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La cholita Colcapirhua

Publicamos un cuento inédito de Manuel Vargas sobre el amor, la libertad y las mujeres con personalidad.

La cholita Colcapirhua. Foto: Fernando Cartagena

La cholita Colcapirhua. Foto: Fernando Cartagena

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Vargas / Escritor

00:00 / 11 de junio de 2017

— A ver, a ver. ¿Cómo te llamas y quién eres?

— Arminda Rocha me llamo, soy natural de Colcapirhua; tengo mi tienda, al lado de la casa de mis papás. Aquí mismo siempre he vivido, con mis dos hijitos. Me vendo dulces, refrescos, así.

— Bien, bien, así que eres la famosa cholita de Colcapirhua. En los periódicos están hablando de vos. Te alaban, te insultan. Ahora tienes que explicar todo lo que ha pasado en tu tienda. Pero antes… ¿Has dicho que tienes dos hijos? ¿Y dónde estaban la noche de los hechos?

— Dositos siempre son. ¡Bellos! Mis papás me ayudan con ellos, duermen en la casa mientras yo me quedo en la tienda.

— O sea, pero… ¿Eres casada o soltera?

— Viuda soy ahora. Ya sabe, pues, teniente, por qué me pregunta.

— No te entiendo, ¿ha muerto tu marido?

— Oiga, teniente, no se haga, pues. Está viendo que mi marido se acaba de morir, o mejor dicho, lo acaban de matar aquí en mi propia tienda. De él soy su viuda.

— Chola sinvergüenza, cómo vas a decir pues eso. El Clemente era un hombre casado; sería tu amante. Todo eso pues tienes que explicarme ahora, para que puedas salir de aquí. Si no, estás jodida, Arminda. A ver, dime pues cómo has llegado a esta situación tan comprometedora.

— No, no le entiendo, teniente, tanta cosa me dice…

— Explicá, pues. Aquí en tu tienda se ha cometido un asesinato, y el asesino está preso, y vos detenida, porque ese tal Clemente estaba en tu cama, ¿o no?

— Estaba pues en mi cama, cómo lo voy a negar.

— ¡Pero el asesino dice también que tú eres su chola, su corteja o no sé qué! Por qué, si no, lo ha matado al otro.

— Eso ya no puedo saber, teniente. El Davicho no es nada de mí.

— ¿Pero lo conoces, no? Siendo el padre de uno de tus hijos…

— Sí, pues. Pero… Mi agarrón nomás ha sido el Davicho. Es que el Clemente se pierde también, y me deja sola. En una borrachera nos hemos conocido con este otro, y ahí nomás, viéndolo tan buen mozo… Sería pues la soledad, como dicen.

— ¿Cuál Soledad? ¿Amante de quién? ¿Otra mujer más en el intríngulis?

— Teniente, permítame que me ría. ¿Intri… qué dice? Intri nosotros nomás pues. No se haga al difícil.  

— ¡O sea que ahora yo soy el difícil!... Me estás haciendo hablar macanas, che. Vos te has metido con dos hombres casados y en tu propia casa se ha cometido semejante delito, por no decir en tu propia cama…

— Yo no tengo la culpa.

— Chola mañuda, no me hagas renegar. ¿De quién su culpa será, no? Explicá de una vez, te digo de a buenas… Con los dos te has metido, lo estás confesando. ¿Y no sabías acaso que…?

— No entiendo nada siempre, teniente.

— ¿Y quién más va a entender? Escuchame más bien. Haz de cuenta que te estás confesando con el tata cura, o con tu padre, qué se yo, y le explicas todo, paso a paso. Es por tu bien, ¿me oyes? ¿O quieres que los periódicos nomás digan cualquier cosa? Hasta en el Feis dice que sales. Ya. El tata cura te está escuchando. Él no sabe nada de esto y vos te confiesas…

— ¡Ajj! Es que esto es vergonzoso. Ustedes nomás lo enredan todo y ahora yo no sé cómo voy a salir de este aprieto.

— Te voy a ayudar. Te metiste con el Clemente: viejo, honorable y fiel esposo. Pero por culpa de la soledad, mejor dicho de la borrachera, te metiste asimismo con el joven, fortachón y fiel marido David no sé cuántos. ¡Y los dos casados! No puede ser… El más joven se entera de tus correrías y… Bueno, hasta ahí llega mi conocimiento, ahora seguí por donde quieras.

— El Clemente fue siempre mi primer y único amor, aunque yo sabía que era casado, con familia e hijos y solo fuera un humilde mecánico. Además, él me decía que solo a mí me quería, y cuando podía siempre estaba aquí en mi tienda. Aunque un poco viejito y gastado, yo lo he querido siempre al Clemente, ese debe ser mi gusto.

— ¿No te das cuenta?, tú has destruido un hogar. Él tenía esposa, hijos… Y la sociedad te señala como a una… una mujer alegre.

— Pero ahora estoy triste porque él está bien muerto. Y todo puede estar diciendo su mujer oficial, como hablar mal de mí: que tengo una dudosa conducta o que fui su chola del imperfecto…

— In-ter-fec-to.

— … pero yo le diría que, además de joven y hermosa, soy mejor que todas esas señoras que hablan hasta por los periódicos y las televisiones. Porque no es la única señora que está metida en este embrollo, ¿no ve?

— ¿Y por qué te sonríes? ¿Estás hablando de la esposa del asesino?, ¿de tu otro amante? Quién es él.

— Yo no sabía nada, mi teniente. La otra señora había sido la esposa del Davicho, del que ha venido a matármelo al Clemente, por celos. ¡Cómo va a venir pues a esa hora! ¿No le dije que esto era un enredo? ¿Y ahora qué voy a hacer yo, que soy la única y verdadera viuda de mi marido muerto?

— Y dele con el marido muerto… ¿Y quién es el papá de tus hijos?

— El primero es para el Clemente, el muerto. Y el segundo es para el Davicho, ya le he dicho.

— El Davicho, el Davicho. Esas confiancitas te delatan. Hablemos entonces del asesino.

— ¡Sí, el asesino! Le voy a decir la verdad, en confianza, digamos. El Davicho es un carpintero que tiene su casa en el barrio de Cala-Cala, y si es que usted no lo sabe, fue mi aventura nomás; no sé por qué se metería conmigo, o más bien por qué yo me metería con él, si ni siquiera me daba plata, tan agarrete y celoso.

— Pero te hizo un hijo, ¿o no? Fuerte sería el agarrón.  

— Sí. Tengo un hijo para cada uno de ellos. Me gustan pues las guaguas. ¿Ellas qué culpa tienen y yo qué culpa tengo? No puedo cargar con la culpa de todos los hombres, ¿no ve?

— Por eso te has metido en un tremendo lío, hija… Tu Davicho y esas señoras te van a joder mientras vivan, o mientras vos vivas.

— Ese es pues mi enredo, por culpa de los celos y por andar madrugando. Los dos eran casados y con hartos hijos. Venían pues los dos, cómo me voy a negar, pero no al mismo tiempo. Es que yo soy una cholita hermosa y de carnes tiernas, como me decían siempre los dos... Bueno, el uno me decía en difícil: me gustan tus garridas caderas, amor, y el otro a lo bruto: qué culo, qué tetas… Y a mí, lo que a mí me gusta es el amor siempre. Soy cholita de sentimientos.

— Qué interesante. Qué ejemplo para la sociedad, qué moral… ¡qué chucha! O sea que hay que tener un amor y un agarrón, y todos contentos y felices… Ya, ya, con tus líos amorosos no vamos a llegar a nada, y para lo que me importa. Ahora cuéntanos tu versión del asesinato, lo que ocurrió en esa noche fatal de la que hablan los periódicos.

— Esa noche estaba yo con mi Clemente. Llegó como a las once de la noche diciendo: Armindita, hoy me he librado de la vieja, tenemos el resto de la noche para divertirnos como enanos. Así era pues él, y eso que solo era un mecánico-fregánico, como en chiste le decía yo. Y lo recibí como tiene que ser, en mis brazos y en nuestra cama. Tengo pues aquí mi cuarto aparte, ya le he dicho, tienda es, dulces vendo, coca-colas, empanaditas, mientras mis dos hijos están en la casa con sus abuelos. Él vive en Vinto y tiene taller en Quillacollo…  (Ay, perdón: vivía, tenía). De ahí se vino diciéndole a su falsa mujer (bien franco era siempre conmigo): Tengo que ir a Oruro, hija, a traer unas herramientas, son más baratas allá. Y se vino a mi tienda de Colcapirhua. Como era tarde, ya ni me invitó a comer y tomar chichita como a veces lo hacíamos. En fin: teníamos libre toda la noche. Y así hemos estado, no solo haciendo lo que usted piensa, sino también conversando, riendo, todo junto, hasta que nos dormimos.

— Ya; al fin hemos llegado a lo que a mí me interesa, seguí…

— Cuando de repente, como a las cinco de la mañana… ¡Golpes en la puerta! Más golpes. Despertá, Clemi, no sé quién está golpeando esa puerta como a bombo de banda. Y realmente yo no sabía, nunca pensé que podía ser el Davicho, cómo pues a las cinco de la mañana, si él vive en Cochabamba y nunca sabe venir en la madrugada. ¡Despertá! Y grito a la puerta: ¡Quién es, qué quiere a estas horas!

— O sea, estás confesando que el otro también venía y con horarios establecidos…

— A ver no me interrumpa. Entonces la puerta se abre como si se rompiera, y ya no sé nada.

— O sea, ese rato te has vuelto ciega…

— Es como un sueño, una película de terror. Yo no he vivido eso, cómo pues. Ya estaba amaneciendo y lo puedo ver al David, con semejante tamaño y temblando de rabia, buscando algo tras la puerta, y encuentra el palo de trancar, que con el entusiasmo yo me olvidé de apuntalar en la puerta, y se acerca adonde nosotros, mejor dicho donde el Clemente que está sentado y pelado sin entender nada y ahí nomás recibe un palazo en la cabeza, en medio de insultos del loco y de mis gritos. Y más golpes y golpes hasta que… yo he escuchado siempre como si un tronco se quebrara, ay…. y queda en el suelo quieto, tras el último palazo…

— Ya, ya, basta de berrear, ya has llorado bastante esta mañana.

— En semejante alboroto pues aparece alguna gente y yo ya estoy vestida y veo al David que quiere salir por la puerta, por la ventana, y los vecinos no lo dejan, ¿ladrón es?, ¿te ha querido violar?, ¡pero si es un apuesto caballero!, más gritos y amenazas, hasta risas, ¿y quién es este muerto?, ¿lo estaban desvistiendo?, y ya llega más gente y yo estoy sentada en el suelo al lado de mi marido, qué me lo han hecho, ay, maricón, desgraciado, ¿estas son horas de venir? Y nadie entiende, y en eso ya aparecen ustedes ya también.

— Las fuerzas del orden, dirás. O sea que él no pudo defenderse, borracho estaría, ¡claro!, vos qué siempre le darías, o no le darías, no estaba en condiciones de defenderse… Y el otro, borracho y celoso, no midió las consecuencias.

— Tiene usted razón, el Davicho no sabía medir nada; últimamente se emborrachaba mucho, es que ya no lo quería y me decía siempre: debes tener otro, debes tener otro… ¡Ayyy!, por qué no me entienden los hombres.

— Yo tampoco te entiendo porque ya no sé de quién estás hablando. Del vivo o del muerto. ¡Y ya basta de tus chillidos y tus mentiras! Por andar con…

— Con mis sentimientos, y mi única verdad… Ustedes mismos me han preguntado y yo les he dicho: Él es mi marido, sí, Clemente se llama.

— ¿Y este otro, el asesino?

— Él no es nada, así nomás ha aparecido. Usted mismo dice que no se puede andar con dos. Es verdad: mi único marido es el Clemente.

— Eso se llama amante, sonsa, y lo que has cometido es adulterio y de yapa eres una bígama. Y no pongas esa cara de mosca muerta. Terminemos. ¿Y después qué pasó?

— Mis papás y mis hijos también han venido y no entendían nada, qué has hecho, ¿has matado? No, papito, yo no tengo nada que ver. ¡En tu casa hay un muerto!, y vos nada que ver… Si yo mismo no me entiendo, cómo me van a entender ustedes, ¿no?

— Y después…

— Después ustedes ya lo han cargado pues al David, ¡directo a la chirona!, diciendo. Bien hecho. Y se topan conmigo y me dicen: señorita, o señora, o viuda, vos vas a declarar, ¡estas mujeres son las causantes de todo! O sea, ¿por bella, joven y desvalida me van a castigar?

— Sí, por linda y por sonsa. ¿Un muerto y un asesino por tu culpa es poca cosa? ¿Y esposas y niños mal vistos por la sociedad, es poca cosa? No entiendes nada; te pueden acusar de bigamia…

— Bigamia… ¿qué es eso? ¿Pecado es?, ¿delito es? ¿O sea que el amor es pecado y además delito? Cúlpenla pues a la Soledad que usted le llama. Yo, a uno nomás he amado.

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