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Yoggaton: La sensual rebeldía de Maque Pereyra

La bailarina sucrense, que radica en Alemania, propone una innovadora fusión de yoga y reguetón.

La bailarina y coreógrafa María Eugenia “Maque” Pereyra.

La bailarina y coreógrafa María Eugenia “Maque” Pereyra. Foto: Katherin León

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

15:00 / 04 de diciembre de 2019

El estereotipo de una mujer que disfruta del reguetón la equipara con una puta”, describe la bailarina y coreógrafa María Eugenia “Maque” Pereyra. Sin embargo, ella utilizó su pasión por este género musical para tomar su sensualidad y ejercerla como sujeto — activo y dueño de sí mismo— y romper con la idea de la mujer sexy como mero objeto deseado. Paralelamente, por coincidencia, descubrió que los movimientos de cadera característicos del perreo potenciaban su práctica de yoga. Así creó el yogatton. “Nace del espíritu de la fiesta. Quería estirar una mañana que estaba con ch’aqui, pero aún estaba con el ánimo de la noche anterior, así que comencé a hacer yoga con reguetón. Mientras hacía los asanas descubrí que tenía mucho sentido fusionarlos con el perreo”. 

La creadora chuquisaqueña        — que dio clases el 27 y 29 de noviembre en Magick Café Cultural (Presbítero Medina 2526, Sopocachi) y el 30, en Utópica Cultural (General Lanza 1000, Achumani)— empezó a formarse como bailarina clásica desde sus ocho años. Después, a sus 19,  llegó a La Paz para seguir bailando y estudiar Psicología. Aquí, la danza contemporánea la sedujo, gracias a los temas y lenguajes que utilizaba.

“Rescaté del ballet clásico la rigurosidad del entramiento. Sin embargo lo sentía muy anacrónico, una expresión que repite las mismas tramas a lo largo del tiempo.

En cambio, la danza contemporánea que se estaba haciendo entonces (2008) tenía una temática social intensa que me llamó mucho la atención”. 

La construcción identitaria femenina es uno de los temas transversales de su propuesta desde hace mucho tiempo. El ballet propone un cuerpo femenino asexualdo, que no desea. Donde las niñas y mujeres se mantienen puras, lejanas y etéreas. Pereyra rompió con esa imagen y buscó, desde sus primeros solos, encontrar cómo experimenta la mujer un mundo patriarcal y colonial.

“Uno de mis primeros solos, que se llamó Impacífico (2011), reflexiona sobre la memoria corporal y cómo ésta alberga momentos de victoria, como la clasificación al Mundial de 1994, y derrota, como la Guerra del Chaco. Estos dos momentos clave de nuestra historia son también profundamente masculinos. Allí encontré con más claridad la necesidad de expresión femenina que vive en este mundo masculino”.

El desarrollo de su propuesta artística la condujo a cuestionar conceptos religiosos católicos y, por lo tanto, coloniales de la corporalidad. En ellos el cuerpo es condenado e invisibilizado, ignorando el conocimiento que aporta, así como sus posibles conexiones con lo sagrado.

“Hay en la sociedad una visión colonial y racionalista que relega el deseo y la sabiduría propia del cuerpo, marcándolo como algo que no tiene relación con lo supremo. Y creo que el ballet es funcional a esa visión”.

En 2016 se fue a Berlín a cursar una maestría diseñada para potenciar el proceso artístico individual de coreógrafos y bailarines. A ella llegó con la obra Feminasty, en la que ya planteaba una mirada feminista de la danza, que trabaja con las zapatillas de puntas, en una coreografía al ritmo de la cumbia y el reguetón. 

“‘Tienes una belleza exótica’, eso es lo que la gente suele decirme”. Feminasty es una forma de entender qué significa eso para la sociedad y para ella misma. La reflexión se enriqueció mucho en Alemania, donde se apropió de otra forma de identificación, como “persona de color”. Entonces, se dio cuenta de que el tipo de belleza que no es el convencional siempre debe llevar un “apellido”— que en su caso era “exótica”—,  algo que marque su diferencia con aquella que sí cumple con la norma estética de la cultura occidental.

En medio de este proceso creó el yoggaton. Éste se nutre de diferentes escuelas de yoga y se centra en “despertar” con movimientos de perreo, los centros energéticos o chakras, en la tradición hinduista.

“Con estos movimientos se trabaja toda la zona sacra, que se llama así por lo sagrado, porque alberga aquellos puntos energéticos que te permiten vivir. En los órganos sexuales están el primer y segundo chakra que tienen que ver con el sentido de pertenencia y las raíces, con aquellas conexiones ancestrales hacia la tierra. Y siento que cada vez que perreo se activan, lo que me da fuerza”.

Además de una experiencia divertida, esta práctica es, explica Pereyra, una propuesta de sanación profunda. Si bien al principio la mayor parte de sus alumnos duda de que esta fusión de aparentes opuestos funcione, después siente que la energía de la fiesta y la tierra hace su magia. “Sé que surgen muchos cuestionamientos y parece contradictorio. Pero me lanzo a desmitificar el yoga y a crear un espacio de reflexión, empoderamiento y sanación que utiliza esta música y le da otros sentidos ”.

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