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Pasión criolla

La ópera. ‘El compadre’ une la música clásica y la popular para narrar una historia real, muy cercana y desbordada de emociones: la de Carlos Palenque.

Stanford, comparte una escena con cantantes del coro. Foto: Antonio Suárez Weise

Stanford, comparte una escena con cantantes del coro. Foto: Antonio Suárez Weise

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

00:00 / 09 de julio de 2017

Asistir a la ópera normalmente supone enfrentarse con un argumento escrito en el siglo XVIII o XIX y narrado, cantado, en italiano o en alemán. El espectador se entera solo un poco de lo que ocurre en escena, y eso siempre que lea las escuetas explicaciones que le ofrece un programa de mano. Pero la semana próxima, el público paceño podrá disfrutar de una ópera comprensible, escrita ahora y aquí, en su idioma, con sus modismos y sus costumbres y que narra una historia cercana. Desde el martes hasta el viernes, en el Teatro Municipal, se va a representar El compadre, que habla de la vida y la muerte de Carlos Palenque. Difícil encontrar un argumento más operístico.

“Lo lindo de la ópera es que puedes hacer que los personajes saquen sus emociones. Sale todo y se prepara el drama. En El compadre están el enamoramiento, el amor, los conflictos personales, los intereses políticos, la desconfianza, la subida a la cúspide, la caída, la duda y la pelea”, dice su compositor, Nicolás Suárez. Y, claro, la muerte. La ópera comienza en el entierro de Palenque, termina en su velorio y, en tres actos, hace un flash back para recorrer la vida del comunicador y político que con su discurso levantó pasiones y todo un movimiento social en los años 90.

Palenque fue muy popular o muy populista según a quién se pregunte, y la música que suena en la ópera también se acerca a la cultura de la gente de la calle. Se escuchan estilos clásicos del género, como arias, duetos, recitativos o responsoriales entre el coro y el solista, pero también muchos tradicionalmente bolivianos y latinoamericanos: la sensualidad del danzón y el bolero apoya las partes de amor; el tango suena cuando se escenifica la ruptura; durante el jolgorio y la alegría se escuchan sicuris y cuecas; el velorio, por supuesto, lo protagoniza el bolero de caballería.

Las letras, escritas por la directora de cine y guionista Verónica Córdova, siguen esta misma línea y por eso han supuesto “un experimento muy interesante”. “Hemos respetado la paceñidad de la historia para respetar al personaje y utilizamos un lenguaje muy de acá y muy cotidiano en algunos momentos, pero en otros seguimos los códigos clásicos del melodrama”. Córdova grabó en un video VHS todo lo que transmitía en vivo la cadena RTP en los días del funeral y el entierro de Palenque, en 1997, porque le parecía “fascinante” ese fenómeno político y social. Cuando Suárez le propuso escribir el libreto de El compadre rescató esas grabaciones y transcribió discursos y conversaciones que se han utilizado textualmente para las canciones y los diálogos cantados. Como el famoso “buenos días, buenas tardes, buenas noches” con el que se abrían los programas de televisión.

Pero al público hay que engancharlo a la obra antes de que se fije en las letras porque, aunque en este caso sean tan entendibles, “sobre todo al principio mucha gente no presta tanta atención a lo que se dice como a otras emociones: la musical y la visual, a la parte física de la obra, la imagen”, asegura la directora artística, la coreógrafa Norma Quintana. Su objetivo consiste en que el argumento y la parte musical funcionen juntos. Hay que lograr que el trabajo corporal y escénico resulten efectivos, pero a la vez sencillos, para que los cantantes se encuentren cómodos y no sientan la parte actoral de su trabajo como una obligación, sino como un apoyo. Además, unas pantallas de video reproducirán primeros planos de los protagonistas, reforzando el dramatismo de algunas escenas, muy al estilo de la comunicación que tenía Palenque.

Así, los movimientos diseñados para los solistas toman en cuenta que éstos tienen que cantar y estar en todo momento pendientes del director de orquesta “porque esto es sobre todo música”, menciona Quintana. Lo mismo ocurre con el coro —el de la Sociedad Coral Boliviana, dirigido por Anna Agramont—, que cuando no hace ópera se concentra en la partitura y el director, pero ahora debe ampliar su visión a todo el escenario. En El compadre, como desde los inicios del teatro y la ópera en la Grecia antigua, el coro representa al pueblo, que juega el papel fundamental de interpelar, de retar, de consultar, de quejarse por lo que los solistas dicen o hacen. Todo esto en la voz de 50 cantantes, un número más que suficiente para, a base de reforzar las emociones que brotan en escena, dar la fuerza y consistencia a la obra.

Henrich quien también aparece en la portada de esta revista.

Los dos solistas principales llegan de Estados Unidos. Allison Stanford hace de la comadre, que se llama Flor, pero que en realidad es Mónica Medina, porque ninguno de los personajes lleva el mismo nombre que la persona a la que representa. Suárez alaba “la profesionalidad” de Stanford, que demuestra trabajando duro su español y en que “se conoce de memoria sus líneas melódicas y las de los demás, está en todos los detalles”.Quien le da el nombre a la ópera, El compadre, queda en manos de un tenor que también viene de Estados Unidos, pero que es paceño: Pablo Henrich.

Para su interpretación se apoya en el parecido físico con Palenque mas, sobre todo, en su fuerza expresiva. “No es tan lírico, es un poco más agresivo que eso”, en palabras de Suárez, lo cual resulta una ventaja cuando se trata de interpretar a un líder carismático, desbordante de energía y actividad, lo que incluye bailar una cueca en escena. A la comadre Remedios —que en la ópera se llama Guillermina— la interpreta la mezzosoprano Alejandra Guallar, boliviana y residente en Bolivia, pero que ha completado su formación adquiriendo una buena y amplia experiencia en Europa.

Los tres cantantes tendrán los ojos y los oídos yendo y viniendo entre el escenario y el foso de la orquesta. Ahí verán al director, Willy Pozadas, y escucharán a sus 14 músicos, repartidos en un quinteto de cuerdas, flauta, clarinete, trompeta y trombón, un piano, percusiones y un charango y una guitarra que se suman al grupo para darle un toque más criollo, acorde con el repertorio y el ambiente general de la obra. Una ópera normalmente se apoya en una sinfónica completa, empero esta vez se busca crear un ambiente un poco más íntimo aunque sin perder el impacto acústico, y por eso cabe la posibilidad de que se instale un equipo de amplificación. Lo que no varía para nada es la partitura. “Tocamos todos los compases que están escritos”, expresa Pozadas, quien tiene una especial responsabilidad porque esta vez no solo los instrumentistas van a seguir su batuta. Todos irán a su ritmo: “Claro que, habiendo cantantes es otra cosa, la métrica no es igual siempre, hay que variarla cuando es necesario, y esto ayuda mucho a crear tensiones y diferentes estados de ánimo”, indica.

Lo que supone coordinar tanto instrumentista, tanto cantante, tanto montaje y tantas emociones lo resume muy fácilmente Suárez: “es una locura”. Le llevó dos años componer El compadre, entre escribir el guion y revisarlo mil veces, pasar la música de la cabeza a la partitura, hacer la reducción a piano y la orquestación... “Un trabajo de chinos, como construir una catedral”, remacha. Pero como la creación no se levanta sobre la nada, el compositor se fijó mucho en dos clásicos que le hipnotizan: Cavalleria rusticana, de Pietro Mascagni, y Rigoletto, de Giuseppe Verdi. Suárez también admira a los otros dos grandes del género, Giacomo Puccini y Richard Wagner, mas reconoce que sus conceptos musicales resultan más difíciles de manejar.

Los precedentes de El compadre están, pues, en la ópera clásica europea, en la música popular latinoamericana y, hasta cierto punto, en la ópera boliviana, que también existe. Aquí se han montado, además, Incallajta (1980), de Atiliano Auza, Manchaypuytu (1995), de Alberto Villalpando, y Nomis Ravilob (2013), de Cergio Prudencio. El compadre se diferencia de ellas en que no recurre a la mitología ni al pasado lejano ni tampoco a ideas musicales muy vanguardistas. “No hay nada de música atonal ni dodecafónica, nada experimental. He usado un método de composición que no está muy alejado de lo tradicional, pero tampoco es muy fijo, yo mismo me inventé la forma y me salió algo así como si les estuviese contándoles una historia a mis amigos”, aclara Suárez.

Porque la de El compadre es una historia digna de ser contada. Y tal vez no haya un formato que le siente mejor que la ópera, puesto que, como dice Quintana, “es el espectáculo teatral máximo porque reúne todas las artes escénicas”.  Sin embargo, lo que realmente hace especial a la ópera es el canto, el más eficiente transmisor de emociones que existe. En este caso puede funcionar mejor que nunca porque esta ópera ofrece una historia con todos los ingredientes de los mejores dramas clásicos, pero en un idioma que el público entiende perfectamente porque es el suyo.

 

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