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La mirada íntima de la novela de Quispe Flores

‘La Equis’, novela de Luis Raimundo Quispe, retrata a El Alto como una ciudad en construcción que late entre lo urbano y lo rural.

'La Equis' de Luis Raimundo Quispe Flores

'La Equis' de Luis Raimundo Quispe Flores

La Razón (Edición Impresa) / Jaqueline Calatayud - Escritora

00:00 / 05 de junio de 2019

He disfrutado la lectura de la novela La Equis, de Luis Raimundo Quispe Flores (editado por Sobras Selectas) porque, más allá de su valor literario, apela al reconocimiento de mi identidad como alteña. Los personajes, las situaciones y, sobre todo, los espacios emanan una familiaridad que, construida a través de anécdotas, describen la ciudad de una manera íntima, como la vemos los que crecimos en ella.

Una constante en el imaginario alteño es la idea de “construcción”, la ciudad no posee un Casco Viejo, todo en ella se está construyendo y esto se hace visible en el panorama color ladrillo que presenta, donde las fachadas (muestra de que la casa ha sido terminada) están ausentes casi en su totalidad. El Alto, como una ciudad en construcción, está muy presente en la narración de Quispe Flores, a través de guiños como el oficio de albañil de su padre, la presencia de ladrillos en el patio, la casa a medio construir en la que descubrieron a su madre, la forma en la que se construyeron, unos después de otros, los cuartos de “la casa”, todo en referencia a una evolución que es constante también en los personajes.

La familiaridad que puede encontrar el lector al leer el texto se relaciona con el entorno de familia en el que se desarrollan las acciones. No se trata de una novela ambientada en zonas marginales donde el lumpen es el protagonista, sino de un texto que trata de explorar lugares tan íntimos como los dormitorios de “la casa”.

El narrador invita al lector a dar un recorrido a través de su intimidad.

En este contexto, el horno es un espacio en el que los personajes (hijos) llevan a cabo ritos de pasaje que los transforman de niños a hombres (continuando con la idea de evolución mencionada). Es, además, sustento y refugio para ellos, sobre todo para el narrador, para quien el horno se convierte, en algún momento del relato, en una especie de vientre materno, cálido y oscuro, al que regresar.

El hecho de estar entre el campo y la ciudad es una razón para que en El Alto la presencia de los animales sea constante. Hasta la casa más humilde tiene un perro o gato de mascota, además de otros animales de corral que acompañan a los alteños en su cotidianidad. Esta relación con la naturaleza también está presente en el libro, los animales acompañan a la narración, su presencia atraviesa todo el texto, no de manera gratuita, sino como elementos que complementan determinadas ideas, como el caso de Sonia, la gata cuya historia abre la novela: “Como dijiste, papá, Sonia dejó de llorar la ausencia de sus crías a los ocho días. Sus dolorosos maullidos terminaron cuando logró olvidar. Muchas veces, como en este momento, envidié esa facultad felina de poder olvidar las cosas con facilidad”. Y más adelante la tarántula: “Me quedé mirando la tierra revuelta, repasando aquellas imágenes tan frescas como lejanas: la araña con su huevo corriendo desesperada, su resignación, los pisotones, el polvo que se elevó, los gritos de furia”.

Otro elemento interesante en el texto es el tratamiento de lo masculino, pues, pese a tener protagonistas varones, contiene una presencia femenina que atraviesa toda su estructura. La madre (La Equis), la prometida, las cuñadas, etc., son figuras femeninas que aparecen y desaparecen en la narración, cediendo en ocasiones su rol, asociado a lo materno, hacia uno u otro personaje varón que asume ese papel intermitentemente: “Lo comprendí cuando vi aquellas lágrimas maternas brotar de mi padre, porque eran las mismas que yo había vertido después de golpear a mis hermanos, las mismas que soltó Nelson cuando me vio llorar, las mismas que Pedro dejó salir cuando recuperó a la Osita, las mismas que vi cayendo de los ojos de Alfredo cuando yo lo taché de ser un corazón débil. Yo no era pues el único que tenía un corazón de mujer. No tener quién nos dijera que ‘los hombrecitos no lloran’ o que ‘si lloran lo deben hacer a solas’ fue una fortuna. Nosotros aprendimos que las lágrimas no tienen género”.

En resumen, fragmentarias como la memoria misma, las anécdotas logran contar una historia y construir a sus personajes. Sin embargo, y ésta es mi lectura, el valor de la novela de Quispe Flores radica en el lugar desde el que mira a El Alto y a los alteños, se trata de una mirada horizontal, cotidiana, íntima, que tal vez hubiese merecido un desarrollo mayor, más páginas tal vez. Animo a los lectores a que se acerquen a esta obra y la disfruten, libres de prejuicios y de los dictámenes de lo políticamente correcto.

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