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‘Muralla’:el arco será tu cruz

La opera prima de Gory Patiño relata el descenso a los abismos de un exarquero de San José.

‘Muralla’:el arco será tu cruz. Foto: Roberto Dorado

‘Muralla’:el arco será tu cruz. Foto: Roberto Dorado

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo H. / Periodista

23:40 / 19 de septiembre de 2018

Uno: Cuando ya todo parecía perdido, cuando el espectador había dado la espalda al cine nacional, llega la opera prima de Rodrigo “Gory” Patiño y es la mejor película boliviana en años. Y no exagero. Coco “Muralla” Rivera (un Fernando Arze soberbio) es un viejo arquero de San José reconvertido en minibusero de las laderas paceñas que por cuestiones del destino es parte de los afanes del infierno. El “santo” necesita atajar el último penal. Pero ahora es cuestión de vida o muerte, es matar o morir, es su redención. Tiene una estrellita brillando en el cielo y una carga pesada a sus espaldas. Expulsado de la gloria, es un alma buena y atormentada. Necesita una limpia (en la Linares) y un milagro (de yatiri). Nadie parece lo que es en este thriller policial, negrísimo, apasionante, cruel, conmovedor. El cine boliviano encontró su redención. Y le dicen Muralla.

Dos: Coco “Muralla” Rivera es un ángel caído y un antihéroe en una sociedad corrompida y ambigua. Recibe balonazos y golpes desde el minuto uno al noventa. Es víctima y victimario en el simple arte de matar y —cual melancólico detective clásico— se siente culpable y busca su expiación. El género negro (en literatura y cine) es herramienta ideal de denuncia. El crimen, como espejo de nosotros mismos. Esta “Muralla” retrata nuestra sociedad confusa, sin valores, sin justicia, anestesiada ante el drama del tráfico de personas y cosas (y bestias) peores. De escenario, la ciudad hostil, las alturas y los bajos fondos de La Paz (maravillosamente retratada con imágenes potentes, bellas e impactantes; sin concesiones ni miserabilismos).

Tres: Muralla, la película, tiene una factura técnica impecable: un guion preciso (de Camila Urioste, Fernanda Rossi, Patiño y Arze), un montaje ágil (de German “Monki” Monje) y un trío actoral de lujo. El citado protagonista, en su mejor rol, es acompañado magistralmente por un avejentado Cristian Mercado, alias “Cacho”, hincha de River, y por un Pablo Echarri, el reconocido actor argentino, que aparece a la hora del metraje para poner lo suyo. Tiene también una larga y prolija lista de secundarios que no desentonan: Hugo Pozo, Alejandro Molina, Freddy Chipana, Juan Carlos Aduviri, Mariana Vargas, Mauricio Toledo, Erika Andia….

Cuatro: Muralla, la película, trae una dirección de arte (Carlos Piñeiro) y una música sublime (Juan Carlos Auza) junto a una fotografía (Gustavo Soto) que combina a la perfección luces y sombras, como en las grandes obras maestras del género, herederas del expresionismo alemán. Te hace sentir que ha sido rodada en blanco y negro. Te acerca y te aleja de la historia, con la cámara como un protagonista más, desde unos primerísimos primeros planos agobiantes hasta unas panorámicas impactantes para volar y darte un respiro por los cielos paceños.

Cinco: Muralla trae puchos y alcoholes; billares y cementerios; palizas y venganzas; ángeles y demonios; gasolina y fuego. La película de Patiño llega con una potente carga de imaginería religiosa para acentuar la redención. Las imágenes del “Tata” Santiago, de San Expedito (el de las causas urgentes y necesarias) y del arcángel Miguel, luchando, a espadazo limpio, contra sus sucios demonios, como el mismísimo arquero “santo”, conforman una atmósfera cuidada, con todos los tonos del negro para contar una historia singular, la más oscura de todas, el descenso a los infiernos, escaleras abajo (último fotograma).

Seis: decía el crítico estadounidense Roger Ebert que los grandes personajes del “film noir” son más débiles de lo que creemos. Muralla, el papel de Fernando Arze Echalar, es uno de ellos. Fracasa en su matrimonio, fracasa a la hora de salvar a su pequeño hijo que espera un trasplante, fracasa a la hora de recuperar a la niña secuestrada, fracasa y traiciona a su mejor amigo y solo para volver a fracasar en su último penal. Es la figura del antihéroe signado por el destino trágico, en Grecia sería el Hades en Bolivia, los achachilas. La figura misteriosa del aparapita —inevitable la referencia a la metáfora de Jaime Saenz— es un logro más del filme, aportando identidad (hacía rato que una película no respiraba y transpiraba tanta paceñidad, tanta bolivianeidad).

 El género exige finales tristes y sobradas dosis de fatalidad, violencia, miedo, misterio y crímenes. Muralla tiene todo eso y más. Y como pasa con nuestros héroes —la mayoría ex jugadores olvidados y fracasados—, esta ficción verdadera no regala tampoco un mentiroso happy end. Sin sangre, no hay redención. “Muralla”, el arco será tu cruz.

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