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Reconstrucción: el ocaso de la memoria

Con esta novela, Rodrigo Urquiola ganó el XII Premio de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz 2018.

'Reconstrucción' de Rodrigo Urquiola

'Reconstrucción' de Rodrigo Urquiola

La Razón (Edición Impresa) / Rodrigo Villegas Rodríguez - escritor

00:00 / 02 de octubre de 2019

Recrear, inventar, moldear un algo, un todo. Narrar letra a letra la voz de los vencidos, de los sobrevivientes. Poner un ladrillo tras otro, encima o a los costados. Capturar lo esencial y despojarse de lo inútil. O al revés. Reconstruir la memoria. La vida. La muerte.

Reconstrucción (Tata Danzanti, 2019), la novela de Rodrigo Urquiola Flores, joven y ya consolidado escritor paceño con más de una decena de premios nacionales e internacionales, es una obra intensa, vigorosa, donde distintas voces mutan cada vez que pueden, viajan, se transforman, se reconstruyen.

Todo aquel que ya se haya aproximado al mundo narrativo de este autor —sus novelas (El sonido de la muralla, Lluvia de piedra) y cuentos (Eva y los espejos, La memoria invertebrada)— se puede dar cuenta de la calidad indiscutible de su trabajo. Y los premios obtenidos no le fueron regalados: obtuvo el Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo 2017 por su obra Árbol, el Premio Latinoamericano Edmundo Valadés (México) por el relato Senkata, y el Premio Internacional José Nogales (España) por su cuento Ashley, entre otras galardonadas.

En una especie de entrevista (nunca encendí la grabadora) en el patio de su casa en la zona de Santa Fe (periferia que Urquiola convirtió en mítica por ser casi siempre el espacio donde se desarrollan sus historias), con Coca Cola y luego mate, conversamos unas horas acerca de Reconstrucción. En ese su patio, en una esquina, casi al fondo, hay un ropero cubierto por una calamina, cerca del cuarto de su hermano menor, dentro no hay ropa, como podría pensarse, sino libros, decenas de novelas de los autores más renombrados de la historia mundial de la literatura. Eso no es todo: en su dormitorio, apilados en una mesa redonda, grande, se extiende al menos un centenar de títulos. Entendió el máximum (para conseguir lo que quería) desde muy pequeño: leer, leer, leer.

En la plática salió lo de la significación de la escritura en Urquiola. ¿Por qué? Porque a pesar de ser un “tópico” como pregunta, en Reconstrucción existen párrafos destinados a “responder” aquello.

Transcribo un poco:

“— Quiero buscar a Dios sabiendo que no lo encontraré y por eso quiero escribir.

— ¿Vas a escribir sobre Dios?

— Eso no. Pero pienso en Dios como una invisibilidad que hemos hecho a nuestra semejanza para explicar nuestra vida. Y lo único que nos dice que vivimos alguna vez es la memoria. Escribir es buscar en la memoria. Y por eso quiero escribir. Para mí. Para leer cuando quiera recordar a mi madre. Para no sentir rabia cuando piense que un Dios cualquiera se la ha llevado tan lejos. Para no sentir bronca cuando recuerde que ese mismo Dios no ha hecho nada por sanarla cuando ella estaba tan enferma y eso que ella creía tanto en él.

— ¿Qué vas a escribir sobre tu madre?

— Sus historias. Lo poco que conocí de ella, nada más. Lo que alguna vez me contó. Eso.” (...)

— “Y la escritura, piensa Dimas, y la escritura. Fotografía de lo que no fue, pero que, al leerse, será. Búsqueda. La vida que no se vivió pero que de alguna manera terminó sucediendo; ¿dónde?, no importa. En la escritura, cree, está la última verdad de la memoria, ese terreno precario. Incluso aquella que podría haber sido disfrazada de mentira solo porque no hay otros registros de que hubiera ocurrido”.

Esta novela es, por así decirlo, un “manifiesto” acerca de lo que significa, para Urquiola, la escritura. O al menos de lo que piensa uno de los personajes de la novela. No siempre es lo mismo, por supuesto, pero también es estratégico: traspasar las inquietudes hacia el ser creado. Y no sería el primero en hacerlo, por supuesto. Ni el último.

Reconstrucción —obra ganadora del XII Premio de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz 2018— es un libro con cuatro personajes, cuatro voces, cuatro miradas del mundo. Todas unidas de varios modos, quizá principalmente por el deseo de viaje, de cambio, de avance o retroceso. De reformar la identidad o retornar a una máscara anterior.

Dimas Cuéllar, Mariana, Deterlino Flores e Hilda son los nombres de quienes las palabras nos cuentan sus historias. Un muchacho que ante la muerte de su madre decide ir en busca del padre que los abandonó y al parecer vive en el Chaco; la madre, Mariana, que respira el aire nuevo que le exige su cuerpo invadido por el ser que ahora la habita en años de dictadura sin nombre; un anciano que delira sentado en una piedra al borde de un barranco, que “recuerda” su campaña en la Guerra del Chaco y su encuentro con un jaguar; una joven que intenta escapar del padre que la violenta, huir del destino que se le ha impuesto.

La novela transcurre en diferentes registros temporales, donde los personajes involucionan o evolucionan, mutan el nombre como mutan el alma, incluso los recuerdos, aquellos fragmentos del cerebro tan frágiles que pueden ser vulnerados (“No se puede dejar abandonada la memoria cuando a uno le place, te persigue (...) te mueves y, con tus movimientos, como si tuvieras un hilo invisible atado a esos iris secos, caminan los ojos detrás de ti”).

La novela nació de un cuento “fallido”. El de Dimas (con un nombre diferente), en búsqueda de su creador. Y así, de lo que no “resultaba”, según Urquiola, nació el escrito, pero creció, se transformó, albergó nuevos tonos y se convirtió en lo que hoy es: una novela polifónica que estremece.

La roca donde se sienta Deterlino cada día para ver el río, para recordar y observar su ambiente, el mundo que lo rodea (similar a la piedra gigante donde Fermín reconoce y se apropia de su territorio, el personaje de la novela Rastrojos de Manuel Vargas), como metáfora de la alimentación de la narrativa.

Porque como un hijo o varios (“Ya no estás sola, ya no estás sola”, le recuerda cada vez que puede su madre a Mariana embarazada), Urquiola entiende que sus creaciones son rastros de su cuerpo, ramas de un árbol que cuentan una historia en común, la suya, su biografía, como toda literatura leal, la que es capaz de conmover y deslumbrar.

Reconstrucción es el primer libro publicado por la editorial boliviana Tata Danzanti. Qué mejor que iniciar el periplo con una novela de semejante calidad.

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