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Lugares físicos y espirituales

En ‘Un mensaje a las estrellas’ Aldair Indra expone registros de sus acciones artísticas, en las que se comunican el tiempo, el espíritu y la materia.

Encuentros. Indra enfoca buena parte de su trabajo en encontrar y estudiar las coincidencias entre cosmovisiones en principio alejadas, como la hindú y la guaraní, por ejemplo.

Encuentros. Indra enfoca buena parte de su trabajo en encontrar y estudiar las coincidencias entre cosmovisiones en principio alejadas, como la hindú y la guaraní, por ejemplo.

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

00:00 / 18 de junio de 2017

Todo lo que nos rodea en el cosmos fue futuro, es presente y será pasado. En este movimiento constante de los tiempos verbales, de los tiempos cronológicos y de los tiempos poéticos, las cosas, las ideas y las creencias intercambian papeles y nombres. Y establecen relaciones que la mayor parte de las veces se desarrollan en un mundo menos evidente, más desconocido, casi intangible. Este es el lugar, físico pero sobre todo espiritual, en el que entra quien visita Un mensaje a las estrellas, la exposición que la artista Aldair Indra ofrece hasta el 30 de junio en la Galerie de la Alianza Francesa.

Las nueve obras de la sala son en su gran parte registros de acciones artísticas de Indra y se relacionan estrechamente por la espiritualidad que está en el origen de todas ellas, y por las estrellas. Indra recuerda cómo el cronista del siglo XVI Felipe Guamán Poma de Ayala —que fue astrólogo, poeta y agricultor— aseguraba que las estrellas lo conectan todo: el saber, el hacer, la poética, lo visible y lo invisible.

El visitante de la exposición también pasa a formar parte de esa relación, esa conexión, desde el momento que cruza el umbral. En la entrada atraviesa una proyección de video, registro de una acción —una quema— en la puerta del sol de Tiwanaku. Lo mismo que hizo seis siglos atrás el sacerdote Aramu Muru, quien pasó por la puerta que ahora lleva su nombre y desapareció, huyó de los españoles y se instaló en otra dimensión, lejos del alcance de quienes venían de otra forma de entender este mundo y el que queda más allá. Con él llevaba uno de los discos dorados que en el incario representaban la sabiduría y el poder.

La obra de Indra rescata esa espiritualidad propia de altiplano y la conecta con otras que, igual que ella, han quedado durante mucho tiempo a los márgenes de la historia oficial de la humanidad, en la periferia de los imperios y de los supuestos saberes universales. Por ejemplo, muestra el registro fotográfico de una acción artística en la que unos discos dorados como los prehispánicos se relacionan con la tierra en el sitio arqueológico Pucará de Tilcara. Los discos llevan escrito un mensaje en lenguaje binario, que contiene un mensaje compuesto por diez palabras que tienen que ver con la geopolítica: país, patria, etnia, territorio, república… De esta forma responde a aquellos otros discos, muy parecidos a éstos, que la NASA envió al espacio en 1977 y que contenían informaciones básicas de la cultura de la Tierra. Y claro, todas, correspondían no a la cultura de la Tierra sino solo a la cultura dominante en la Tierra.

“En el arte contemporáneo debemos establecer una voz desde aquí, contando nuestras propias historias”, defiende Indra. Por eso pone el disco dorado en contacto con los escritos de Emeterio Villamil de Rada, quien situó el edén, el origen de la civilización, en el valle de Sorata: “Incluso mantenía que la lengua aymara precedía al sánscrito, al griego, al arameo…”, recuerda Indra, que ve esta afirmación, al menos, una bonita leyenda. Así Rada hizo un buen aporte a que nuestros intelectuales y nuestro conocimiento superen los condicionantes del tiempo, del espacio y de los poderes establecidos. Porque el arte siempre se ha prestado a escribir la historia del poderoso: “Desde antiguo el donante u oferente pagaba la obra y la dirigía. Pero ahora todo es multidireccional y tú puedes establecerlo con la obra de arte, que es algo que tal vez se salte las dimensiones y atraviese la barrera del tiempo y establezca otras evidencias”.

Pero el enfoque de Un mensaje a las estrellas transciende lo local, precisamente gracias a los astros. “No quiero ser etnocentrista”, dice Indra, “porque sé que los temas que inquietan al ser humano se repiten en distintos momentos y lugares, y esto se nota en los elementos con los que crea: el espiral, el disco solar, la pirámide, que también son universales”. Todo enfocado hacia el cielo, y a la relación que con él y el resto del universo establecieron y aún establecen los humanos.

Estos elementos de la naturaleza, las inquietudes que provocan o ayudan a sofocar y los métodos con los que el hombre se comunica con ellos, dominan el ambiente de la exposición desde su video principal, en el que se registra una performance en la Isla del Sol. Con ella se rememoraron las antiguas ceremonias en las que, para observar las estrellas e interpretar el cielo, se colocaban en el suelo cuencos llenos de agua del Titicaca, dispuestos para que formaran una espiral y “quedasen en estrecho contacto y armonía con el paisaje”. Al amanecer, los participantes de la performance hicieron sonar los cuencos estableciendo el paralelo con una técnica del Tíbet: “así pasan las vibraciones de unos cuerpos a otros y esos cuerpos se transforman. Porque los átomos son los mismos en toda la materia, y de una cosa a la otra solo cambia la forma en que esos mismos átomos se disponen”.

De esta forma, Un mensaje a las estrellas rescata la estrecha relación de lo intangible de las ideas, de los mensajes binarios y de los conceptos geopolíticos con realidades muy palpables e incluso cotidianas como el agua, el paisaje, las piedras y las personas. Esta conexión existió siempre, sigue existiendo y no se perderá en el tiempo si, como hace Indra, nos interesamos por comprenderla, mantenerla y fomentarla.

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