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Yo no me caso

‘Amor’, la nueva obra de teatro de Denisse Arancibia, se presentó en funciones llenas en Casa Grito

Escena de la obra ‘Amor’, de Denisse Arancibia

Escena de la obra ‘Amor’, de Denisse Arancibia Foto: Miguel Carrasco

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo H. - periodista

00:00 / 10 de julio de 2019

Uno: Amor es la última obra teatral de Denisse Arancibia Flores (se estrenó el pasado fin de semana en Casa Grito). Y se pinta como una de las mejores del año.

Bien pudiera llamarse “Yo no me caso”. Si fuera un ensayo sesudo y aburrido se titularía “Persecución y vituperio del matrimonio”. La primera imagen de Amor impacta: una novia gigante de tres metros esconde bajo su vestido blanco a todos los invitados de su boda. “Amor” es una parodia, una comedia romántica con humor ácido, con buenas canciones, el estilo de la casa Denisse. Es la historia de “Julia”, una mujer que ronca, habla de dormida, sueña con el diablo, es sonámbula y le gusta que le amarren a la cama. “Julia” no quiere casarse con Ricky. No le gusta compartir el control remoto. No quiere hacer el amor con la misma persona por el resto de su vida. No quiere tener hijos. A “Julia” le da miedo todo. ¿Cómo se llama el miedo a casarse? Gamofobia se llama. A “Julia” la marcha nupcial le parece triste. Va a ser una novia fugitiva a pesar de las “comadrejas” que le rodean: su madre, su suegra, su padre robot, sus amigas, el cura que cobra por hora, los 300 invitados que nadie conoce, todos fingiendo extrema felicidad. “Julia” no se llama Julia ni se apellida “Púdrete”. Julia solo quiere llorar y ahogarlos a todos. Larga pausa silenciosa y hermosa. Todas han muerto ahogadas. Julia es libre.

Dos: el elenco fijo de Teatro Grito tiene una ventaja. Los actores y actrices se conocen, han trabajado juntos y eso se nota sobre las tablas. Del laburo permanente y constante, surge la magia, el talento, las buenas vibraciones, las obras que merece la pena recomendar. Julia, la novia, es Alejandra del Carpio Andrade que logra a ratos transmitir todos los miedos, todas las ataduras en el papel más complicado de la obra. Su mejor “amigui” es Mariel Camacho Ovando, más suelta, más desenfadada, más ajustada a su rol. ¿No sería mejor cambiar de papeles? El cura es Bernardo Arancibia, otra vez (y van…) lo mejor del elenco. El sacerdote es el villano, es la fiel representación del poder celestial sobre la tierra y sobre todas las mujeres. Es el que dicta el decálogo obediente del buen matrimonio (concertado). Amor es anticlerical, como dios (en minúsculas, por favor) manda. Carmencita Guillén Ortúzar y los progenitores (René Sutura Mamani junto al padre robot Michael Apaza Apaza) acompañan a la perfección con la aparición de Leo Mora (como abuela y como Ricky) como grata sorpresa. El rol de Ricky merece un capítulo aparte: el novio es una chaqueta colgada, es solo una voz a lo lejos, es el amor a la fuerza, es el que dice “sí, acepto” por Julia. Su ausencia-presencia sobrevuela la obra para terminar surgiendo como máscara, como kusillo, como espectro cruel.

Tres: ¿por qué nadie pregunta a Julia si quiere casarse? Ella es la única que hace esa interrogante: “Ricky, de verdad, ¿te quieres casar? Pero Julia no es una víctima. Y Denisse Arancibia no cae en lo facilón, en el retrato victimista. Aunque si “puede aprovechar” para despachar y recordar cuentas pendientes: el exagerado prestigio del amor, la manipulación del deseo y lo conflictivo del matrimonio, esa sacrosanta institución anacrónica. El matrimonio fue en el pasado trascendente y necesario: cuestión de patrimonio, transacción de compraventa, alianza de intereses en provecho de la prole. Era la antigua “sabiduría” del matrimonio. ¿Qué sentido tiene en pleno y efímero siglo XXI este pacto a largo plazo? Es la pregunta que nos lanza la obra. Y luego llegan otras: ¿siguen de la mano a estas alturas ese tridente diabólico llamado amor, sexo y matrimonio? ¿Acaso lo rutinario y ritual no es el casamiento sino el divorcio? ¿No sería bueno buscar nuevas fórmulas más apropiadas de convivencia? Y la peor de todas: ¿por qué la mayoría de las personas se sigue/nos seguimos casando? ¿Estamos condenados a la fatalidad?

Cuatro: una pregunta más. El 95% del público que va a ver (Des)Amor (y la gran mayoría de obras teatrales en La Paz y en toda Bolivia) es femenino. ¿Dónde, carajo, están/estamos los hombres? El teatro también es una trinchera, una barricada en estos tiempos de cólera antipatriarcal. Esa es la respuesta a mi estúpida pregunta.

Post-scriptum: la segunda temporada de Amor está programada para el 3, 4, 10 y 11 de agosto en Casa Grito. Y la tercera, la vencida, para el 4, 5 y 6 de octubre. Tienes siete oportunidades más, sin ahogarse, sin llorar.

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