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La constante (de la) muerte

El filósofo y escritor Emile Cioran, no por gusto sino por necesidad, abre puertas nuevas hacia la vida y por tanto hacia la muerte.

Emile Cioran

Emile Cioran Foto: biksady.com

La Razón (Edición Impresa) / Nicolás Ewel - comunicador

00:00 / 16 de abril de 2017

Advertencia al lector: este es un artículo sobre Emil Cioran, recordándolo a 106 años de su nacimiento. Por lo tanto, al igual que el pensamiento del rumano, abarcará realidades y condiciones humanas como la muerte y el suicidio. No tratará de reconciliarlas ni hacer sentido de ellas, pues no se quedará en el dogma nihilista que afirma el sin sentido de la vida, si no se aferrará de su insignificancia. (Leer bajo propio riesgo).

“Experimento una extraña sensación al pensar que soy, a mi edad, un especialista de la muerte”. El 8 de abril de 1933, cuando Emil Cioran cumplía 22 años escribió esa línea. Un año más tarde se publicaría en uno de sus muchos libros de aforismos, Pe culmile disperarii que se traduce como En las alturas de la desesperación o En las cumbres de la desesperación. Estos aforismos resultan esenciales para entender el resto de los libros y de la filosofía del rumano. Los temas que aborda son en los que profundizará años más tarde.

El título es de suma importancia a la hora de abordarlo. Cioran comenta sobre el título que “es pomposo y trivial a la vez”, quizás por la manera que lo encontró: “Tenía varios títulos, pero no acababa de decidirme… Un día, en el café al que acudía todas las tardes, pregunté al camarero: ‘De estos títulos, ¿cuál prefiere?’ Me quedé con el que más le gustaba a él”. Sin embargo, el título también cumple una función de advertencia. En el prefacio del libro, Cioran admite que, “de no haberlo escrito, hubiera, sin duda, puesto un término a mis noches”. Además, durante la época en que estos aforismos fueron escritos, la expresión “cimas de la desesperación” era la referencia al suicidio en las necrológicas de los periódicos. Así el título abandona su carácter trivial y se vuelve un aforismo más. Un aforismo sobre el suicidio.

El suicido es un tema que Cioran aborda en muchos de sus textos. ¿No es el suicidio uno de los más importantes problemas filosóficos? Camus plantea en El mito de Sísifo que el suicidio no es uno de los muchos problemas filosóficos, es el único y del cual derivan los demás: “juzgar que la vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. Sin embargo, ¿no hay un problema gigantesco en aquella afirmación? El suicidio, ¿no es, acaso, una acción, y no una pregunta?

Según el filósofo Daniel Dennett, los filósofos son mejores para hacerse preguntas que para responderlas. Quizás por ese motivo Camus rechaza el título de filósofo. El pensar debería siempre derivar en la acción y no mantenerse en el puro razonamiento. Camus encuentra la respuesta a la gran pregunta del suicidio a través del concepto que él desarrolla y llama el Absurdo.

¿Y Cioran? ¿Por qué no se suicidó Cioran siendo, probablemente, el pensador más pesimista en haber existido? Da varias respuestas que valen la pena realzar.

La primera es directa, incluso se podría considerar una respuesta simple. Se encuentra dentro de En las cimas de la desesperación: “¿Por qué yo no me suicido?

Porque la muerte me repugna tanto como la vida”. La siguiente respuesta la da en una entrevista siendo mucho mayor que cuando escribió el texto en cuestión.

Dice que la idea del suicidio, el saber que existía la opción, fue lo que impidió que él lo hiciera.

La última respuesta, aún más sugerente, se la encuentra en otro de sus libros: Ese maldito Yo. En uno de los aforismos asegura que el suicidio es un acto perpetuado únicamente por aquellos optimistas “que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir ¿por qué la tendrían para morir?” A fin de cuentas, la vida es simplemente un caminar hacia la muerte, o —como lo pone Cioran con su impecable escritura— “todo ser humano lleva en su interior no solo su propia vida, sino asimismo su propia muerte”.

Cioran detesta específicamente la condición humana primordial, que es la que se explicó previamente, la condición de la conciencia de la muerte. Aquella detestable conciencia de vida, y por lo tanto de muerte, hace que permanentemente estemos definiendo nuestra relación con el mundo, en el cual la posibilidad de muerte está siempre presente. Cioran afirma contundentemente que “el saber es una plaga y la conciencia una llaga abierta en el corazón de la vida”, por eso sostiene que aquellos sin “derecho a la inconciencia” son “los seres más desgraciados”.

La solución, entonces, ¿cuál sería? El autor propone una suerte de supra conciencia. Unas cuantas páginas previas, sugiere convertirse en un vegetal para perder conciencia, y ahora propone lo opuesto: en lugar de acercarnos más a la “animalidad” que sería perder la conciencia de muerte, sugiere ir más allá de ella, vivir más allá de la conciencia. De cualquier manera, la meta es la misma: dejar de ser humano. Llegar al “éxtasis” que sería un ser inmaterial y puro como es el no-ser. Pero, ¿por qué querer tener derecho a la inconciencia? ¿Para ser feliz, en el sentido de Thomas Gray (felicidad encontrada en la ignorancia)? ¿O quizás sea simplemente para perder los miedos, los cuales nacen a partir del miedo a la muerte? No debemos ignorar el hecho que “todo individuo que se plantea seriamente el problema de la muerte no puede evitar el miedo”.

Es curioso encontrarse con un ser como Cioran, quien admite el miedo a la muerte pero se aferra a ella. Se dice que el coraje no es no tener miedos, es enfrentarse a ellos. Como a la enfermedad. Cioran sostiene que toda enfermedad (y ¿qué es la vida si no una enfermedad que, sin duda, conduce hacia la muerte?) implica una suerte de heroísmo, “un heroísmo de la resistencia, y no de la conquista”. Es claro: la muerte, y por lo tanto la vida, no se conquista, se resiste.

Cioran, desde muy temprana edad, abre puertas nuevas. No da gusto abrirlas, pero es necesario. Habrá que aferrarse a la muerte y a la vida, a la vida que lleva a la muerte, al ser aquel ser para la muerte. Se debe aceptar el miedo a la muerte, y entender que no hay razonamiento abstracto posible que nos libere de él, que de la conciencia de la muerte no se puede escapar, “la única actitud pertinente sería el silencio o un grito de desesperación”.

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