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La deuda con la belleza

El silencio no necesariamente es un principio para que haya sonido. Puede ser deliberado, como cuando se calla.

La belleza propia del arte.

La belleza propia del arte.

La Razón (Edición Impresa) / Max Jorge Hinderer Cruz - filósofo y Director del Museo Nacional de Arte

00:00 / 22 de enero de 2020

Como me explica una amiga música, el silencio es fundamental para nuestra noción de sonido. Quiere decir que es a partir del silencio que construimos nuestra idea de lo que sería el sonido. Sin silencio no hay sonido. Sin embargo, me da a pensar que el problema es que todo mundo asume que el silencio sería el parámetro natural para lo que viene a ser el sonido. Es naturalizado como una condición previa, necesaria, para el sonido. Nadie parece considerar que el mismo silencio puede ser algo construido. Incluso puede ser deliberado, igual que el sonido. Silencio, por ejemplo, es cuando alguien calla.

Resulta que mi amiga no solo es música, sino también es activista antirracista y antifascista, y es investigadora especializada en la historia del colonialismo. Un silencio determinado, explica, puede ser nada menos que una mediación ideológica para la articulación del sonido. Cuando la Historia calla sobre el terror que la colonia ejercía en nombre de Dios, cuando calla sobre el racismo y discriminación durante la República, sobre la exclusión de las poblaciones indígenas de la clase política; cuando la Historia calla, es la precondición para la naturalización de las jerarquías sociales impuestas por el colonialismo, para la naturalización de las matanzas contemporáneas de nuestras poblaciones indígenas y campesinas. Es el silencio necesario para fingir cantar el canto de la libertad donde la democracia ha muerto. Cuando hay silencio, por ejemplo, cuando nadie alza la voz, puede que sea primeramente porque los intimidaron, porque les metieron miedo, porque los metieron presos, o porque los mataron. Es decir, que lo que aplica para la psicoacústica, también lo hace para la historia política: mantener a las personas sin prestar atención al silencio de facto, al silencio como hecho, como silencio, mantenerlas sin entender cómo se produjo este silencio, es el requisito previo para cualquier mediación ideológica de hacer escuchar y de no hacer escuchar ni el sonido, ni las voces, ni su silencio. Por otra parte, cierra su explicación mi amiga, una vez que el silencio entra en la conciencia como un principio construido, como algo hecho, ningún sonido, jamás, volverá a ser el mismo.

El silencio del que habla mi amiga me hace pensar en otros silencios. Otros silencios que son hechos de la misma materia. Silencios que me preocupan. Me hace pensar, por ejemplo, en el silencio del museo. El silencio que envuelve los visitantes en los museos, al contemplar obras de arte. ¿Qué silencio es ese, ante la belleza del arte? Puede ser confuso. En vez de un solo silencio, parecería que estamos hablando de por lo menos dos silencios distintos, pero que están intrínsecamente conectados: un silencio que cobra y otro que calla.

El primero, el silencio que cobra, es un silencio que pretende proteger la belleza propia del arte. Hay algo muy particular con la belleza del arte. Ella, así nos hacen creer los ideólogos de la cultura occidental, funciona mejor con el silencio. Envuelta en silencio. Mediada por el silencio. Requiere de silencio. Es como que el silencio consigue mediar la belleza de una manera tal que resalte su singularidad y justifique su excepcionalidad; es como que le consigue agregar un valor invisible. Es un valor que el silencio, silenciosamente, nos hace llegar sin que nos demos cuenta, se nos ofrece, nos promete, nos encanta, nos arroba. Nos estamos deleitando con algo, que, por más libre o público que parezca, tiene precio, un precio que implica, un precio histórico. Quedamos, así, en deuda con la belleza, mientras el silencio arregla las cuentas. Pero esta deuda no la podemos pagar en la boletería, al entrar o salir del museo. Esta deuda es una deuda ética. Y tiene que ver con una contradicción constitutiva para la apreciación de la belleza del arte: antes que nada, es por el precio del silencio que podemos apreciar su belleza.

Los ideólogos de la Ilustración europea en el siglo XVIII, los grandes filósofos y poetas que celebraban la contemplación estética en silencio, defendían el ideal, que ante la ley y ante la belleza todos seríamos iguales. Sin embargo, eran también muy claros, en       innúmeras ocasiones, en resaltar que “todos” no incluía ni a los indígenas, ni a los negros, personas que llamaban de salvajes, y que excluían, por principio, de la capacidad de sentir o vivir la belleza, y también excluían de cualquier forma de raciocinio; quiere decir, eran considerados incapaces de consolidar, o apenas de hacer parte de una comunidad cultural, o de una organización social que supiese apreciar la belleza; lo que para los ideólogos ilustrados también justificaba su privación de derechos. En el imaginario de los sub-ideólogos de la colonia, por el otro lado, los salvajes son identificados como hordas, y representan en primera línea una amenaza, una amenaza de cercar las ciudades, una amenaza de desestabilizar el orden impuesto por la cruz y la fuerza armada, y, finalmente, también representan una amenaza a la belleza. El silencio que cobra, es el que cobra vidas, para poder proteger y apreciar la belleza. Está hecho de la sangre, de los huesos, de las cenizas y del olvido de aquellos excluidos de la experiencia de la belleza. Es un silencio que mata.

El segundo, el silencio que calla, es distinto. Es un silencio cobarde, uno que intenta ocultar, uno que calla sobre la verdad más irreverente y más escandalosa de la belleza: que la belleza no es una esencia, no es un don, ni un toque divino, la belleza no es una cualidad. Nada de eso. La belleza es una condición. Es más, la belleza es su propia condición; es su propia condición para poder ser apreciada.

Sí. Mantenemos una deuda histórica con la belleza. Nuestra deuda con la belleza es la lucha por la igualdad de condiciones. Nuestra deuda es con todos los excluidos de la experiencia de la belleza, es entender el silencio, aprender a escuchar el silencio, entender cómo se produjo, y cuáles son sus intereses.

Parafraseando las palabras de mi amiga música, investigadora, antirracista: un silencio determinado puede ser nada menos que la mediación ideológica para la materialización de lo bello. Si no entendemos los silencios que la acompañan, nunca entenderemos la belleza tampoco. 

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