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Spiderman de regreso a casa

Un compuesto de partes sueltas que no encajan y que atosiga al espectador con un exceso de acción sin  ningún respiro y sin criterio.

Spiderman de regreso a casa. Foto: ResetMX

Spiderman de regreso a casa. Foto: ResetMX

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. / Crítico de cine / La Paz

00:00 / 30 de julio de 2017

No se sabe muy bien para dónde agarrar ante la frenética producción reciente en escaramuzas de las franquicias sobre los superhéroes de Marvel, Disney, Pixar, Fox, Sony, DC Comics y otros. Si pasarlas por alto para no entrar en el juego perverso de esta contienda por el mercado o abordarlas en plan de picadillo, incurriendo en reiteraciones que pueden hastiar a los lectores de estas recensiones, siendo por lo demás dudoso que tales varapalos tengan una mínima incidencia sobre las legiones de adictos a la moda, inmunizados por la propaganda contra cualquier campaña preventiva y determinados a depositar disciplinadamente su óbolo para engorde de las cifras de recaudación, el acicate esencial para la repetición interminable del ya empalagoso show de los efectos digitalizados.

El periplo cinematográfico del hombre araña compendia los embrollos comerciales de la industria, pretendiendo hacerlo asimismo con los espectadores, aun cuando el resultado sea cada vez más dudosamente ameno —lo menos que se le puede pedir a una película— para no hablar de otros alcances puestos en proceso de criogenización.

Entre 2000 y 2007 a Sam Raimi se le encomendó la trilogía fundacional de la mentada riña por las franquicias de superhéroes, uno de los business más redituables del siglo en curso. Entonces no se sabía, claro, que a eso apuntaban las tres aventuras cinematográficas iniciales del muchacho que personificó Tobey McGuire, picado por una araña radiactiva y que así adquiere la facultad de “aracnizarse” cuando la justicia y el orden lo convocan en su ayuda.Poco después entraron en liza Iron Man, Thor y Capitán América. El pobre Peter Parker quedó enredado en la telaraña de los derechos en disputa por las corporaciones. Volvió en 2012, a cargo de Andrew Garfield, en la segunda saga de dos episodios, pasando de nuevo a la sombra en 2014, hasta que finalmente en 2016 en Capitan America: Civil War una jugosa transacción empresarial permitió que aterrizase triunfalmente en el retablo Marvel de los vengadores.

Para plácemes de los fans se anunció que le tocaría en suerte otra trilogía unipersonal, aderezada con fugaces apariciones de sus colegas de faena, amén de dos coparticipaciones junto a la comparsa entera. Hay Parker para rato, no obstante las enormes grietas evidenciables en este regreso, ahora bajo responsabilidad del actor británico Tom Holland, el más aniñado de los tres intérpretes que le prestaron la cara, aunque eso tampoco pareciera responder a ninguna premeditación dramática. Ni tampoco la vuelta al idéntico punto de partida de cada capítulo: nerd púber y huérfano con disgustos de bullying en la escuela, que está al cuidado de una pariente que no comprende un pepino de cuanto acontece a su alrededor salvo los tropiezos de su entenado para caerle a la guapa compañera de colegio de la que está camote hasta las patas.

Alternando con sus cuitas del corazón, el buen muchacho travestido en arácnido dedica parte de su tiempo a poner en vereda algunos perversos de maqueta. Se trata de Adrian Toomes/Vulture, antes empleado por el gobierno en el reciclaje de residuos sólidos de procedencia alienígena y que ahora, mostrando ejemplar espíritu emprendedor, regenta su propia pyme dedicada al hurto de esa misma basura. Junto a su desalmado equipo de científicos y artesanos la usa en el tuneo de armas para revenderlas al mejor postor, un negocio que no considera incompatible con su paralelo papel de solícito papá. Tal vez un inadvertido guiño de picardía encajado de contrabando.

Cabe una sospecha: este relanzamiento semeja un operativo de respiración boca a boca cuando todo el circo de los cómics reciclados en películas se encuentra en estado terminal, lo cual no significa encontrarnos ante su inminente óbito. No mientras la indigencia creativa esté lejos de menguar los aún robustos resultados de taquilla.

Un director casi bisoño, de rol indescifrable en el asunto, media docena de guionistas y dos centenares de peritos en efectos especiales procuran, sin éxito, conjugar sus aportes en un compuesto de partes sueltas que no encajan. El guion en particular deja la sensación de pulseta entre sus seis autores, cada uno de los cuales tira para su lado. El efecto de semejante jaloneo es que la trama consiste más bien en un agregado de jirones indigna de tal nombre.

Como era lógico en una realización cuyo director huye como de la peste de cualquier atisbo de personalización, a puro oficio la vieja guardia —Michal Keaton, Robert Dawney Jr. y Marisa Tomei— se impone por varios cuerpos a sus contrapartes juveniles, más adecuadas para alguna de esas tontas comedias sobre los primeros escarceos sexuales adolescente en la secundaria. Los fugaces intentos de humanizar al personaje principal develando su ansiedad, sus dubitaciones ante la responsabilidad que lo desborda y el pánico experimentado al saberse en posesión de poderes inmanejables quedan en chispazos.

Igual de cómoda que la de Watts es la fórmula transitada por los encargados de los efectos. Estilo catarata podríamos nombrarlo, si de estilo se puede hablar en una puesta calculada para atosigar al espectador hasta sofocarlo con semejante exceso de acción sin respiro y sin ton ni son.

El principal motivo de algarabía a lo largo de los interminables 133 minutos del metraje es el lenguaje soez, plagado de “malas palabras”, espetadas por los personajes en un gesto de inocua incorrección, inconducta, política, al contravenir la regla no escrita que vedaba semejantes cosas, sobre todo en películas “para niños”. Claro que esta, al igual que sus pares, lo es a medias puesto que dispara con perdigones para alcanzar a espectadores de toda edad de acuerdo a las técnicas de targeting al uso.

Se viene ya nomás el regreso bis, lo cual es una incoherencia lógica que será salvada cambiando el título. Lo difícil de imaginar es cómo demonios se encarará el problema de fondo: una saga exhausta de un género languideciente. A menos que para la nueva producción a punto de arrancar alguien tenga la genial idea de doblar el número de guionistas, con lo cual tendremos una secuela aún más despatarrada. Pero mientras las sumas y restas y las multiplicaciones sobre todo den plata…

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