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SILENCIO

Un relato sosegado, a ratos de pura contemplación, que por sus titubeos formales no interesará demasiado a los admiradores de Scorsese.

Imagen del film SILENCIO

Imagen del film SILENCIO Foto: Alejandra Rocabado

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - Crítico de cine

00:00 / 09 de abril de 2017

Con 74 años y 24 largometrajes en una obra no exenta de dianas —las más— y de actos fallidos —los menos—, Martin Scorsese reemprende uno de los cuatro caminos por los que claramente transita su filmografía, inscrita por mérito y sin discusión en las destinadas a perdurar por su solidez. Ratifica su riqueza la divergencia de opiniones acerca de cuáles son los hitos que le franquean el acceso a tal perdurabilidad.

La elección optará entre sus acercamientos a la trastienda de aquella Italoamérica de la cual proviene —Calles peligrosas (1973); Toro Salvaje (1980); Buenos muchachos (1990); Casino (1995) y varias más, entre las que no cuento Taxi Driver (1976), con la que no pude entenderme nunca— eventualmente engrosada por alguno de sus emprendimientos, tal vez más ligeros, como New York, New York (1977) y Después de hora (1985).

Es en cambio poco probable ver nombradas variaciones sobre los mismos tópicos: El color del dinero (1986) y El lobo de Wall Street (2013). Y definitivamente serán pocos los que traigan a colación alguno de los títulos abocados a los asuntos de la fe: La última tentación de Cristo (1988) y Kundun (1997).

Curiosamente pareciera esta última veta ser la más cara a Scorsese, monaguillo y seminarista en su infancia y juventud, católico practicante de adulto, sin que tal adhesión implique una exégesis dogmática. Más bien es en ese terreno donde las dudas e interrogaciones acerca de lo humano, de los borrosos límites entre el mal y el bien —detectables en el conjunto de su obra— cobran mayor intensidad. Extremada en Silencio.

Con base en la novela homónima de Shûsaku Endô (1966) y volcada por primera vez a la pantalla en 1971 por Masahiro Shinoda, la historia se remonta al Japón feudal del siglo XVII, cuando luego de un breve interregno abierto al diálogo entre el catolicismo y el budismo un golpe de timón en las altas esferas militares optó por el encerramiento a cal y canto dentro de sus fronteras, obturando cualquier contacto con Occidente. El catolicismo fue declarado ilegal y sus practicantes, candidatos a las peores sevicias o directamente a la pena de muerte. Y quedaron bloqueadas las misiones evangelizadoras.

Es en ese momento, en 1639, cuando Rodríguez y Garupe, dos jesuitas portugueses, emprenden la búsqueda clandestina del padre Ferreira, un misionero acerca del cual trascienden rumores de apostasía, y de paso continuar con la diseminación del catolicismo. Desembarcados en Nagasaki encuentran cobijo entre los fieles de un cercano pueblo de pescadores resueltos al sacrificio. Ferreira protagoniza el prólogo para desaparecer luego hasta casi el final.

Entremedio —el relato dividido en dos partes por la brutal ejecución de tres campesinos ordenada por Inoue, el implacable Samurai encargado de mantener el orden en la región— pone morosamente en imagen las durísimas pruebas a que se ve sometida la convicción de los sacerdotes. Sobre todo cuando el empecinamiento, cercano a la arrogancia, en mantener sus propósitos arriesga la integridad de sus protectores, varios de ellos hervidos, asfixiados, amarrados a piedras hasta morir congelados luego de una inacabable agonía. En ese punto Scorsese pareciera dirigir su atención interrogante hacia el real sentido del sacrificio como prueba máxima de fidelidad al credo.

Las discusiones entre Rodrigues y Kichijiro —clarísima alegoría de Judas— y sus ásperos diálogos con Inoue filtran preguntas acerca del choque de culturas y el valor de la entrega a una causa condenada de antemano. Todo ello agrieta las certidumbres de los jesuitas, abriéndolos a comprender por qué Ferreira renunció al dogma. Scorsese no da respuestas, deja abiertas las vacilaciones encarnadas en los personajes y sus avatares.

Endô publicó su novela tras estudiar en Europa, donde se hallaba en boga el existencialismo, cuya constatación acerca del “silencio de Dios” ante las angustiadas preguntas del ser humano, dejó huellas en el escrito. En la película también. Tal es en efecto uno de los alcances del polisémico título. También connota el impenetrable silencio de la soledad. Y el de la incertidumbre.

Dos décadas y media demoró Scorsese en rendirse a la tentación de afrontar esta historia, que tuvo por su gran asignatura pendiente. Demasiado tiempo de gestación tal vez para una criatura de apariencia impecable pero insolvente para conectar emocionalmente con el espectador, salvo con los interesados en las disquisiciones teologales sobre una fe que se adhiere a la letra muerta del Evangelio.

El tratamiento narrativo muestra varias similitudes con el del maestro danés Carl Theodor Dreyer, abocado más de medio siglo atrás a una exploración temática cercanamente emparentada con la de Silencio, sobre todo en La pasión de Juana de Arco (1928), Dies Irae (1944) y Ordet (1955). Con un impecable registro visual de Rodrigo Prieto, que aporta esencialmente a la construcción del penumbroso clima consiguiendo el equivalente figurativo exacto para la oscuridad existencial de los protagonistas; con una cámara que recorre sigilosamente los escenarios, los rostros, los gestos desesperanzados y con el montaje siempre preciso de su fiel colaboradora Thelma Schoonmaker, el director arma un relato sosegado, a ratos inmovilizado en la pura contemplación.

Pese a tales valores formales, no es un trabajo inopinable. En varias instancias Scorsese pareciera extraviarse en la irresolución. Prueba de ello es también el metraje —sobran al menos 40 de sus 166 minutos— de una película que da vueltas innecesarias, redundando en apuntes superfluos, como si el dilema moral de los personajes hubiese paralogizado el empuje expresivo de un realizador por lo general atinado en el manejo de los tiempos y la dosificación de las acciones.

Podrá valorarse el atrevimiento de emprender una indagación como la de Silencio, a contramano de las preocupaciones de un tiempo marcado por el descreimiento, pero dudo mucho que —debido a los titubeos formales— la película despierte alguna inquietud en quien no se halla previamente convencido, así como sospecho que tampoco interesará demasiado a los numerosos admiradores de Scorsese, abriendo incluso un serio cuestionamiento a propósito de la vigencia de sus facultades creativas.

Ficha técnica

Título original:  Silence

Dirección: Martin Scorsese.

Guion: Jay Cocks, Martin Scorsese.

Novela: Shûsaku Endô.

Fotografía: Rodrigo Prieto.

Montaje: Thelma Schoonmaker. 

Diseño: Dante Ferretti.

Arte: Wen-Ying Huang, Ding-Yang Weng.

Efectos: Brian Cox, R. Bruce Steinheimer.

Música: Kathryn Kluge, Kim Allen Kluge.

Producción: Vittorio Cecchi Gori, Barbara De Fina.

Intérpretes: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson,

Tadanobu Asano, Ciarán Hinds, Issei Ogata. 

USA, TAIWAN, MÉXICO / 2016

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