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Teresa Gisbert, la maestra de la vida

Cuatro miradas sobre la vida y obra de la mujer que fue uno de los pilares intelectuales del país.

La historiadora Teresa Gisbert.

La historiadora Teresa Gisbert.

La Razón (Edición Impresa) / Laura Escobari de Querejazu / Historiadora

00:00 / 28 de febrero de 2018

Teresa era la catedrática que se subía al podio de las aulas de la Facultad de Humanidades para dar clases de Historia del Arte, pero no solo daba clases de su materia, daba clases de pasión y alegría frente a lo que explicaba y mostraba en diapositivas. Subía y bajaba del podio, se acercaba a la proyectora, enfocaba bien, regresaba a la proyección para mostrar con sus manos el lugar donde se encontraba tal o cual firma. Descubría símbolos en pintura colonial, en maestros pintores, canteros… también en los descubrimientos arqueológicos de Tiwanaku, Wankarani, Chiripa. Todo era curioso, todo digno de deslumbramiento y de urgencia por transmitir su regocijo. Así la conocí, con gran admiración, pero con la distancia del respeto que generan los grandes maestros. Quién hubiera pensado que después sería una amiga tan cercana.

Pedro (Querejazu) había conocido a los Mesa en Madrid, cuando apenas tenía 18 años. Ahí fue que lo comprometieron a venir a Bolivia a restaurar cuadros coloniales y así lo hizo. A poco de llegar nos conocimos y nos casamos. José de Mesa y Teresa Gisbert fueron testigos de nuestro matrimonio. Un año después José fue nombrado Director de un Proyecto de Restauración de Arquitectura y Escultura en el Cuzco, como funcionario de Unesco. Consideraba que Pedro era el mejor restaurador del ámbito andino, por lo que recomendó su contratación. Vivimos en Cuzco cinco años. Los primeros meses José y Teresa nos alojaron en su departamento. Cinco años que parecen pocos y muchos. Pocos porque quedó mucha nostalgia por el ambiente que conocimos, la gente cuzqueña, aquella interesada por el arte, por la cultura, amigos que uno cree que va a encontrar a cada paso y no es así, fueron ellos, en ese preciso momento en ese proyecto, que tenía un principio y un fin. Esa gente, con José y Teresa en la vanguardia, constituyen hoy parte de un recuerdo muy hermoso. Y parece que pasaron muchos años de nuestra vida en Cuzco, por la experiencia acumulada de conocer a tantas valiosas personas a una edad en la que uno cree que el mundo se detiene para verte pasar. El proyecto contó con restauradores, historiadores del arte, gestores culturales, croatas, españoles, holandeses, franceses, belgas, mexicanos. Los alumnos de los cursos, bolivianos, chilenos, ecuatorianos, venezolanos, brasileños; en fin, el meollo intercultural occidental pasaba por el proyecto. José dirigía el proyecto, pero Teresa dirigía los cursos semestrales. Ellos contrataban a los expertos y tal era la atracción y pasión que imponían ambos, que fui atrapada también en los cursos. Las clases eran a la altura de Héctor Schenone, Georges Messens, Georgio Torraca. Teresa organizaba las materias, las pasantías, las prácticas. Recibía y presentaba a uno y otro maestro de arte, pero ella era quien deslumbraba con sus clases.

Entre tanta algarabía social nos reuníamos los cuatro, con los mejores amigos cuzqueños, estableciendo un círculo muy interesante de amigos donde Teresa y José se explayaban en explicar el origen, características de los cuadros y obras de arte que había en las propias casas y haciendas de los amigos cuzqueños que nos acogían. Con 23 años y muda de tanto conocimiento y cultura, pasaron los cinco años en los que Teresa se daba tiempo para almorzar o tomar chocolate con nosotros. Me sentía intimidada cuando me preguntaba por mis inquietudes de investigación, porque José ya me había introducido en los archivos de conventos de clausura y archivos de la ciudad, buscando documentos del siglo XVII y XVIII, donde hubiera rastros de maestros del arte colonial. Poco a poco, según ella iba y venía de La Paz —donde atendía temas de patrimonio boliviano— fui perfilando mi investigación y se convirtió en mi guía, motivadora, inquisidora, perseguidora de mis trabajos. Por supuesto que quien más le atraía era Pedro que, con su parquedad, soltaba de tanto en tanto, percepciones y atribuciones nuevas que eran tratadas con Teresa. Ella, tan perspicaz, consciente de que me intimidaba, distendía el momento con interés por mis pequeñas hijas, que crecieron en la certeza de que José y Teresa eran parte de la familia. Y así fue.

La partida de Teresa ha traído a mi memoria esos primeros años de mi vocación de historiadora. Su ejemplo, su tesón, amparo, no nos abandonaron. Ella dirigió todos mis trabajos, les dio luz, me apoyó en todo, me convenció para asumir la presidencia de la Academia de Historia, aceptando ir como vicepresidenta. Qué osadía la mía. Ella estaba para todo. En La Paz nos introdujo a Pedro y a mí en un grupo de gente de su generación, que se llamó El Chocolate de Abela, fundado por Cecilio Abela y Angelita, Paco Urioste y Gladys y entre quienes estaban Jorge y María Eugenia Siles, Aberto Crespo y Alicia, Luis Felipe Hartmann y Betty, Marta Urioste, Ramón Schulzewski. Otra vez quedé intimidada por tantos maestros, enmudecida por las charlas y conferencias que daban semanalmente con todos los adelantos de la ciencia, la música, la historia.

Todos esos recuerdos y otros muchos se van con la partida de Teresa. Maestra, amiga, propiciadora de eventos, presentaciones y prólogos de mis libros. ¿Cuánto les debo a los Mesa? ¿Cuántos habemos como discípulos suyos?  Muchos y pocos, cada cual tiene una historia con Teresa. Ella ha sido parte de nuestra vida, es parte de nuestra vida, esperamos encontrarnos no más tarde que pronto, tal vez en un Chocolate celestial, con Vivaldi o Mozart de música de fondo, con una explicación práctica de los pájaros parlantes en su paraíso.

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