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El catálogo máximo

‘Pintura en Bolivia en el siglo XX’, de Pedro Querejazu, es la obra recién publicada por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia.

Obra. ‘Vigilia de la Cruz’, de Armando Jordán Alcázar.

Obra. ‘Vigilia de la Cruz’, de Armando Jordán Alcázar. Foto: Biblioteca Bicentenario

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Molina - periodista

00:00 / 29 de mayo de 2019

La producción de Pintura en Bolivia en el siglo XX, de Pedro Querejazu, por parte del equipo de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), debe de haber sido todo un desafío.

No existen precedentes en Bolivia de que un libro de tales dimensiones, fundamentalmente visual, impreso en papel fino, forme parte de una colección destinada al gran público, con muchos ejemplares y precios subvencionados. Los únicos ejemplos comparables se encuentran dentro de esta misma Biblioteca y los comentaré en el futuro.

Un desafío, entonces, y un gran logro. Formalmente, el libro es impecable. Las fotografías están hermosamente desplegadas, las referencias no faltan en ningún caso, el diálogo entre el texto y las ilustraciones fluye. La Biblioteca del Bicentenario se va consolidando como uno de los más importantes esfuerzos culturales en el campo literario de nuestra historia.

Pintura en Bolivia en el siglo XX no es un tratado sobre la pintura producida en el país en la anterior centuria, sino un catálogo de la misma. Luego de hacer una breve e instructiva historia de las artes visuales desde antes de la Conquista hasta el academicismo y el eclecticismo, las últimas corrientes que se originaron en el siglo XIX, Querejazu presenta a los pintores y las obras del siglo XX en orden más o menos cronológico. La redacción es precisa, escueta y a ratos escolar. Por supuesto, el autor introduce valoraciones, dedicando más espacio en el texto y en la galería de fotografías a ciertos pintores que considera principales; así como útiles clasificaciones, algunas de las cuales le pertenecen: “telurismo” (años 20 y 30, en consonancia con los primeros movimientos nacionalistas en la política y la literatura); “indigenismo”, quizá la corriente más poderosa de nuestra historia, en la que se inscriben Guzmán de Rojas y De la Reza; “generación de 1952”, subdividida en dos: los pintores políticos, muralistas en muchos casos, como Alandia Pantoja, y los que, en reacción al giro revolucionario del arte nacional se decantaron por la pintura abstracta, en una línea que va de la precursora María Luisa Pacheco a Alfredo La Placa, que estuvo activo hasta hace no mucho. La “tendencia nacional”, también importantísima, que incluye a Arnal, a los Lara, a Pérez Alcalá, etc. La “generación de 1975”, año elegido por ser el primero de las bienales INBO, y finalmente la “generación de 1990”, que coincide con el “fin de las ideologías” y el boom tecnológico.

Estas últimas corrientes han sido introducidas en esta versión de este libro, que apareció por primera vez en 1989, con el nombre de Pintura boliviana en el siglo XX. La actual, entonces, es una reedición ampliada y corregida (y con título nuevo). Por cierto, resulta discutible el tratamiento que Querejazu da a las últimas generaciones mencionadas, ya que incluye a autores que no son pintores y a obras que no son pinturas, sino fotografías alteradas e instalaciones. Esto es incoherente con el título del libro e injusto con los artistas contemporáneos que sí pintan, como Zapata, Suaznabar o González. Me parece que este error se debe al deseo de Querejazu de hacer de su libro un catálogo completísimo del arte boliviano, lo que le lleva a incluir, tanto al principio como al final de su narración histórica, artes que no son propiamente pictóricas.

En todo caso, el valor de esta compilación es indudable; Querejazu ha logrado, seguramente con mucho esfuerzo, una muestra abarcadora de las principales pinturas que han producido los bolivianos, muestra que tiene momentos reveladores e intensos, como cuando agrupa los cuadros que se pintaron con motivo de la Guerra del Chaco.

Sin dejar de reconocer esto, hay que anotar que este libro tiene otro defecto, que es haber incluido, al final, varias notas de autores diversos sobre el arte boliviano. Un error porque estos textos no son ensayos, sino: a) una relación lineal de tipo divulgativo de la historia del arte, que repite el texto principal, y b) notas periodísticas y comentarios de escritores extranjeros. Por tanto, no son sustanciales y en cambio, los últimos, introducen sesgos que, sin una adecuada contextualización y discusión, resultan injustos o desbalanceados. ¿Por qué deberían reproducirse críticas de algunos pintores y halagos de otros, solo porque alguien los publicó alguna vez? La obra hubiera quedado más limpia sin estos apéndices.

Pintura en Bolivia en el siglo XX es un libro que todos los bolivianos deberían querer tener en sus casas y que ahora pueden conseguir sin más requisito que su curiosidad.

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