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La aldea maravillosa

Los cuatro jinetes del apocalipsis urbano de La Paz ignoran que la ciudad es una supercultura que no puede ser puesta en entredicho.

La aldea maravillosa. Foto: Alejandra Rocabado

La aldea maravillosa. Foto: Alejandra Rocabado

La Razón (Edición Impresa) / Juan Francisco Bedregal / Arquitecto

00:00 / 09 de julio de 2017

En el mundo contemporáneo las urbes tienen una gravitación que trasciende a los propios países. Por ejemplo, eventos mundiales como Olimpiadas no son confiados a los Estados, sino a las ciudades que, con el encanto propio de su identidad, pueden focalizar y concitar interés universal, encarnar la voluntad del hombre en citas de interés mundial. La concentración demográfica hace que ya el 60 por ciento de la población mundial se congregue en las cites. Por eso, la relación entre ellas es el verdadero mapa del futuro, en tanto que las fronteras nacionales empiezan a hacerse invisibles e innecesarias. Las ciudades son el lugar del triunfo del arte y la cultura.

Los burgos nacieron en el siglo XI y XII con el espíritu de libertad. Eran comunidades de interés a la que los ciudadanos asistían de manera voluntaria porque en ellas ningún siervo de la gleba sería perseguido ni reclamado, pues el Cabildo, que reconocía su libertad, no era una simple amalgama de individuos, sino un individuo colectivo, una personalidad jurídica emergente y solidaria.

Por ser las ciudades absolutamente peculiares, y hasta contrarias a las leyes de la naturaleza, tienen como condición un orden humano y estricto. Su gran densidad puede poner en riesgo a todos sus habitantes: una peste puede producir éxodo o guerra, extremos que solo se pueden controlar con la rigidez de la vida urbana o urbanidad. Así se da un contrato al que todos ajustan sus actividades para ser parte de un todo armonioso que vive en la unidad de su diversidad. Las ciudades nacen, además, con  su autodeterminación y su capacidad de memorizar su pasado a través de la escritura, tanto en Mesopotamia como en Tiahuanaco. De igual manera, todos los actos administrativos de Alonso de Mendoza y del Cabildo fueron registrados en las Actas Capitulares.

Una ciudad no es precisamente un conglomerado amorfo de parcialidades, menos si éstas responden a intereses antagónicos. Puede haber ciudades que no cuenten con algunos elementos propios de la modernidad como edificios, teleféricos, puentes y sistemas de comunicación, servicios, o sofisticados vehículos. Pero sí deben tener un Gobierno que represente el interés colectivo, sin que nadie le imponga condiciones a su acción, para constituirse en ciudades plenas. Hay otros poblados donde existen estas sofisticaciones propias de la modernidad sin ser verdaderamente ciudades. Y La Paz, de un tiempo a esta parte, viene siendo conducida alarmantemente hacia una condición aldeana.

Las ciudades son realidades restrictivas, el bien común se impone sobre el privado o de grupo. En su estructura básica tiene espacios públicos y privados, áreas de residencia y de circulación garantizada, espacios para el trabajo y áreas de recreación, dotación autónoma de servicios, todas legisladas por el gobierno de la ciudad. En la ciudad debe existir un solo sistema de transporte público, administrado y controlado por la autoridad —que es la voluntad del todo— para que sea seguro, puntual, amigable, higiénico y coordinado, con rutas y recorridos completos que garanticen la movilidad del ciudadano y del mercado. Los nuevos barrios deben cumplir con los requisitos de habitabilidad garantizada, sobre tierras cuyo derecho propietario no puede estar en entredicho. Las nuevas construcciones no se ajustan al interés u opinión de sus propietarios, sino a la reglamentación técnica que regula servicios, instalaciones, anchos de vías, capacidad de circulación planes al futuro, o áreas de preservación patrimonial…

La ciudad está abierta a todos, tanto que su ley admite particularidades culturales. Pero la ciudad es una supercultura que no puede ser puesta en entredicho porque es el numen de la civilidad. Los recién llegados deben aprender a vivir en la ciudad y no obligar a los ciudadanos a retornar a la barbarie aldeana. La ciudad es una forma de vida frágil y debe ser velada por un ente que más que político es técnico y de coordinación.

Los cuatro jinetes del apocalipsis urbano en La Paz son el Gobierno central, el transporte informal, los gremialistas y los loteadores. Ya han expresado su intención de imponer la ley de la selva en el corazón de esta ciudad y actúan de manera coordinada y acaudillada por otro gobierno que en esta ciudad solo tienen carácter de inquilino: el Gobierno central. Atentan todos contra las condiciones de urbanidad, se oponen a la urbe, a la que no entienden por ser restrictiva al poder total, y atentan sistemáticamente la condición urbana.

Los hechos son alarmantes. Se resisten al control municipal del transporte público porque no piensan en el bien o interés común, son en realidad un transporte clandestino. Los loteadores ocupan, al igual que el Gobierno central, los parques y áreas verdes, no les interesa el bien común ni el futuro, sino la usura, arrasan con las áreas verdes y atentan contra la memoria social eliminando hitos, plazas y monumentos porque no producen rédito monetario ni político. Los gremialistas se oponen a la tributación a la que están obligados para que la ciudad cuente con recursos para equipamiento vial o de salud. La instalación de estaciones del teleférico en parques se complementa con la demolición de hitos históricos y con la construcción de un palacio de gobierno fuera de las normas de la ciudad, que solo se justifica como la necesidad del Jefe del Estado de prolongar su larga sombra sobre el pasado glorioso de la urbe, cuna de libertad.

Las calles ya no ofrecen seguridad a los ciudadanos, pues deben ser el espacio de trabajo de los miles de migrantes que pretenden derecho propietario sobre las aceras e incluso las calzadas. Este panorama se perfila en que, la ciudad, aunque maravillosa, deja de ser tal maravilla por sus habitantes y porque su paisaje, el Illimani, dejó de ser un Apu sagrado para convertirse en una concesión a las empresas mineras, para que sigan —como antes de Mendoza— produciendo oro para la nueva centralidad imperial: China. Y todo porque el accionar de quienes deberían mejorarla la llevan a su destrucción.

¡¡Cuidado!!

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