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Vera de Rada, hombre de talento

La curadora y gestora cultural Norma Campos reseña la más reciente novela de Ignacio Vera de Rada, publicada en Bolivia por Plural Editores.

Acaba de publicar su novela titulada Valentina y Natalia: Novela epistolar.

Acaba de publicar su novela titulada Valentina y Natalia: Novela epistolar. Foto: Andrés Torrico

La Razón (Edición Impresa) / Norma Campos V. / Crítica de Arte y Gestora Cultural

00:02 / 17 de octubre de 2018

Ignacio Vera de Rada acaba de publicar, primero en Madrid, España (editorial Lacre), y luego en Bolivia (Plural Editores, en el marco de la XXIII Feria Internacional del Libro 2018), su última obra; esta vez es una novela, titulada Valentina y Natalia: Novela epistolar.

Ignacio es un hombre de una curiosidad intelectual poco menos que infinita; fiel discípulo de su maestro Goethe, ninguna disciplina intelectual escapa a la mirada inquisitiva e inquieta de su espíritu. Pinta, dibuja y escribe al mismo tiempo en que estudia la sociología americana, las lenguas clásicas y las matemáticas. Ignacio no es el escritor de su nación, nunca podrá serlo. En cambio, pertenece más que cualquier otro boliviano al mundo. Su mirada universal —reflejada en sus ensayos, crónicas, reseñas, columnas periodísticas, dibujos, poemas y hasta en su misma vida— otorga la imagen de un hombre concentrado en develar lo más profundo de la naturaleza humana y la idea de un joven orientado por descifrar las cosas más trascendentales que conciernen al mundo. Joven de muchas luces, solamente un buen ingenio como el suyo pudo haber engendrado una novela como Valentina y Natalia.

Esta obra suya, que parece ser su vida misma contada por los versos de un poeta alemán del romanticismo, devela a un escritor que no solamente ya ha bebido las más dulces mieles del amor, sino también los más amargos vinos del sufrimiento en todo orden. En general, la trama del relato es terriblemente desgarradora y, por lo mismo, posee una fuerza sugestiva como poseen las obras artísticas más logradas. Solo el que percibe la rapsodia de su vida como fuente de arte puede generar tal fuerza evocadora de emociones; solo el que ve en su destino el destino de su obra puede generar en su arte tal pureza, tal mácula, tal vicio, tal brillo; solo el que se prohíbe de estar en el exterior de su obra, mientras que la alegoría de su agitada vida es el mejor alimento de su creación, logra captar el interés general. En conclusión, en el género novelístico, solo el que es capaz de representar seres humanos valiéndose de su propia vida puede llegar a cumplir la misión del novelista.

Jacob, el héroe de esta conmovedora narración, es un hombre apasionado, creativo y de una franqueza que linda en la desfachatez. Tímido y recatado en su niñez y enamoradizo y ardiente en su juventud, su existencia culmina en una síntesis fatal que es paradigmática en el relato romántico: el suicidio. Es un artista porque observa la naturaleza y trata siempre de sacar partido de ella, haciéndose imágenes y poesías con las flores y huertos de la finca que visita siempre, dando paseos montado a caballo. Las pinturas que hace de la naturaleza en sus cartas son exquisitas. Y vive años de idilio, de ilusión, pero imposibles de poder prolongarse sin peligro. La tormenta era inminente.

Sin embargo, más que de la obra en sí misma y que lo que un crítico literario erudito podría decir sobre ella, quiero escribir sobre las singularidades del autor de este libro y sobre su creatividad. O quiero hacer, más bien, una relación de la novela con el pensamiento y el ingenio de su autor.

¿Obra autobiográfica? ¿O una novela en clave? ¿Quiénes están detrás de los nombres de Valentina Q. y Natalia B., las dos jóvenes que dan el título a la novela? No lo sabemos, porque en la vida de este escritor (poeta que tiene en alta estima el género femenino) se cierne como un halo de misterio, como un velo que oculta lo que ocurre en una mente y un corazón que no dejan de pensar ni de sentir. Si fuera la historia de su vida, aún no podemos distinguir las partes ficticias de las reales y verdaderas. Sí podemos decir que hay muchos puntos en común con el Werther de Goethe: el apasionamiento, el tedio de la vida, la poesía, el arte, la pintura, la naturaleza y las campiñas, la idealización de la mujer y la muerte… En medio de esta incertidumbre, lo que sí sabemos es que Ignacio no se ha quitado la vida, por muy dura que se le haya presentado —como a todo creador—, y que sigue afirmando su existencia en su realización como ser humano, como hombre. Ha decidido estar más vivo que nunca y seguir creciendo como artista.

Valentina y Natalia es de esas novelas que deben ser leídas varias veces, porque en una nueva lectura hay siempre un nuevo secreto o una nueva enseñanza. De la misma forma Vera de Rada, con quien sostuve largas e numerosas conversaciones hasta hace un tiempo, es una persona cuyos pensamientos descubren siempre algo nuevo que no había sido entrevisto en una anterior plática con él. Reservado y tímido, su personalidad es rugiente y estremecedora. Su tono de voz formal y discreto anuncia a un hombre recatado y distraído, pero su mirada penetrante consigue transmitir un mundo de pensamientos que se mueven desordenados mientras habla, o todo el tiempo. Tiene 23 años y se halla en una etapa en que su imaginación está henchida de imágenes y pensamientos.

Porque entre los que piensan y escriben, hay figuras que están sujetas a una interpretación constantemente renovada; el valor de esas personas no puede ser determinado a primera vista, hay que esperar su madurez, y ni incluso de maduros se sabe quiénes son realmente, porque están en constante cambio y reformulación; se transforman en su arte. Fecundos e inquietos, sus obras son como caminos por donde los podemos hallar y por donde se busca la belleza.

Ignacio es hoy un valor de las letras nacionales, mañana lo será de América, pero pasado mañana pertenecerá seguramente al mundo.

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