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Samka: un delirio visual

Andoro cantó y se presentó junto a artistas aliados en un concierto en el Teatro Municipal.

La Razón (Edición Impresa) / Camilo Gil Ostria - crítico

00:00 / 06 de febrero de 2019

De música no sé nada. Aclaración necesaria cuando uno se mete a escribir sobre un concierto, pues imagino que el atento lector estará esperando que se hable, en una reseña sobre tal acontecimiento, sobre el manejo que el artista tuvo de sus cuerdas vocales, sobre la importancia de las corrientes musicales que haya podido (o no) mezclar, sobre cada nota en la que hubiese podido desafinar, sobre los instrumentos que pudiese haber tocado con mucha (o poca) maestría. Sin embargo, un concierto no es solo eso. De hecho, en nuestra época posmoderna, llena de “trampas” (así, entre comillas, porque para mí en el arte es imposible hacer trampa: solo es posible hacer lo que uno sabe hacer y perfeccionarlo hasta el cansancio) musicales como el playback o el auto-tune, se podría decir (contra todo purismo) que lo más importante en un concierto podría no ser la música. No digo que esto se aplique para todos los eventos de este tipo, pero justifica mi acercamiento a Samka, el más reciente concierto propuesto por Andoro.

Seguramente el lector, confundido, podría preguntarse, “¿entonces para qué vas a un concierto si no es para escuchar música?, ¿qué otra cosa puede haber?”. La respuesta es teatral (lo que explica dos cosas: la intervención de las Kory Warmis en el concierto y, en segundo lugar, mi propia intervención como espectador activo escribiendo estas líneas): manejo escénico. Andoro no vende (al menos no solamente) su música o su baile, vende un espectáculo. No lo  digo (solamente) en el sentido negativo en el que uno podría imaginarse esta afirmación, sino lo contrario: vende energía escénica, vende un ritual, vende la ancestral lucha entre la serpiente y el cóndor, entre el cielo y la tierra, vende un beso, un rayo que fusionan a ambos en un baile infinito. Y es de esto de lo que quiero hablar: no de cómo mezcla instrumentos andinos con música electro-pop. Sino de cómo mezcla ritual andino con tecnología para producir un resultado estético.

Revisemos el final y el inicio del concierto. El primero, aunque cliché, nos mostrará el mecanismo que ha sido usado con mucho ingenio durante todo el evento (y de maneras más inteligentes). El segundo marcará la línea de lectura que ya se esboza en mi párrafo anterior. Para su última canción, mientras Andoro canta, los telones se van cerrando: llegan a un punto en el que ya solo dejan que veamos su figura, yendo y viniendo en línea recta, asegurándose de que no podamos dejar de verlo. Al fondo, un potente reflector genera una luz que sale por entre la abertura del telón hasta el techo del teatro. Vemos la luz entre la oscuridad, vemos algo que está a punto de suceder, pero nunca llega a hacerlo. Tensión. No hay otra palabra. Querer que algo suceda, pero que no lo haga (aunque este afortunado “no pasar” no fue utilizado al máximo). Antes de entrar a las butacas, a las que te hacen pasar de treinta en treinta personas, para iniciar la experiencia, te muestran un video. La relación que tenemos con la tierra, con la muerte, toman la pantalla: ojo, los sucesos carecen de sonido, el sonido no es lo importante. La Pachamama toma un rol principal. Pero fíjese que es un video, no una persona, son subtítulos, no voces, lo que vemos. Es la tecnología el medio permanente que el artista decide usar: su forma modela su contenido, la posmodernidad se adueña de la tradición y la transforma. La pregunta que dejo al aire es: ¿en este caso, esta transformación enriquece o empobrece?

El concepto, el delirio, así se desarrolla: las Kory Warmis girando, con sus hermosas polleras blancas, al centro de la platea del teatro, al ritmo de una rueca de hilado andino que una de ellas maneja con destreza, mientras un bailarín de break dance hace lo propio en escenario; telas enormes que permiten que se proyecte el rostro del cantante y la misma proyección en el techo del teatro, mezclándose con sus texturas, con sus colores, con sus motivos; una cholita de pollera verde con trenzas infinitas que es serpiente, que es río y que se echa en el centro del escenario; los rayos que rodean a Andoro, que es a su vez rayo, pues su canto (nos) une al cielo y a la tierra en un acto final en el que nos pide que bajemos a la platea con él. El ritual se consuma: abajo somos uno, cantamos juntos (bueno, eso busca el artista, sin mucho éxito: la mayoría no sabe la canción), sentimos juntos. Pero no se pierde una cierta tensión, un posarse al lado del abismo que queda claro en el momento en el que canta Samka, palabra que significa delirio: este delirio es fundamentalmente visual, el logro de Andoro está ahí y desde ahí nos demuestra que un concierto puede ser mucho más que música.

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