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Soñando dinámicas de poder

Freddy Chipana puso texto y piel en ‘Ratas: historias de alcantarillas’ en el Teatro Nuna.

Teatrista. Freddy Chipana, en una de las escenas de la obra presentada por Altoteatro en Teatro Nuna.

Teatrista. Freddy Chipana, en una de las escenas de la obra presentada por Altoteatro en Teatro Nuna. Foto: Luis Gandarillas

La Razón (Edición Impresa) / Camilo Gil Ostria - crítico

00:00 / 05 de junio de 2019

Una rata, prisionero de un Dios-gato (metáfora al menos inicialmente de un prisionero en época de dictadura militar) que vemos sufrir en su celda, revelándonos y (re)viviendo una relación con la muerte. Esa es la historia de Ratas: historias de alcantarilla, escrita, dirigida y actuada por el gran Freddy Chipana, quien cumple excelentemente tres roles que a veces ni tres personas pueden sostener (aunque no se puede decir que trabajó solo: el Altoteatro demuestra siempre su trabajo en equipo). Este dramaturgo de amplia trayectoria es consciente de basar sus obras en lugares comunes (bien lo muestran sus referencias a Mickey Mouse, Tom y Jerry, y el uso de la misma metáfora ya usada en Maus, de Art Spiegelman), pero sabiendo a su vez profundizar el tema elegido al nacionalizarlo y, al nacionalizarlo, termina de universalizarlo (movimiento paradójico señalado por Jorge Dubatti sobre el teatro boliviano, llamado por él de “relocalización”). Esto lo logra a partir de tres conceptos (separados en esta reseña por motivos didácticos, pero sobrepuestos y constantes durante toda la obra): el poder, la risa y el goce.

Fácil sería pensar que en el poder como una división dicotómica con los clásicos factores amo/esclavo, dominado/dominante, o (en la teoría de género) hombre/mujer. División que la historia nos ha hecho creer natural e, incluso, necesaria. Sin embargo, Chipana bien sospecha de toda lógica bivalente: muestra que el dominado como el dominante tienen responsabilidad sobre esas posiciones en las que los ha colocado el sistema, pero que son constantemente cambiantes, reproducibles, complejas. En distintos videos, mientras baila y ríe, muestra gatos atacados por ratas, poder del subalterno que perturba los roles establecidos. Este ir y venir, bajo una misma lógica, tiene un toque pesimista (común en esta obra y en todo el trabajo de este gran teatrero): se sabe que si las ratas llegaran al poder, los roles seguirían igual, crecer dentro de esta “rueda” te hace casi imposible pensar fuera de ella. Los otros dos aspectos inevitablemente se relacionan con el poder.

Este molestar al dominante también se logra mediante la risa, carnavalesca y universal como señalaría Bajtín. Después de que un gato mata a la madre y a la hermana de la rata, éste responde al interrogatorio con gestos infantiles: sacando la lengua, haciendo sonidos de pedos, burlándose de toda manera imaginable a lo que el gato no sabe cómo responder; ante la risa no hay hegemonía que se sostenga. La risa es también para el público una forma de no sufrir tanto ante el sistema político que el teatro siempre pone en escena, como bien señala Alain Badiou, y que Chipana explicita en esta obra con gran maestría. Es una risa que se aleja de la solemnidad conservadora que a veces se apodera de nuestro teatro, como señaló alguna vez Ricardo Bajo.

Ante la muerte que uno pensaría usualmente terrible (sino véase Tanatologías), Chipana saca a flote el goce, afirmándola como un privilegio para las ratas. Cuando uno de los gatos le dice que se lo comerá y que no se preocupe, porque será rápido; la rata se niega y reclama que no quiere morir rápido, que sea lento, disfrutable, porque será su primera y su última vez, que merece su tiempo para poder ser especial. El texto que de forma inteligente marca un paralelismo relación sexual/muerte, pone en escena lo que Nietzsche llama sentimiento trágico: mirar la vida de frente, aunque el sol queme tus ojos; hallar placer en la adversidad, porque (como diría Lezama Lima) solo lo difícil es estimulante (placentero, gozoso, aumenta Chipana).

El final parecería pesimista, la rata muere en una trampa. Nótese que no a manos de un gato, quizá hoy los totalitarismos acríticos, parece decir la obra, han cambiado, ya no son el dictador, sino un tentador queso, un sistema capitalista que te atrae dentro de él y que capta el deseo, exigiéndote ser productor, la metáfora inicial se complejiza. Muere al igual que la otra rata que aparece en la obra: Boby, quien salía incluso de los intestinos de cualquier gato. Sin embargo, como él mismo señala, toda la villa está llena de ratas: personas dispuestas a seguir moviéndose, gritando, llorando, deseando. Escapando así del sistema, sin tenerle miedo a la muerte (Bachelard diría poetas, Chipana, en Peligro, ampliaría a artistas), incluso si la pelea se sabe perdida hay que seguir peleando y, como con acierto dice el propio director después de la obra, soñando.

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