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Lo que está matando a la Música Clásica

El género se ha apartado de la realidad, se ha convertido en mero entretenimiento y sufre graves dificultades para conectar con los jóvenes y las diferentes culturas

Música Clásica. Foto: sso.no

Música Clásica. Foto: sso.no

La Razón (Edición Impresa) / Weimar Arancibia es Director de Orquesta

10:55 / 19 de diciembre de 2016

Es posible que en un mundo tan ocupado y agitado como el de estos días, la gente no tenga tiempo para disfrutar una obra musical instrumental con una ininterrumpida duración de 30 minutos. Es muy común que los dedos de quien lo intente, con autonomía propia, se deslicen discretamente a sus bolsillos buscando el celular que, con un solo clic, satisfaga las más diversas curiosidades. ¿Necesitamos música? ¡Claro que sí!, pero —acorde a la rapidez de la vida estos días— parece que para satisfacer esta necesidad la música tiene que ser simple, de mensajes breves, fácilmente comprensibles, pegajosos, repetitivos, homogeneizados. Ésta puede ser una de las principales causas que explican la crisis global que enfrenta la música occidental de tradición escrita, la que conocemos como música clásica, y que se siente vivamente cuando vemos las salas de concierto cada vez más vacías o escuchamos que una u otra orquesta atraviesa una crisis severa: la última, la de Cleveland, una de las 10 más importantes de mundo. Pero hay más razones por las cuales la música clásica parece condenada al fracaso.

ESTÉTICA. Posiblemente desde mediados del siglo XX, la música clásica dejó de ser un discurso capaz de expresar la diversidad de nuestras emociones —angustia, frustración, ansiedad— o de celebrar nuestras pequeñas y grandes glorias. Dejó de ser un discurso con específicas misiones comunicativas y se convirtió en un producto exclusivamente estético. Cuando el discurso sonoro se aparta de la retórica y lo único que importa es el deleite de bellos sonidos, la interpretación se homogeneiza, se desconocen fundamentos estilísticos, los tiempos tienden a ser lentos y surge la necesidad de sostener todas las notas, ignorando el natural relajamiento de una frase. Así, poco a poco se van eliminando los espacios para discursos propios, con propuestas auténticas y vivas. La demanda exige que la quinta sinfonía —ya sea de Beethoven, Mahler o Shostakovich— suene exactamente igual al disco grabado por alguna consagrada filarmónica europea o estadounidense.

  • Foto: lindenlink.com

Las cosas llegan aún más lejos hoy, y la música va dejando incluso de ser ese discurso puramente estético para convertirse en un objeto de entretenimiento. Surgen los pops-concerts donde las orquestas, como estrategia valida de supervivencia, dedican sus partituras a la música de películas comerciales o a homenajear algún grupo de rock u otro género popular. Este tipo de expresiones son totalmente legítimas, tanto estética como financieramente, pero el problema surge cuando la demanda de música sinfónica tiende a orientarse casi exclusivamente a estas expresiones comerciales. Es entonces cuando a menos gente le interesan las interpretaciones de los renombrados maestros del pasado, y mucho menos las expresiones musicales auténticas de nuestro tiempo y nuestra cultura.

EDUCACIÓN. En el caso de la educación general, sabemos que nuestras urgencias, principalmente económicas, por lo general tienden a desplazar a las artes. Así surgen programas de enseñanza musical improvisados y descontextualizados, que no generan visiones amplias del fenómeno musical, que no logran exponer progresivamente a los niños y jóvenes a diversos géneros y estilos musicales, desde los más propios hasta los más foráneos. Con la educación especializada pasa algo similar: la escasez de maestros y la falta de métodos adaptados a nuestra realidad cultural, muchas veces, desaprovechan la abundancia de talentos locales. La enseñanza musical especializada tiende a proponer valores estandarizados orientados hacia carreras de solista, con el peligro de generar un pensamiento crítico y estético limitado, carente de interpretaciones propias y enfocado a la reproducción de discursos de vanagloriados maestros del pasado.

DISTANCIAMIENTO. Este fenómeno se expresa principalmente en dos dimensiones. La primera se refiere a que la comprensión, la ejecución y el deleite de la música clásica están muy alejados de nuestras raíces culturales. Nuestros abuelos bailaban cuecas sintiendo claramente sus fraseos y acentuaciones naturales, que quedaron grabados en nuestros genes. Cuando ahora escuchamos minuets o zarabandas sentimos la distancia que existe entre nuestra herencia cultural y esos estilos musicales.

La segunda dimensión cultural se refiere más a los contextos sociales en los que se desarrolla la música clásica, en la que rigen ciertas “reglas de etiqueta”. Por ejemplo, no interrumpir con aplausos en medio de una pieza, o entre movimientos, no interactuar con el público durante la función y —en el caso de los intérpretes— no improvisar, no dialogar con la audiencia desde el escenario. Estas reglas distancian irreparablemente la música y músicos de la audiencia. Así surgen conciertos terriblemente formales ofrecidos por intérpretes que, con demasiada seriedad y vestidos impecablemente, se centran en demostrar la maestría con la que ejecutan su instrumento. No existe diálogo, aparentemente no existe deleite ni en los que tocan ni en los que escuchan. No existe comunicación a partir de la música y muchos conciertos terminan siendo largos y aburridos.

  • Cambiar. La música clásica necesita reinventarse para atraer al público que ya no asiste o que se aburre. Foto: businessinsider.com

ENVEJECIMIENTO. Los tres anteriores argumentos nos llevan al cuarto: cada vez menos jóvenes se interesan por este género musical. Las audiencias en el mundo van envejeciendo y no se logra la renovación suficiente para mantener un promedio de edad óptimo. Cada vez resulta más difícil llenar nuestras salas de conciertos, la competencia se hace brutal —como la de los cines con películas comerciales en 3D, de efectos estrambóticos y con descuento en la entrada— y logra que el costo de oportunidad que un joven paga por asistir a un concierto sea muy elevado.

ECONOMÍA. La consecuencia final de todos los anteriores problemas se expresa concretamente en las dificultades económicas. Ya se puede considerar evidente que la música clásica no es un negocio rentable. Cada vez son menos los solistas que viven exclusivamente de tocar su instrumento, o los compositores de escribir música, y las orquestas no se mantienen por la simple venta de entradas. Actualmente, resulta muy complicado encontrar emisoras de radio dedicadas solo a este género, y las grabaciones de música clásica han reducido sus ventas a nivel global de manera dramática en la última década. Las grandes producciones como la ópera y el ballet tienen costos extraordinariamente altos y resulta muy difícil lograr cubrirlos.

La buena noticia es que esta muerte anunciada es la gran oportunidad de re-crear la música. En varias partes del mundo, incluyendo Bolivia, se van generando nuevas propuestas, algunas con mayor éxito que otras. Es posible ver cómo se desarrollan experiencias en las que la enseñanza musical va evolucionando. De vez en cuando, y gracias a la facilidad tecnológica como YouTube o Spotify, se pueden descubrir interpretaciones vivas con propuestas únicas y novedosas que son el resultado de una comprensión profunda de la partitura y no la repetición estéril de una tradición con sospechosos valores estéticos. Están apareciendo más músicos —solistas, grupos de cámara y directores— dispuestos a explicar al público sus conciertos y lo que buscan en sus interpretaciones e instrumentistas dispuestos a improvisar proponiendo ideas y jugando con las emociones de una audiencia que escucha fascinada. También algunos compositores escriben obras contemporáneas que recuperan el deleite estético y posponen complejidades fetichistas de lenguajes posmodernistas.

REGENERACIÓN. En nuestro medio existen propuestas educativas maravillosas, como el Programa de iniciación a la música de la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos, la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos o Casataller —dedicada a la formación de compositores—, unos proyectos de distintas visiones y objetivos, pero todos con una profunda carga ideológica y que educan músicos a partir de nuestra cultura y nuestras posibilidades expresivas.

Las formas de producir la música “clásica” del Siglo XX deben morir. A partir de sus cenizas, los músicos tenemos la misión de regenerar una propuesta auténtica que alcance una presencia social clara y efectiva. Se debe democratizar el acceso a la música como un derecho estético fundamental y para eso es necesario pensar en nuevos procesos educativos, que contemplen los contextos y necesidades culturales de los pueblos. Se deben explotar los beneficios de la música en el desarrollo intelectual de nuestros niños. Se deben crear discursos musicales propios capaces de dialogar con otros discursos culturales. Debemos recuperar la sensibilidad por nuestros sonidos, especialmente en un mundo acostumbrado a ignorar el espectro sonoro que clama por reivindicaciones sociales, ambientales, culturales y económicas. La música debe recuperar su fuerza política para mirar, repensar, reclamar y proponer el mundo en el que queremos vivir.

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