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Refugio del pasado: ‘De retro en un ROLLS ROYCE’

Refugio del pasado: ‘De retro en un ROLLS ROYCE’. Foto:  Fernando Figueroa

Refugio del pasado: ‘De retro en un ROLLS ROYCE’. Foto: Fernando Figueroa

La Razón (Edición Impresa) / Andrés Canedo / Actor y escritor

00:00 / 24 de septiembre de 2017

Así como el pregón constante proclama, de manera un tanto reaccionaria, que “todo tiempo pasado fue mejor”, también la vida, al menos la de dos de estos cuatro seres, puede “de retro”, yendo hacia atrás, encontrar al menos la ilusión de que el refugio en el pasado (imposible, claro) es mejor. Y es, en el encantador patio trasero de Tía Ñola donde se escenificó esta otra obra de Kike Gorena en Santa Cruz —y hoy se verá en El Desnivel (Sánchez Lima, edif. Da Vinci) de La Paz a las 20.00—, de quien ya habíamos visto antes Radio Paranoia. Esta nueva comedia de Kike es más ligera, más light se diría ahora, y cumple con la premisa que, desde los tiempos del brillante pero odioso Aristófanes, una buena comedia debe: entretenernos y hacernos reír y, de paso, llevarnos a una reflexión, ligera también, sobre nuestras vidas.

Él (Kike Gorena), un vago, levemente machista, entregado al pasado, que es atormentado y fascinado por el ayer, arranca entre lastimeros ayes, ya que sufre de pesadillas en que la vecina lo acosa sexualmente y se lanza a una danza inicial sostenida por los sones desgarrados de la trompeta de Summertime, canción en la que se sabe que “your father is rich, and your mother goodlooking” y, posiblemente, los padres de él no lo son. Ella, su mujer (Sofía d’Arruda) sufre de desamor y de falta de atención conyugal, males de los que se queja y es convencida por él de que necesita la atención de un psicólogo. Pero ella no va al psicólogo indicado (un miembro de la familia de él) sino que cae, por casualidad, en manos de un charlatán que hace sus sesiones de terapia consultando todo en Google (Carlos Ureña) y que logra, de casualidad también, llevarla a una regresión a un tiempo en el que ella se siente cómoda y feliz, y del cual sale convertida en la bailarina erótica llamada Lula Botafogo.

Por su parte, la vecina de los sueños ardorosos de él, una cuarentona carente de amor (Vanesa Fornasari), logra atraerlo a su casa para que le abra un candado atorado y, al sacar el mismo, ambos se sumergen en la oscuridad de un garaje cerrado desde hace muchos años, una cueva de las revelaciones donde, maravillosamente, está guardado un viejo Rolls Royce que pertenecía al ya muerto pariente que le heredó sus bienes a la vecina. Con el Rolls, todos los sueños de él se desatan. Él quiere el Rolls y le ofrece a la vecina todos sus bienes (escasos) a cambio, pero lo que ella quiere es en realidad sexo y solo así cederá el automóvil glorioso, y él, obsesionado, pidiendo perdón a Dios y a su mujer, decide sacrificarse. En la obra están, confundidos, el pasado y el presente, allí están la realidad y los sueños, en los que solo efímeramente se puede escapar.

Buena puesta en escena, eficiente dirección de actores y una actuación cabal, a ratos sobresaliente, de los cuatro nombrados. Carlos Ureña, que ratifica una vez más su enorme capacidad, su preciso manejo de los tiempos; Sofía d’Arruda, la novata, con sorprendente frescura, simpatía y agilidad (magnífico el baile para una no bailarina); Kike Gorena, un protagonista sólido, sin deslices y de textos muy bien dichos; Vanessa Fornasari, precisa, expresiva, totalmente convincente y siempre bella.

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