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Proyecciones raras

La segunda novela de Mauricio Murillo, ‘Sombras de Hiroshima’, flota entre el desarraigo, la violencia y las figuras deformadas.

Proyecciones raras. Foto: wordpress.com

Proyecciones raras. Foto: wordpress.com

La Razón (Edición Impresa) / Montserrat Fernández / Poeta / La Paz

00:00 / 06 de agosto de 2017

Sombras de Hiroshima, la nueva novela de Mauricio Murillo, construye un narrador protagonista, que cede alguna vez y celosamente espacio para que otra voz se escuche. Es una voz que se piensa superior al resto, en tanto invalida el pensamiento de los pocos con los que trata, lo descarta o le parece indiferente. El anónimo narrador es el escritor de una serie, Ballenas, que se encuentra en proceso de producción y se transmite en un canal local de televisión. Antes trabajaba de portero nocturno y guardia de seguridad, y antes aún vivía en las afueras de la ciudad con su abuelo, en una casona cercada por un bosque y un pantano a la que el abuelo sin saber por qué bautizó como Yubarta.

Yubarta es el único espacio nombrado en la novela, a todos los demás espacios les antecede un artículo indeterminado que difumina cualquier intento de asentamiento, cualquier intento de arraigo: el narrador protagonista transita por un pueblo, una ciudad, un edificio, un canal de televisión, un bar y nos hace sentir que podría ser cualquier pueblo, cualquier ciudad… Sin que importe dónde se halle parece flotar sobre una hondura, tal cual lo hizo algún creador otrora. Tan grande es el desarraigo que se diría más bien que el narrador protagonista proyecta una hondura. Sombras de Hiroshima es pues la narración de una sombra rara, no de una proyección del cuerpo que ora se amplifica ora se reduce cuando intercepta los rayos del sol, sino de una sombra que carece de raíces, de nombres, de invocaciones; una sombra sin sujeto como aquellas que se proyectaron en Hiroshima un 6 de agosto, el de 1945, al momento de estallar la bomba atómica.

El anónimo narrador protagonista de la novela de Murillo nunca conoció a sus padres, nunca vio una fotografía de ellos y nunca supo nada sobre ellos. Fue criado en Yubarta por su abuelo, del cual tampoco se revela el nombre, con el que tenía una relación de convivencia, de compañía, no una relación de cuidado o atención. El abuelo no ocultaba ante su nieto sus intereses y en más de una ocasión enfrentó al nieto con la violencia y la muerte: habitó con él un espacio desgastado y en deterioro sin ninguna intención de arreglarlo porque simplemente su cuerpo gastado no tenía interés o fuerza; compartió con su nieto el pasatiempo de coleccionar fotografías de cuerpos deformados por la bomba atómica y de las sombras de los cuerpos que dejó la explosión; además le dio una abuelastra que por un accidente quedaría tetrapléjica y para rematar murió de cáncer. Eso fue Yubarta, un abuelo que era una sombra rara, en tanto estaba al lado del protagonista reflexionando o enseñándole que la muerte está vigente todo el tiempo; más aún es el tiempo mismo que descompone, hace desaparecer, esfumar cuerpos, espacios. Por eso, ya al comenzar la novela se menciona lo que el abuelo escribió en un pedazo de papel pegado a la tapa del álbum de fotografías: “Ahora me he convertido en El Tiempo, destructor de mundos”.

Yubarta es el abuelo sombra, pero sobre todo es el nacimiento de una forma de mirar y mirarse; en Yubarta se gesta la mirada distante del protagonista, esa que al llegar a la ciudad lo convierte en un adicto televidente y como consecuencia en un escritor de series. Un recuerdo, el de un chimpancé, me parece el más significativo para entender esta mirada: un anochecer trajeron a Yubarta un bulto, que al verlo el narrador creyó un cadáver, pero cuando el abuelo le mostró qué era, el narrador vio un mono muerto echado en la cama; el abuelo lo alentó a tocarlo pero sobre todo a observarlo detalladamente durante largo tiempo. Después el mono fue disecado y puesto en el estudio; fue una presencia triste que habitó con ellos en la casona. Este recuerdo se presenta como un acontecimiento ante todo visual, una escena que visibiliza la muerte y el dominio de unos seres sobre otros, que nos hace reflexionar, rebullir por un instante, pero que se evapora y seca y pasa. Entonces nos sabemos distantes de eso que vimos, nos apartamos.

Después de la muerte del abuelo, el protagonista vive en un departamento en la ciudad con Perro, que desatiende por temporadas y con el que ve televisión. Tiene dos amigos, Elena y David, con los que se reúne sobre todo para emborracharse y a los que a veces no soporta. En el trabajo se piensa indispensable, no asiste a reuniones ni grabaciones y se falta con frecuencia para curarse el chaqui.

Asistimos a un caso de abulia, donde nada estimula ni despierta ningún ímpetu; vemos pues una sombra rara, una hondura insondable estancada. Estancado o ensombrecido, el protagonista escribe los primeros capítulos de una serie donde se investiga un asesinato. Simultáneamente al proceso de escritura, vive y/o imagina —no importa en realidad— un reencuentro con su pasado. Un tipo, Maidana, que decía vivir en el pueblo donde se encuentra Yubarta, comienza a trabajar en el Canal donde se produce su serie y le recuerda a Alicia Villanueva, la trae como un caso de asesinato sin resolver.

Ella y Maidana serán el gran enigma de la novela y al mismo tiempo serán el motor del sutil movimiento del protagonista sombra. Gracias a ellos volverá a Yubarta, recuperará el álbum de fotografías y habrá un acto de anarquía… pero sobre todo se gestará un recuerdo de la única emoción pura del protagonista; el recuerdo de una afectuosa invitación a comer una sopa de maní. Esta invitación también es mutilada por el tiempo, que cambia los gustos de los comensales de un restaurante y anula la sopa de maní del menú. Le queda al lector/espectador observar esta sombra rara, esta proyección en alguna pared, acaso en la de su propia habitación.

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