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Manchester frente al mar

El director da cuenta de una meticulosa labor de orfebrería dramática, tanto en el guion cuanto en la puesta en imagen.

Imagen del film 'Manchester frente al mar'

Imagen del film 'Manchester frente al mar' Foto: html5.qq.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - Crítico de cine

00:00 / 19 de marzo de 2017

Que la filmografía de un director exhiba la modesta cantidad de tres títulos en 16 años puede ser señal de varias cosas muy distintas: desde una menguada inspiración hasta el máximo cuidado en la elección de los temas elegidos. Está claro que en el caso de Kenneth Lonergan tal exigüidad da cuenta de una meticulosa labor de orfebrería dramática tanto en el trabajo de guionización cuanto en la ajustada puesta en imagen, que no deja ningún aspecto librado al acaso.

Puedes contar conmigo (2000) y Margaret (2011), las dos realizaciones  previas de Lonergan —con un extenso recorrido como dramaturgo y guionista—, ya habían dejado en evidencia su certero pulso y claridad de ideas para internarse en los dramas de sus protagonistas, sorteando por entero las recetas banalizadas del melodrama y así construir unas historias que encaran al espectador con los eternos dilemas existenciales de la condición humana. En el caso de Manchester frente al mar, con las asperezas del doloroso trabajo de duelo frente a la pérdida repentina de algún ser querido y a los sentimientos de culpa que suelen asomar en esas circunstancias.

Lee Chandler, el protagonista axial, es un sujeto de talante agrio, malhumorado e introvertido, forzado a volver a su lugar de origen, del cual salió tiempo atrás debido a motivos que la trama develará en su momento. Ese lugar es Manchester, no la urbe británica, sino una pequeña ciudad de Massachusetts, donde su hermano mayor acaba de morir a consecuencia de un paro cardiaco, dejando abandonado a Patrick, el hijo adolescente que criaba en solitario.

A manera de prólogo, los primeros tramos narrativos están centrados en la presentación del personaje, dedicado a diversas labores de mantenimiento en un complejo de departamentos de Quincy, otra ciudad menor del mismo Estado. Plomero, gasista, electricista, Lee es responsable de resolver los problemas cotidianos de los moradores del lugar, además de ocuparse en el recojo de basura y en palear la nieve acumulada al ingreso. De buenas a primeras las pocas pulgas del sujeto quedan expuestas en la discusión con una de las inquilinas. Y de inmediato esa agresividad sin matices sale a relucir en el bar cercano donde Lee, por una nimiedad, emprende a golpes a otro parroquiano, justo antes de recibir el llamado informándole el fallecimiento de su hermano.

El inmediato viaje de retorno a Manchester no es empero tan solo el punto de partida de la trama sino un episodio de los varios regresos al pasado articulados en el relato mediante un notable montaje que irá sacando poco a poco a luz los sesgos de la vida de Lee, las relaciones con sus padres, con su exesposa, con su sobrino, y el episodio especialmente traumático que precipitó, tiempo atrás, su salida de aquel lugar, huyendo en primer lugar de sí mismo.

Todos nosotros en momentos especiales de nuestras vidas imaginamos situaciones que, tememos, nos resultarán imposibles de sobrellevar. Pero llegada alguna de esas circunstancias algo, ¿el instinto de supervivencia?, nos mueve hacia adelante, a proseguir buscando un sitio en el mundo. Sobre esos trances reflexiona la película, sin descafeinar ninguna de las vicisitudes, pero sin deleitarse tampoco hurgando con puro morbo exhibicionista en las penas o en las culpabilidades.

De tal suerte hace el quite al facilismo dramatúrgico de conferirle al espectador el rol de cómodo juez del comportamiento de los personajes, sabiendo, como decía alguien, que no hay nada más reconfortante para el espíritu que contemplar a un hombre hecho pedazos, según han probado, a lo largo de la historia del arte, tantísimas obras enfocadas al infortunio ajeno.

El relato no se atiene a ninguna linealidad. Está tejido de momentos, de fragmentos, de un ir y venir en el tiempo que no recurre tampoco a ninguno de los procedimientos trajinados para puntuar los flash-back, los cuales encajan aquí con naturalidad en el fluir de la trama, como si todo ocurriera en un presente trastornado por la congoja.

Evitando de igual manera las disonancias, Lonergan se toma todo el tiempo del mundo para concentrarse en los gestos, en los detalles, escarbando en el meollo de cada escena, lo cual lo conduce a cortarlas muchas veces antes de un eventual clímax, prefiriendo el modo de la elipsis. Por lo demás el estallido siempre inminente, solo acontece espasmódicamente en contadas ocasiones, cuando Lee pierde los estribos apenas por un momento. Así queda consolidada la negativa del director a dar paso a las coartadas bienpensantes que le permitan al espectador zafar de las engorrosas disyuntivas a las cuales se ve encarado.

Hay un solo, largo, momento de la impecable puesta en imagen que concitó opiniones encontradas: el del trágico evento afincado en el recuerdo de Lee, cuando el director, apartándose en apariencia de su calculada mesura, acompaña la imagen con el Adagio de Albinoni, considerado por muchos críticos una suerte de pieza comodín —un aderezo ortopédico—, cuando alguien no encuentra la manera de impregnar de verdadera intensidad emocional a una secuencia teatral o cinematográfica. No me parece el caso, Lonergan trabaja la iluminación y el recorrido del protagonista de tal modo de quitarle a la atmósfera visual todo resabio de afectación, dejando sea precisamente la banda sonora la que nos sintonice con el tamaño de la enorme tragedia por venir.

La nieve que cae persistente durante buena parte del metraje pareciera haber calado en los huesos de esos personajes que tantean en busca de ese ya dicho lugar en el mundo —con marcadas probabilidades de no encontrarlo nunca—, ateridos por una cotidianidad siempre rondada por la desventura. Es otra muestra de la sapiencia del director para conjugar sus recursos en la composición perfecta de la desalentadora atmósfera en la cual se encuentran envueltos aquellos, encomendados a un grupo de actores relativamente desconocidos pero precisos en las personificaciones de esos seres de carne y hueso que circulan por las ambientaciones espartanas elegidas por Lonergan igualmente para evitar cualquier artificio distractivo.

“El mejor director norteamericano sale del anonimato”, se exaltó un cronista en la antesala de los Oscar. Llegado el momento de la atolondrada ceremonia, quedó constancia de que es bastante poco probable que tal cosa sea cierta. Este es el tipo de películas en las cuales el sentido común más pedestre —profesado asimismo por buena parte de los académicos de Hollywood— suele desaconsejar apostrofando: “bastantes problemas tengo ya en mi vida como para encima ir a amargarme al cine”, cuando la pregunta que todos debiéramos hacernos es ¿por qué necesito ir al cine para escapar de mis problemas?, no para resolverlos, nadie ha resuelto ni la más mínima contrariedad en la penumbra de la sala, ni en la de su propia ofuscación.

Ficha técnica

Título original:  ‘Manchester by the Sea’ 

Dirección y guion: Kenneth Lonergan 

Fotografía: Jody Lee Lipes

Montaje:  Jennifer Lame

Diseño: Ruth De Jong

Arte: Jourdan Henderson

Efectos:  Michael Dias. Michael Ricci, Julius Horsthuis 

Música: Lesley Barber 

Producción: Declan Baldwin, Lauren Beck, Matt Damon, Josh Godfrey 

Intérpretes:  Casey Affleck,  Ben O'Brien, Kyle Chandler, Lucas Hedges, Liam McNeill, Richard Donelly, Virginia Loring Cooke EEUU/2016

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