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Experimentados y experimentando

Cristian Callejas comenta su experiencia en el concierto de los jóvenes pianistas paceños Facundo y Santiago Chávez Auzza.

Fotos: Werner Chávez

Santiago (arriba) y Facundo (abajo), en el Centro Sinfónico Nacional. Fotos: Werner Chávez

La Razón (Edición Impresa) / Cristian Callejas / Crítico de cultura pop

00:01 / 07 de noviembre de 2018

Qué emoción tener 38 años y descubrir nuevas e inesperadas experiencias cuando casi te habías dado por vencido con la agenda cultural de la ciudad.

Cuando me propusieron ir al concierto de piano Con el alma en las manos de los hermanos Chávez, mi primera y honesta reacción fue: “¡¿Quiénes?!” Ojo, esto no significa un anonimato en los círculos pertinentes por parte de estos dos chicos. A lo sumo es reflejo de mi ingenuidad como público inconsistente con lo que sucede en las salas culturales de La Paz. Porque no todo puede ser Octavia sinfónico o por enésima vez la puesta en escena de Los Miserables, decidí aceptar la invitación de mi amiga y ver a los dos jóvenes pianistas que el afiche (o foto en un post) mostraba como muy, muy niños.

Facundo Chávez Auzza tiene 12 años y Santiago 16, aprendí. Su hoja de vida, impresionante admito, fue leída frente a todos los presentes como una forma de inspirarnos respeto, supongo. Empezaron ambos desde muy jóvenes, leyó su padre y listó los maestros extranjeros y los países donde estuvieron formándose.Ok, a estas alturas ya estaba enganchado y sentía verdadera curiosidad por ver lo que podrían lograr. En ningún momento me he considerado un experto de la música clásica, para eso le he dedicado 80% de mi vida al cine, libros, cómics y colecciones de otro tipo de géneros musicales. Pero sí puedo apreciar una buena puesta en escena y sentir la música cuando ésta es interpretada con pasión y talento. Y estos dos chicos brillaban talento.

Facundo interpretó su selección de temas de forma delicada, sensible. No voy a caer en la ignorancia de decir que eran fáciles, pero sí buscaban que el público se enganche de a poco con el placer de oír esta música. Cerrar los ojos y dejarse llevar por la belleza de melodías que tocaban fibras interiores dentro del alma. Ahora… si hay que reseñar lo que ocurrió esa noche, hay que incluir las reacciones y el comportamiento de la gente. Esto no se trata de ser snob y decir que este tipo de espectáculo es para un solo tipo de personas, por supuesto que no. Pero sí hay ciertas reglas obvias que deberían respetarse. ¿Galletas? ¿Ruidosas envolturas de dulces? ¿Bebés llorando? ¿Fotógrafos con flash en la cara de los artistas mientras tocan? Creo que la gente debería saber mejor cómo comportarse. Pero esto casi no afectó a la gran mayoría que sí estaban atentos.

El mayor diferencial entre los estilos de los dos hermanos fue la seguridad. Allí donde Facundo miraba atento teclas y sus dedos y parecía concentrado en sacar el mejor concierto, su hermano Santiago se desenvolvió de otra manera. Distante, agresivo, pero seguro de sí mismo. A veces él mismo cerraba los ojos y se dejaba llevar por las melodías que estaba interpretando. Su selección de temas fue más complejo, más desafiante para él y para nosotros. La gente reaccionó de acuerdo. Los que estábamos atentos podíamos sentir esa energía eléctrica que flota cuando alguien está poniendo su alma en algo. Santiago tiene experiencia y se nota, lo demuestra en el lenguaje físico que exuda cuando golpea o acaricia las teclas para implantar las emociones que palpitan en sus dedos.

La música alimenta el alma. Estimula la imaginación, calma e inspira. Más allá de los pequeños detalles en las personas que estaban allí quizás por el motivo equivocado, la mayoría quedó impresionada y lo demostró en sus aplausos que siguieron a la pieza final interpretada a cuatro manos por los dos hermanos juntos.

Esta anécdota reflejará mi evolución antes y después del concierto: en un par de temas, la partitura involucraba una pequeña pausa antes de retomar la melodía con alguna modificación en su estructura. Acostumbrados a esperar que el artista termine la pieza para aplaudirlo, algunos tomaron esa pausa como el final del tema y quisieron aplaudir solo para descubrir avergonzados que no había terminado y seguía la interpretación. Esto ocurrió dos veces y en mi torpeza critiqué ese inocente error. Casi de inmediato me avergoncé yo, porque me puse a pensar que la gente no se supone que deba conocer estos temas de antemano. Eran personas que estaban escuchando por primera vez los temas y el hecho de que estuvieran ahí, probando algo nuevo, en lugar de avergonzarlos debería enorgullecerlos. Esos aplausos escondidos eran la prueba de que, como yo, en esa galería y platea, habían personas dispuestas a descubrir nuevas e inesperadas experiencias… a ojos cerrados y corazones abiertos.

Nada mal para un concierto de dos chiquillos precoces.

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