho del que se arrepiente estando ahí pues, quién, y sobre todo unos policías ineficientes, podría creer que uno se despierta un día con un niño desconocido y mudo pegado a la camisa, solo en un cuento de Kafka.

Cosas, el título de la cuarta narración tiene un aire similar al cuento anterior, una mujer y sus hijos descubren que su casa está infestada de cucarachas y así ella empieza a pensar no solo en la dificultad de pasarse la vida limpiando y ordenando sino también en la cantidad de pertenencias que una persona, sobre todo con niños, puede acumular en su vida. Aquí, tenemos, por ejemplo, lo que se mencionaba a un principio acerca de una adultez no resuelta pues el principal problema de la mujer no parecen ser las esquivas criaturas que aparecen de un lado y de otro, sino su madre, que intenta hacerle y rehacerle la vida, juzgando todas sus decisiones y apareciendo, como las cucarachas, en los momentos menos deseados.

Los dos cuentos que siguen, Bicicleta y Cuarto, tienen temáticas y personajes similares. En ambos casos tenemos como protagonistas a dos mujeres evidentemente insatisfechas en sus relaciones de pareja, mujeres que, a su manera, tienen que lidiar con hombres vulgares, agresivos o simple y llanamente decepcionantes. Por sucesos en principio desafortunados, las dos protagonistas lograrán salir del tedio de sus vidas cotidianas encontrando pastos más verdes (aunque no literalmente).

Mundo, que es el séptimo cuento, sale ligeramente de la temática de los cuentos previos, pues si bien relata el fin de una relación amorosa lo hace también retratando la ciudad de Santa Cruz, hasta ahora relativamente ausente en su aspecto urbano, relatando un acontecimiento marcado por la intolerancia, la violencia y el racismo. Se trata de un grupo de personas que atacan y golpean a una chola en plena calle y a la vista de todos, sin que alguien haga algo para impedirlo excepto una anciana que grita y a la que nadie presta atención.

Los dos últimos cuentos, El dios y Bosque, son los cuentos que menos trama tienen en el sentido de que parecen ser más descripciones sobre la relación que tiene dos personajes mujeres con la naturaleza, una relación misteriosa, a momentos triste y a momentos reconfortante.

Pero el hecho de haber descrito aquí cada uno de los cuentos no es para que nuestros lectores puedan fingir haber leído el libro sino para incitarlos a leerlo por ustedes mismos, es un libro fácil de leer que nos plantea varias preguntas que muchas veces no nos hacemos cuando nos volvemos adultos.

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