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La amistad verdadera: ‘The Green Book’

Aproximación de Ignacio Vera a la cinta del director Peter Farrelly que ganó tres Oscar, incluyendo el de Mejor Película.

Escena de la película 'The green book: una amistad sin fronteras'.

Escena de la película 'The green book: una amistad sin fronteras'. Foto: image.tmdb.org

La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada - escritor

00:00 / 10 de abril de 2019

Un millonario pianista afroestadounidense y un ítaloamericano pobre viajando por una carretera en un auto verde, comiendo pollo frito y conversando sobre los asuntos más bonitos, intrascendentales y, por lo mismo, más profundos de la vida. Eso es, en líneas generales, la película The green book: una amistad sin fronteras.

Se trata de una obra de arte, no tanto por el trabajo técnico o la producción en sí misma, ni por el hecho de haber sido nominada a los Globos de Oro y cinco premios Oscar —ganó como mejor película, actor de reparto (Mahershala Ali) y guion—, como por el fondo mismo de la obra: la amistad a todo precio, la amistad sin límites, la que lo puede vencer todo, la amistad verdadera. El amor, en otras palabras, entre dos amigos.

Pero el colofón no puede venir sin una historia hermosa por detrás. Es una película dramática, que puede arrancar algunas lágrimas a los cinéfilos sensibles, pero no recurre a lugares comunes. También puede arrancar risas. Mezcla hermosa entre profundidad de melancolía y alborozo.

Es 1962. Estamos en el mundo discriminador y racista de los Estados Unidos. Se vive el apogeo de una exclusión marcada y evidente que instaura una brecha más que palpable entre blancos y negros. Cuando el ítaloamericano Tony Vallelonga (Viggo Mortensen) pierde su empleo en un bar nocturno por haberle propinado un puñetazo a un cliente, se va a su humilde casa a pensar y repensar su vida, a apostar sus únicos 50 dólares que lleva en el bolsillo en un concurso de comilones y a contarle despreocupadamente a su mujer que está perdido económicamente y sin empleo. Ve la vida con optimismo, a pesar de que su vivienda sea estrecha, muy sencilla y sin ningún lujo. Porque tiene amor en el seno de su hogar.

Tony visita al pianista de música clásica afroestadounidense Don Shirley (Mahershala Ali) en una mansión hecha de marfil y oro, donde se respira el olor del dinero pero se siente la ausencia de la compañía y del cariño. La obra muestra la siguiente dicotomía: un hombre económicamente pobre pero con un corazón lleno del amor que le prodiga su familia, por un lado, y por el otro, un rico y virtuoso pianista de música clásica y jazz, ya consagrado en el mundo del arte, pero sumido en la soledad y el aislamiento a causa de su raza o el color de su piel. Al comienzo, Frank queda desencantado por la propuesta laboral que le hace el músico (que sea su chofer y guardaespaldas durante una gira por el sur de Estados Unidos), pero al final tiene que asumir su responsabilidad de cabeza de familia y tomar el empleo. Y aquí otra enseñanza maravillosa: la confrontación del destino, cuando el hombre tiene que ceder ante el imperativo de una necesidad inaplazable. Porque como decía el filósofo alemán Schopenhauer: “el hombre puede hacer lo que quiere, pero no necesitar lo que quiere.”

Así, dos personalidades antagónicas, la una efusiva, agresiva, alegre e irónica como la del ítaloestadounidense Tony, puede ser afín a una personalidad silenciosa, serena, cerebral y melancólica como la del músico Don. Se complementan porque uno aporta al otro lo que no tiene o lo que tiene pero en poca intensidad. El uno le da al otro la alegría que le hace falta para disfrutar las cosas hermosas que también puede ofrecer la vida, y éste otro da al primero la serenidad y la capacidad de reflexión que muchas veces requieren las personas para darse cuenta de los rigores con los que también la vida puede tratar a los seres humanos. Al fin y al cabo, las personas más disímiles se terminan atrayendo de una manera perfecta, y en ellas se constata que, a diferencia de la visión pesimista que tenían Kant y Aristóteles sobre el asunto, sí se puede llegar a consolidar una amistad o un amor, como lo teorizó Montaigne y como la practicaron Goethe y Schiller: una relación de complementos, una unión indisoluble y real. Afinidades electivas que tan bien sabe ejecutar la vida.

Mientras Tony llena la mente y el corazón de Don con historias sencillas, ingenuas y apasionantes, el pianista escribe para Vallelonga cartas de amor para que éste las envíe a su esposa como si fueran suyas, rubricadas con su nombre. Pues el ahora chofer ha decidido, contra viento y marea, sin importar océanos ni desiertos, sin importar la distancia, mantener su relación con su amada, con la perspectiva noble de volver a reunirse algún momento.

Una de las frases más estremecedoras de la película está en los labios de Don Shirley, quien se siente excluido del mundo; la pronuncia cuando ve, en medio del camino, a un grupo de afroamericanos ejecutando faenas de la gleba; Shirley se intenta aproximar a ellos, en cuerpo y alma, pero no puede hacerlo, hay una barrera que los separa; y exclama: “¡No soy lo suficientemente negro como para congeniar con los de mi raza, ni lo suficientemente blanco como para ser aceptado en los círculos de arriba”. Y en esa frase está la soledad del pianista, que encuentra en su amigo un escape de la dura y descarnada realidad. No importan las implicancias de personalidad ni de situaciones económicas, Frank y Don, en un auto celeste que corre a toda velocidad por las carreteras, mientras comen pollo frito, son capaces de escribir la historia de una amistad realmente verdadera.

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