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Hemingway o la sombra del iceberg

Un análisis sobre los detonantes de la obra del autor estadounidense.

Foto: Rodrigo Villegas

Foto: Rodrigo Villegas

La Razón (Edición Impresa) / Rodrigo Villegas / Escritor

00:01 / 07 de noviembre de 2018

La generación perdida que deambula por París busca perder su identidad. O reencontrarla. O reinventarla. 1920. Se diluye el tiempo como se consume el alcohol, como las aguas de Venecia, como las copas de vino que pasan de mano en mano, del artista hacia el comendador, de la solidaridad del destino compartido, el de la salvación de la muerte en la Gran Guerra, hasta las voces egoístas de los abandonados y, por lo tanto, ofrecidos a la Obra. La Obra que se construye desde la expatriación. Desde el territorio desmitificado pero visto en los sueños y en las pesadillas a pesar de la distancia de miles de kilómetros de casa. La generación perdida.

Hemingway y Fitzgerald. Fiesta y El Gran Gatsby, Adiós a las armas y Hermosos y malditos, El Viejo y el mar y A este lado del paraíso. Cada cual deconstruye un espacio en el tiempo, su tiempo, el de la desesperanza, el de la tragedia de estar vivo, el de la separación de la violencia por la del hedonismo.

Hemingway. Su estilo es por demás conocido: frases cortas, diálogos magistrales, el desamor, la constante lucha contra la naturaleza, las guerras y las cicatrices indelebles que dejan, la caza, la pesca, el boxeo, la tauromaquia... La teoría del iceberg: un cuento es lo que está debajo, ese pedazo inmenso de hielo que es el iceberg, pero del cual solo se ve la punta, una pequeña porción de la masa. De la historia que se narra.

Ricardo Piglia, escritor y crítico argentino, uno de los más grandes de la historia sudamericana, explica que esta teoría es desarrollada en Hemingway —y después en tantos otros— con una maestría que adopta no solo en sus narraciones breves, sino en sus novelas.

En Fiesta (1926) —The sun also rises, título original—, la primera novela escrita por Hemingway y la que lo dio a conocer como uno de los exponentes literarios más importantes de su generación, no existe un argumento en sí. La historia trata de unos muchachos estadounidenses que radican en París —así como gran parte de los artistas o aspirantes a serlo de aquella época post Primera Guerra Mundial— que se la pasan debatiendo acerca de la dificultad de vivir, así como de la belleza de la misma acción, de literatura —son escritores y periodistas—, de mujeres y de eventos deportivos en los cuales la batalla a muerte con las bestias genere el renacimiento de la hombría y epifanía de un destino trascendente.

Es por ello que un día, aburridos de la vida nice de París, buscan la acción que solo puede generar ser perseguido por dos astas en las calles de una España bárbara: las corridas de toros de San Fermín. Allí, en Pamplona, es donde se ven desplazados a un espacio diletante, uno que los confronta con la vida dedicada a las tertulias y a la ensoñación, uno en el que ven sus pasiones desbordadas, llevadas al límite, una alegría primitiva y seductora desde la cual la contradicción de ambos mundos —París y España— los lleva a decidir entre la reinvención o el ocaso de los sueños.

El lenguaje desgarrador de Hemingway y los intersticios donde se va colando la historia que de verdad le interesa —el desarraigo, la patria que se esconde en la vigilia del exiliado, la búsqueda de la realización de la Obra, la eterna pérdida de La Mujer— constituyen la novela como una de las grandes obras de su tiempo.

Y ahí la relación con el Gran Gastby, de Francis Scott Fitzgerald, novela en la cual la búsqueda de la hermosa Daysy Buchanan simboliza la decadencia, el idealismo y la resistencia a la agitación de un mundo, a la reverberación de la conciencia: el jazz y el alcohol en exceso parecen ser el camino hacia la nostalgia que no se quiere soltar.    

Piglia escribió en esa especie de diario o apuntes misceláneos de literatura, psicoanálisis y tradición que es Formas Breves, que el amor es el cliché narrativo de las grandes obras argentinas —y, es claro, de muchas de las de talla mundial—: “En el Museo —Piglia se refiere a la obra cumbre del escritor argentino Macedonio Fernández— la historia de la Eterna, de la mujer perdida, desencadena el delirio filosófico. Se construyen complejas narraciones y mundos alternativos. Lo mismo pasa en El Aleph de Borges, que parece una versión microscópica del Museo. El objeto mágico donde se concentra todo el universo sustituye a la mujer que se ha perdido. Curiosamente varias de las mejores novelas argentinas cuentan lo mismo. En Adán Buenosayres, en Rayuela, en Los siete locos, en el Museo de la novela de la Eterna, la pérdida de la mujer (se llame Solveig, La Maga, Elsa, o la Eterna, o se llame Beatriz Viterbo) es la condición de la experiencia metafísica. El héroe comienza a ver la realidad tal cual es y percibe sus secretos. Todo el universo se concentra en ese ‘museo’ fantástico y filosófico”.

Quizá podríamos aventurarnos a afirmar que las grandes creaciones de Hemingway —los cuentos La vida breve de Francis Macomber, Las nieves del Kilimanjaro, así como las novelas Adiós a las armas y, por supuesto, Fiesta— giran alrededor de aquel sentido de la pérdida, de la posibilidad de la fuga o de la búsqueda de esa sombra que una vez se ha estrechado en ambos brazos.

Basta con los finales de Adiós a las armas o de Fiesta, memorables y desesperanzadoras revelaciones de un futuro que no será pero que será construido a partir de esa nostalgia. Allí está el iceberg. Allí se halla lo que no se puede narrar pero sí apuntalar, descifrar. Así como ver desde una ventana en la lluvia.

Quizá el iceberg sea la generación consciente de un destino enorme, pero escondido en el mar, y la exploración, el buceo, sea la causa de la deconstrucción de la Obra. Una generación perdida que perdura en el tiempo y que nosotros, afortunados lectores, sí podemos divisar en toda su plenitud: el iceberg delante de nuestros ojos.

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