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En la boca del horno

Dante Gorena comparte este cuento seleccionado por Ediciones Endora  (México) para su “Antología zombie”.

El horno

El horno Foto: elprogreso.es

La Razón (Edición Impresa) / Dante Gorena - escritor y publicista

15:00 / 04 de diciembre de 2019

Confieso que, si tomé la decisión de contar la historia del malogrado doctor Burgos, fue antes de que los gusanos me fueran comiendo la memoria, como seguramente se lo habrían zampado a él, enterito, si acaso habríamos hecho lo correcto, es decir, enterrarlo en su hueco eterno como mandan las leyes cristianas. Pero no fue así.

Me queda el recuerdo de aquel triste episodio que continúa atormentándome a pesar del tiempo transcurrido. Son de esas experiencias vergonzosas, acumuladas en montones de hojarasca húmeda que no logran dispersarse fácilmente.

Es como si todavía lo estuviera viendo: embutido en una caja de madera, similar a un ataúd, pero sin ventanita para mirar el mundo por última vez, con todo el contenido sanguinolento de su triste existencia a punto de ser devorado por el fuego. Lleno de ese callado pánico que deben tener los muertos cuando saben que, no obstante, conservan un vago rescoldo de vida. Nadie podría saberse muerto; no existe en teoría esa conciencia de sabernos muertos. Pero, la vida tiene esguinces de supina maldad y así lo tuvo que entender el desdichado matasanos que permanece prisionero en la caja, atado a su propio miedo; casi puedo verlo a través de una rajita de luz, picada por las termitas, y siento un débil espasmo y los dedos leñosos de sus manos presionando la tapa desde dentro. Es todo y nada de lo que queda de él: apenas una percha de huesos descalabrados; los ojos desorbitados, en débil parpadeo, como un último aleteo de pájaro senil.

Falta mucho para la medianoche y esto recién empieza. Hay un silencio expectante en el corazón endurecido de toda esa turba comida por el desvarío y la sinrazón —toda apretujada en el recinto donde habíase improvisado una especie de horno crematorio—. Así pues, se entenderá que no estamos acá para enterrar al muerto, sino para terminar de matarlo. Nunca hubiera imaginado que una atrocidad así se decide en un solo día, tal vez porque no es fácilmente visible o porque se fermenta en el inconsciente de la gente por largos años. Quién sabe.

El horno va aproximándose fatalmente al máximo de sus grados centígrados y afuera la noche va trepando lenta y triste sobre los cerros lampiños de esta pampa olvidada de Dios. Quienes lo conocieron antes podrán decir después que nada subsiste de aquel corpachón joven que un lejano mes de febrero de 2010 empacara una cuarta docena de batas blancas y demás enseres personales para así, de tal suerte y sin pensarlo dos veces, enfilar un viaje largo, cruzando el Ecuador hasta aterrizar en una pequeña isla de las Antillas —Haití acababa de ser víctima de la mayor catástrofe natural en toda su historia: un terremoto de 7,0 grados en la escala de Richter que había dejado a su paso muerte, desolación y filas interminables de heridos y enfermos esperando la ayuda humanitaria (así lo informaba la prensa de todo el mundo)—, ahora como miembro de una brigada médica internacionalista, que previamente se había dado la tarea de convocar por medio de las redes sociales a un centenar de voluntarios de distintos países de la región.

Pero a quién podía importarle que el médico Martín Burgos haya eventualmente torcido sus sueños hacia ese pequeño y apartado infierno tropical con más de cuarenta grados de calor, plagado de mosquitos, con todas esas voces quebradas de gente semienterrada bajo los escombros, con tantos niños brotados sobre la faz de la tierra como salpullidos.

Al igual que todos los demás galenos, distribuidos principalmente entre la capital Puerto Príncipe y la Comuna de Grand Goave, como las dos regiones más afectadas por el fenómeno telúrico, pronto tendría que habituarse a vivir en una de tantas carpas azules, con su respectiva cortina mosquitera. Atendiendo tanto a pacientes con casos de fracturas múltiples, quemaduras de segundo y tercer grado, infecciones diarreicas hasta todo tipo de enfermedades tropicales como la malaria, fiebre tifoidea, dengue y un largo etcétera.

Le habían informado con anticipación que su permanencia en la isla podía durar un año o más; por lo que, en sus ratos libres, era imprescindible recibir clases de creole para una mejor comunicación con la gente.

Así debieron transcurrir una veintena de meses, entre el sol inclemente de los días cansinos y sus noches lóbregas; noches en las que no es raro enterarse de oscuros rituales, propios de la religión afrocaribeña. Particularmente el vudú, ahora como una necesidad envolvente para sobrellevar su desgracia. Hasta que sucedió lo impensable, lo peor, que le daría un giro de 180 grados a su vida: el bicho de la malaria había logrado hincarle el diente. Pronto pasó a ser otro paciente más en la isla. Y pronto también comenzó a acosarle un rosario de fiebres y convulsiones, con espasmos, que sus colegas trataban vanamente de controlar.

Pero estaba claro que el doctor Burgos no se habría de quedar allí por otros dos años más empollando el huevo de su propia muerte. Finalmente, retornó al país a continuar el hilo de su rutina, pero esta vez con un rígido tratamiento de por medio. Tendría que empezar de nuevo; lo primero, encontrar un trabajo estable, y aquí la situación no estaba ni está para nada mejor de lo que era cuando él decidió emprender tan desafortunado viaje.

Pero hubo algo más grave que luego lo confirmaría el neurólogo, una vez practicado todos los estudios preliminares que el caso aconsejaba. Y es que, como consecuencia de la malaria adquirida en Haití, se había activado en él un preocupante grado de epilepsia que antes pudo no haber sido perceptible, tal vez debido a su juventud o, principalmente, por el bajo nivel de estrés en toda esa primera parte de su vida.

Volvió, pero ya no era la misma persona. Aunque su salud parecía mejorar, su estado de ánimo continuaba todavía entre negros nubarrones. Había adelgazado y envejecido un montón; traía en su cuasi amarillenta calavera un par de azuladas ojeras que le amortajaban los ojos. Se dejaba ver muy seguido peregrinando por el Ministerio de Salud para conseguir algún ítem vacante o siquiera un contrato temporal en algún centro médico. Le urgía desarrollar su sapiencia, brindar toda esa experiencia acumulada, principalmente en la atención de víctimas de desastres naturales.

Aquellos días de pereza citadina habrían de terminar cuando, finalmente, logró encontrar trabajo como médico rural en Villa Santa. Le destinaron a esta comunidad, apartada del bullicio capitalino, de paisaje agreste y con el grueso de sus habitantes claramente mustios; gente en extremo supersticiosa y desconfiada hasta de su sombra. Aquí, en doblegada distancia. Aquí se sucede la vida a la muerte simplemente, en medio de una pobreza extrema, quien sabe si igual o peor que en Haití. Es así como se vive, consumiendo el pabilo de la rutina en el sopor de los días cansinos, anclados en la arena del pasado y reviviendo historias tristes de un ancestro venido a menos. Menos mal que yo, como ave de paso que soy, llegué a Villa Santa con un contrato de solo seis meses, para mejorar el sistema de riegos en mi calidad de supervisor técnico.

Muy pronto el doctor Burgos pasó a ser una sombra solitaria acostumbrada a distraer los pasos por las polvorientas calles después de su trabajo. Y como acá no hay mucho con qué entretener la soledad y el insomnio, en más de una ocasión se quedaría por ahí, pastoreando el tiempo hasta tardes horas, con esa su manera de andar como desandando. Fue precisamente esa su actitud la que comenzó a llamar la atención de los comunarios.

En estos lares está todavía vigente la denominada “justicia comunitaria”. Por lo cual en el último año se había suscitado más de un linchamiento de pobres infelices, acusados de robar bagatelas, algún bovino o tres gallinas. Tratando de justificar semejante barbarie, la gente empezó a tejer las más absurdas historias. Volvió luego a la normalidad, pero no por mucho tiempo.

Cierta mañana apareció en una acequia el cuerpo tieso de una joven lugareña, con el cráneo partido en dos, como una tutuma. Pronto la gente llamó a un cabildo abierto para denunciar el caso ante la máxima autoridad, el Alcalde. Por triste coincidencia, dos noches después de aquel hecho, el doctor Burgos había vuelto a sufrir convulsiones, debido seguramente a un severo ataque de epilepsia, acaso porque habría dejado de ingerir sus medicamentos —se sabe que el cotizado fármaco solo se lo puede conseguir en farmacias de la ciudad— o vaya uno a saber por qué. Alguien pasó la voz y nos fuimos hasta un apartado recodo, en donde el desdichado doctor se hallaba aleteando como pichón en desamparo, revolcándose en el suelo, entre gritos ahogados que más parecían rugidos extrahumanos, todavía con hervores de espuma amarillenta en su boca, en sus labios mordidos y en su mordida lengua que habían empezado a sangrar. Entonces, se le volcaron los ojos e intentó ponerse de pie, estirando los brazos y balbuceando no sé qué.

Había en derredor suyo un racimo de curiosos, impávidos algunos, la mayoría aterrados, como si estuvieran frente a un ser endemoniado. Más nadie fue capaz de hacer algo por él —nadie, excepto yo que conozco un pedazo de su vida, desde el primer domingo en que nos sentamos a conversar a la sombra de un viejo sauce—. Esto era demasiado para mí. Me hice un campo, a empellones, brinqué sobre el médico y lo inmovilicé fuertemente con mi cuerpo; luego, con una mano logré abrirle la boca y con la otra le introduje un pañuelo para evitar que siguiera mordiéndose la lengua; hasta que el hombre fue apaciguándose poco a poco. ¿Qué más podía hacer yo? Ni a quién pedir auxilio médico, si el único médico era él. Acaso la enfermera, aunque ella debía estar a esas horas en su hamaca de sueños.

De pronto, explotó una voz de mujer desde el tumulto:

—¡Es él! Ahora que lo veo así, lo reconozco. Es el endemoniado que mató a mi hermana.

—Es cierto, yo mismo vi que se estaba comiendo el cerebro de la pobre Lucía —dijo otra mujer, casi una niña.

—Entonces, todo está aclarado —complementó un anciano, uno tuerto que destilaba por el ojo sano una crueldad viscosa— Debemos hacer justicia ahora mismo.

Intenté vanamente interceder por el doctor, tratando de explicarles que si se había comportado así era porque seguramente le había vuelto su enfermedad, que él era incapaz de matar a nadie y lo que ahora necesitaba con urgencia era ser trasladado hasta la ciudad más próxima, a cualquier hospital de segundo nivel. Finalmente, yo también era un advenedizo, otro extraño más que no estaba inmune de ser señalado con el dedo inquisidor de la poblada; corrí entonces a buscar a la enfermera, a ver si ella podía hacer algo para apaciguarlos.

Estaba claro que ninguna indulgencia le sería posible desde la rigidez monolítica de sus jueces: al regresar lo encontramos acorralado y mal herido, como animal de caza, encerrado entre un muro de adobes. Con todo ese gentío, ahora multiplicado por tres, nos fue difícil romper aquel cerco de piernas como postes, palos y machetes en sus manos y un coro envilecido de voces. En todos ellos se podía percibir sentimientos pacientemente larvados: rencor, muerte y espanto, que se contraponen a otros tales como el perdón y la compasión.

—Pero, ¡¿qué clase de loco nos enviaron aquí?!

—Hace rato parecía como muerto, pero ahora ya no.

—Yo escuché decir que lo vieron merodear de noche por el cementerio.

—Entonces debe ser un condenado. Sí, tiene todavía sangre cuajada y tierra negra en su boca y tal parece que se hubiera escapado de alguna tumba. Mejor lo ahorcamos.

—No. Escúchenme bien, hermanos —retrucó el Alcalde—: todos sabemos que el doctor no es originario de por aquí. Lo que yo pude averiguar es que él estuvo muchos años tan lejos del país como tan cerca del mar, en un lugar donde la tierra se mueve y es conocido como la Isla del Diablo. Allí hay brujos que resucitan a los muertos y estos para reproducirse se alimentan de los vivos. O, peor aún, les infectan hasta con un mordisco. Mejor será mantener cierta distancia.

—¡Dios nos proteja! ¿Qué vamos hacer ahora?

—Tranquilicémonos, hermanos. Lo importante es que nadie todavía ha sido mordido por el engendro. Estos muertos vivientes, tal como se sabe, no razonan; solo atacan por instinto y no se los puede matar fácilmente, ni siquiera cortándoles la cabeza. A mí me contaron que solo hay una forma de acabar con ellos: quemándolos, hasta que solo queden sus cenizas.

—¡Hay que quemarlo! Vamos pues a llevarlo hasta el horno de Juana, la panadera.

—Primero debemos conseguir un cajón de su tamaño para encerrarlo allí, ahora que se lo ve menos inquieto. También un martillo, clavos y una cadena gruesa para que no se escape…

Fin de la historia. Es como si me hubiera librado de una astilla atravesada en la garganta. Al mismo tiempo, siento mucho no haber podido hacer más para salvar al pobre doctor Burgos; y no estaría contando todo esto si acaso alguien se hubiera percatado que, al momento de introducirle el pañuelo a la boca, yo mismo terminé perdiendo un trozo de mi mano derecha por un violento mordisco suyo. Herida que hasta la fecha no ha podido sanarse del todo.

Pero me queda el consuelo de haber podido despedirme de él, aunque haya sido de lejos, cuando lo vi escaparse por el cañón de la chimenea, envuelto en un aura de azul viscoso que pronto se fue elevando hasta convertirse en un solitario penacho de humo.

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