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Literatura pluriescritural

El español Antonio Jiménez Morato ve en los autores bolivianos un fiel correlato de la riqueza cultural y la complejidad del país.

Literatura pluriescritural.

Literatura pluriescritural.

La Razón (Edición Impresa) / Antonio Jiménez Morato / Escritor

00:00 / 13 de agosto de 2017

Para mí Bolivia fue, como toda Latinoamérica, primero una escritura. No quiero decir literatura, porque me parece marcarla por rasgos y matices históricos, críticos, culturales… No, fue una escritura, una que sonaba diferente al resto. Y esto es, creo, importante, porque el lector infantil, el adolescente, no termina de ser muy consciente de la idea de la traducción. Por eso, un libro escrito en inglés pero traducido por un español suena más cercano que el texto de un latinoamericano que usa sus giros, su léxico, su vocabulario. Así que Bolivia fue, primero, para mí, otro acento, otra sintaxis, otro léxico. Sorprendentemente cercanos al español, por otro lado, en comparación a lo que sucede con otras literaturas latinoamericanas.

Eso, más o menos, le dije a Edmundo Paz Soldán la primera vez que hablé con él. Durante algunos años, en Madrid, en la coctelería donde nos reuníamos un grupo de gente relacionada con el libro, Edmundo era “la” literatura boliviana. Hacíamos esa broma cuando él entraba por la puerta y, paciente, toleraba nuestros chistes de imperialistas inconscientes, o de emigrados —porque también había más latinoamericanos allí— con un profundo desconocimiento de Bolivia.

Paz Soldán fue alguien que, acaso de forma involuntaria, puso a Bolivia en el mapa de la literatura en castellano tras el boom. Además de haber sido el impulsor de la salida del país y, por lo tanto, de la visibilización internacional de muchos autores que hoy son reconocidos dentro y fuera del país, regresó una y otra vez a hablar de Bolivia. A dibujar un país multiforme y complejo, muy alejado del cliché del altiplano que se había ofrecido hasta entonces a los ojos extranjeros.

Y también fue, para mí, quien me empujó a leer a Wilmer Urrelo. No me canso de repetirlo, pero si hay una obra que vaya a sobrevivir a nuestro presente, ésa es la de Urrelo. Sobre todo mediante esas dos novelas-monumento que han sido capaces de encapsular la complejidad de la sociedad y la historia bolivianas: Fantasmas asesinos y Hablar con los perros. Yo tenía en mente esos dos libros la primera vez que visité Bolivia. De algún modo inconsciente era la ciudad retratada en ellos la que buscaba mientras caminaba por La Paz. Así se lo dije a Wilmer cuando finalmente, tras haber intercambiado varios correos electrónicos, nos conocimos: “He caminado calles que localicé en el mapa al llegar a la ciudad tan solo porque aparecen en tus libros”.

Pero había cosas que no era capaz de ver. Por ejemplo, le dije que me llamaba mucho la atención que los colegiales lucieran esas corbatas con escudos que nunca había visto en otra ciudad. Él me indicó que, precisamente, el colegio en el que esos niños estudiaban era el que aparece retratado en su novela. Como ese fueron surgiendo muchos detalles más. Luego comenzó a hablarme de la nueva novela que está escribiendo, de cómo se ha tatuado el rostro de la protagonista de esa novela, que fue un personaje histórico, en su antebrazo. Y siguió mostrándome rincones de Sopocachi, y dándome detalles de la historia de Bolivia y de las relaciones del país con otros autores y otras literaturas. De esa tarde de cafés y paseos surge la noción que tengo ahora de la literatura boliviana.

Una literatura que no representa fielmente la realidad de la que ha nacido, sino que la moldea. La Bolivia real, más o menos sugestiva para el visitante, es otra muy distinta de la que puede encontrarse en sus libros. Entendámonos: es distinta pero no parecida, es semejante y muy diferente. Acaso por eso sea tan necesaria y tan buena idea una empresa como la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia. Porque si hay algo que es necesario hoy es repasar esa otra nación que se ha formado a través de la escritura.

El Estado Plurinacional de Bolivia no lo es solo por territorios o lenguas, no lo es solo por culturas, lo es también por literaturas. No se trata de algo tan sencillo como que sean escrituras realizadas en distintas lenguas, algo que no puede obviarse y debe tenerse siempre presente, sino que es a través de esas escrituras como se han forjado tantas otras nacionalidades. En ese sentido, es Bolivia un país privilegiado porque ha sabido darse cuenta —o han sabido hacerlo sus gobernantes— de que un país no es, sencillamente una comunidad consensuada, sino una serie de comunidades superpuestas y muchas veces enfrentadas, siempre cambiantes y conectadas, que se influyen y se repelen de modo constante.

No hay una literatura nacional única e incontestable salvo que una dictadura imprima ese sello unificador. Del mismo modo, no hay una literatura boliviana. Hay una literatura cruceña, una colla y una paceña, y esta tampoco queda tan claro que no esté dividida en una capitalina y otra de El Alto. Podríamos extendernos hasta el hartazgo y plantearnos la misma idea de una literatura que no sea individual y, por lo tanto, incomunicable.

Y sin embargo, no es así. La escritura de cada uno de esos autores termina abriéndose paso desde el particular rincón desde donde escriben, ese tercer mundo propio y construido por ellos mismos como dijeran Deleuze y Guattari, para llegar a tantos. Y entonces convertirse en una literatura pluriescritural, híbrida y polimorfa, que es un fiel correlato de la complejidad de la sociedad y la nación boliviana. Acaso sea ese uno de los motivos de la renuncia de las multinacionales de la edición en castellano de mantener un pie en territorio boliviano. Pero esto, lejos de verse como un obstáculo para la difusión de las escrituras bolivianas debiera entenderse como una oportunidad para densificar esa literatura multiforme. Una literatura hecha de mil, un millón, de escrituras. Una literatura sin historia, sin características definidas y, por tanto, sin lastres.

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