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Toy Story 4

Pixar presenta la cuarta entrega de la saga que se inició con la primera película animada digitalmente.

Escenas del film 'Toy Story 4'

Escenas del film 'Toy Story 4' Foto: www.perroblanco.net

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz - Crítico de cine

00:00 / 10 de julio de 2019

Daría la impresión de haber transcurrido menos tiempo, pero lo cierto es que pasaron casi 25 años desde la irrupción de Pixar Animation Studios en las pantallas agitando el panorama de la animación cinematográfica con Toy Story, la primera película del género hecha enteramente por computadora, dato que a estas alturas habría quedado relegado al campo marginal de la anécdota de no ser porque tal recurso técnico estaba puesto al servicio de una historia que distaba de agotar en la novedad visual sus impulsos innovadores. Rompía con los patrones temáticos y dramáticos estandarizados por Disney, que a la larga terminaría absorbiendo a la productora impulsada por un grupo de talentosos realizadores: John Lasseter, Tim Burton, Henry Selick y el ahora debutante Josh Cooley con una larga trayectoria en el equipo técnico de Pixar, lo cual probablemente permita explicar por qué, a pesar de todo, este cuarto capítulo de la saga, que los productores juran será el último en basarse en éxitos precedentes, exhibe intactos varios de los valores del original y de las dos secuelas anteriores rodadas en 1999 y 2010, pero no deja tampoco de evidenciar ciertos síntomas de agotamiento y reincidencias temáticas que dan cuenta de lo mismo.

A buena distancia del sentimentalismo de manual del tío Walt, si bien no ajena al impulso inicial de la industria de la nostalgia, o a la nostalgia industrializada por las franquicias y la epidemia de los blockbusters modernos si se prefiere, el primer episodio dirigido por Lasseter y guionizado por este último junto a Andrew Stanton, Pete Docter y Joe Ranft —todos ellos neófitos en la materia—, luego de asistir a un curso relámpago de tres días acerca de la Poética de Aristóteles impartido en Los Ángeles por el guionista Robert McKee, sentó las líneas maestras de un enfoque argumental trabajado en torno a la combinación no convencional de aventura y amistad con las incertidumbres propias del paso del tiempo, el pavor al abandono y los sobresaltos en el tránsito desde la infancia hacia el mundo adulto.

Aquellos ingredientes originales, enriquecidos en las sucesivas entregas sin apartarse de la bien dosificada mixtura entre varios hilos dramáticos en condiciones de atraer a espectadores de todas las edades, pulsando las cuerdas emotivas propias de cada una de ellas sin apelar a los efectismos baratos y evitando jugar a la mera identificación con giros ya utilizados, previsibles por ende, en el desarrollo de la historia, permitieron que el siguiente episodio fuese uno de los pocos desmentidos a la, por lo general, implacable sentencia acerca de la inutilidad de las segundas partes. Y que el tercero hubiese sido considerado por buena parte de la crítica como el mejor de todos.

Cada una de las rehechuras de la historia de Woody, Buzz Lightyear y el resto de compinches estuvo por lo demás aparejada a un avance técnico en la animación computarizada decididamente lanzada en procura de un hiperrealismo en principio chocante con el propio género, según permiten constatar infinidad de ejemplos recientes que hacen de los efectos su razón casi única de ser, pero que en el caso Toy Story ha sabido asimismo encontrar un punto de balance, impidiendo que la exuberancia visual machaque la consistencia dramática y narrativa. El mejor ejemplo es justo el del personaje de Woody, inspirado en el imaginario mítico norteamericano del cowboy pero sin dejar de ser un muñeco dolido, al igual que sus pares, por el eventual anacronismo de ese tipo de juguetes asediados por los nuevos pasatiempos digitales y por el desinterés de Andy, su propietario original, en el tercer episodio ya adulto en ciernes. No faltaron lagrimones en la platea conmovida por una constatación a la cual resulta difícil quedar indiferente: fatalmente crecemos y en el proceso todo cuanto semejaba ser la vida misma queda atrás, mutado en un recuerdo más o menos grato, más o menos nítido.

Por lo demás, con saludable prudencia Pixar aguardó casi una década antes de aventurarse a un nuevo giro de tuerca, lapso temporal sujeto, empero, asimismo a una doble lectura: o las otras producciones ensayadas por la marca de la lámpara de escritorio más connotada de la historia no alcanzaron las cifras de taquilla ingresadas por los sucesivos momentos de la diana y la empresa consideró que ya era momento para resarcirse; o el paréntesis respondió a la búsqueda cuidadosa de nuevos ingredientes para enriquecer el relato después de la partida de Andy a la universidad que dejó a los millones de fans con un nudo en la garganta. Si la primera de las nombradas fue la motivación motora, los datos de recaudación siete días después del estreno testifican que la nostalgia de quiénes acompañaron aquellos episodios mantenía abierto el apetito en quiénes entretanto siguieron el camino de Andy. Pero la apreciación del resultado del cuarto intento habilita asimismo la segunda de las presunciones.

Con Bonnie en condición de heredera del legado de su hermano y con una galería de personajes que se suman a Woody, a Buzz, al Señor Cara de Papa, a la vaquera Jessie, al dino Rex y al perro Slinky, Toy Story 4 mantiene a salvo la frescura de sus antecesoras.

Cuando Bonnie asume, con todos los miedos propios de su edad a cuestas, el reto del jardín de infantes, por supuesto lleva en la mochila a Woody, el único en el cual de momento confía, aunque tampoco deja de sentirse tentada de entrarle a su propia creación. Es Forky un tenedor de plástico con miembros superiores e inferiores agregados, lo mismo que con un rostro pintado. Claro que el invento de Bonnie siente que su lugar no se encuentra entre los juguetes sino en el tacho de la basura, marcando uno de los hilos dramáticos de la trama. Esta va sumando otros, sin subrayados innecesarios y sin incurrir tampoco en las groseros calcos antropomorfos típicos del universo Disney.

De estas se salvan asimismo otros muñecos que tampoco responden a los patrones de “belleza” clásicos del cine “para niños(as)”. Es el caso de la muñeca Gabby Gabby y varios ejemplares parecidos, de los cuales el relato se vale para ir referenciando a través de citas apuntadas a los cinéfilos crecidos a la par que los humanos de la saga —sin interferir, eso sí, forzadamente en el desarrollo narrativo—, algunos clásicos como El resplandor de Stanley Kubrick.

El nudo dramático medular de esta entrega, decíamos, pendula en torno a los esfuerzos para persuadir a Forky de que su destino no se encuentra en el cubo de deshechos sino en sumarse a la legión de juguetes que alimentan la infancia, sabiendo que los humanos crecen y los juguetes no, lo cual anticipa la inevitable separación en algún momento futuro. El abandono, su inevitabilidad, siguen siendo entonces el percutor emotivo básico de este nuevo episodio, tal cual ocurría con los anteriores.

Traigo a colación el dato puesto que en la saga abundan tales apuntes existenciales, casi filosóficos, aun cuando están allí sin pretensiones altisonantes, convenientemente mimetizados entre otras connotaciones más accesibles, si se quiere, para un público que busca solo entretenimiento y lo recibe en buena dosis con recursos limpios, con un argumento trabajado de manera minuciosa y con un cuidado formal igualmente distintivo de tantas secuelas paridas respondiendo a los puros cálculos de los departamentos de merchandising.

Con todo y su atinada dosificación de humor, aventura, emociones y todos los otros aderezos ya mencionados sobrevuela el emprendimiento de Cooley la sensación de un inminente agotamiento de ideas. Al final de cuentas, ya se sabe que siempre habrá un juguete, nuevo o conocido da lo mismo, al cual rescatar o salvar. Por eso a momentos da la impresión que ahora el crescendo dramático no atiende tanto a sus propias articulaciones sino a una acumulación de incidentes. Y tampoco deja de aflorar de rato en rato algún indicio acerca de las dudas del realizador sobre la propia vigencia de la saga, a las cuales atienden seguramente asimismo las reiterativas declaraciones respecto a que hasta aquí llegó el asunto. Ojalá en este caso no sean los meros amagos, enseguida desdichos, globos de ensayo de otros de los tantos productos seriados en boga.

Ficha técnica

Título original: ‘Toy Story 4’ 

- Dirección: Josh Cooley

– Guion: Andrew Stanton, Josh Cooley, Stephany Folsom

– Historia Original: John Lasseter, Andrew Stanton, Valerie LaPointe,

Rashida Jones, Will McCormack, Martin Hynes, Stephany Folsom

- Montaje:  Axel Geddes

- Diseño:  Bob Pauley

– Arte: Laura Phillips

- Efectos: Adrian Bell, Tracy Lee Church, Jared Counts,

Jason Davies, Jessica Psy DeLacy, Mariana Galindo

- Música: Randy Newman

-  Producción: Pete Docter, Mark Nielsen, 

Jonas Rivera, Andrew Stanton,  Lee Unkrich

-  Voces (en la versión no doblada): Tom Hanks,

Tim Allen, Annie Potts, Tony Hale, Keegan-Michael Key,

Madeleine McGraw, Christina Hendricks– EEUU/2019

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