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Periodista y escritor de mucha pegada

El colombiano Alberto Salcedo Ramos, que visitará la FIL, logra una obra maestra en ‘La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé’, una crónica sobre la vida del más grande boxeador de su país.

El colombiano Alberto Salcedo Ramos. Foto: wordpress.com

El colombiano Alberto Salcedo Ramos. Foto: wordpress.com

La Razón (Edición Impresa) / Claudio Ferrufino-Coqueugniot / Escritor / La Paz

00:00 / 30 de julio de 2017

Recuerdo ese diciembre del 71 cuando, pegados a Radio Nacional, escuchábamos, mi padre, Armando y yo, la victoria de Nicolino Locche sobre Kid Pambelé. La cercanía con Argentina nos tenía parcializados y festejamos de acuerdo. Pambelé lo noquearía el 73. No dispongo memoria de la fecha. Era diciembre, lo sé porque amenazaba la Navidad, que a los once años que eran los míos guardaba caricias. El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé ha sido mi único, y formidable, acercamiento a Alberto Salcedo Ramos. No diré que basta ni sobra, sino que fue lo necesario para conocer a un escritor, periodista, de mucha talla. Esta crónica sobre la vida del más grande boxeador que tuvo Colombia es una obra maestra, en periodismo y en literatura.

Siguiendo la gran tradición norteamericana de la crónica, Salcedo Ramos presenta en este libro la imagen de Antonio Cervantes, Kid Pambelé, bajo la multifacética mirada del tiempo, la multitud y la distancia, rica en verbo mas escasa en retórica, tratando de descubrir la verdad fuera del sortilegio literario, consiguiendo, sin embargo, algo que excede aquello que consideramos periodismo y que se adentra en la escritura como forma artística, aun exenta de vericuetos, tropos y metáforas. Una parábola, lo dicen por ahí en el libro, fue lo que creó, profundamente humana y con sonrisas en medio del más feroz drama, aquel que hace caer al individuo de cima a sima, el mismo artificio, quizá inevitable, que desbarrancó a Lucifer. “Mejor reinar en el Infierno que servir en el Cielo”, le hace a este decir Milton y, aunque no se mencione, podría atribuirse al pegador que sigue viviendo en la ilusión de su grandeza pero se maneja a la perfección, y hasta goza, en el submundo del averno. Permanece campeón para siempre, siendo la única forma de lograrlo en la invención que trae consigo el desastre, en la creatividad superviviente del fin. Son notas personales, no del autor.

Se afirma que el periodista, cronista, narrador de prensa, debe mantener una impoluta relación con sus personajes. Quizá esto vale para el reportaje inmediato, en el que no debe contar la subjetividad del relator para contar los hechos tales y como son, los protagonistas sin máscara; pero encuentro en esta notable obra colombiana no subjetividad pero sí alta empatía.

Más que perceptible, siento, la relación de Salcedo con Cervantes, a pesar de que quiere el primero exprimir los detalles que sostengan un relato verosímil. Como un hombre de más de cincuenta —tal vez la edad tenga de todos modos su peso— yo sí pongo mi alta dosis subjetiva y leo en las páginas lo que quiero leer con tres décadas al menos de nostalgia. Por eso considero a El oro y la oscuridad el libro más cercano a la literatura que a otra cosa. No discrepo con la información bien desarrollada ni con su cronología; no dudo en que lo dicho sea verdad, pero es que el estilo da para más, da para creerse uno mismo una historia que de tan rica parece ficticia, o parábola, según anotamos antes, o mito.

O es que el personaje tiene, incluso en su más desvencijada humanidad y miseria, el porte y el talante de un héroe antiguo, un Prometeo reacio a ser encadenado y que sufre al mismo tiempo la calma como la borrasca. En algún momento el personaje se rebela contra el autor y lo encara. Prueba de que estas son notas de sangre y piel.

Cuenta Salcedo Ramos lo que contara a su vez el presidente Betancur: que llegado García Márquez a un agasajo, alguien dijo que llegaba “el hombre más importante de Colombia”, a lo que Gabo respondió: “¿Dónde está Pambelé?”. Nacido Antonio Cervantes en San Basilio de Palenque, tierra de comida y baile como no hace mucho fue festejada en el mundo. De color. Su nombre suena en cumbias y vallenatos —“Palenque, la tierra linda de Pambelé”—. Gozaba, Pambelé, con el escritor y lo azuzaba para que terminase “su” libro. Un volumen dedicado exclusivamente a su persona y su gloria —que de lado habría él seguro de dejar lo penoso del descenso—, el clímax urgente de una vida que de sufrir se fue a gozar y que de gozar cayó al abismo sin al parecer darse cuenta de ello el afectado. De algún modo, Alberto Salcedo Ramos, hasta narrando la infinitud de la desgracia luego de la bonanza, ha fundido en hierro un Kid Pambelé intocable, indestructible. Páginas con un dejo de bíblicas, maestras, entusiastas y generosas. El personaje en su laberinto, y con él el pintor-cronista, ese apóstol del infierno para alegría nuestra.

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