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‘Lámina y pintura’: una lista de temas a tratar

El premiado grupo cruceño Teatro A Lu-K presentó su mirada sobre los problemas mundiales.

El grupo cruceño Teatro A Lu-K. Foto: Christián Calderón

El grupo cruceño Teatro A Lu-K. Foto: Christián Calderón

La Razón (Edición Impresa) / Camilo Gil Ostria / Crítico

01:13 / 12 de julio de 2018

Dos hombres quieren salir del taller en el que trabajan, desean cambiar sus vidas y proclaman que la solución es siempre seguir andando. Empieza el listado. Borrachera perpetua de la arena cayendo a través de las manos de, uno de los protagonistas, Albino: símbolo universal del olvido, de lo que pasa sin ser notado, sin dejar marca, de lo que pasa sin ser sentido, de ese otro o subalterno. Arena destinada a marcar el paso del tiempo, la muerte y la fragilidad de la memoria. “No somos nada”, exclama el protagonista, Pangara, y tiene razón.

El marica se disfraza de pollo y el macho de chef. Espejo distorsionado por gritos, por acordeones que se tocan tras escena, por cantos populares, que refleja machismo, homofobia (y homosexualidad, llena de “inocentes” toqueteos), xenofobia (y lo que acompaña las peripecias del migrante), hipocresía, crítica artística (porque hay obras que “se entienden y obras que no se entienden” y ni hablemos de Galeano), problemas de alcohol, de política (y que todos son corruptos, incluso él, antes de entrar a esa gran maquinaria, y, al final, ¿entra?), sobre la muerte (de la esposa de un gay que, al parecer, también es feminicida, ¿será por gay y se disfrazará de pollo porque comer pollo te vuelve, ya sabes, por las hormonas, homosexual?), la vida, los teleféricos (en todos los colores del arco iris, ¿será un guiño a la comunidad LGTB?), la ausencia de cambio, y (no digo “finalmente” que esta enumeración de temas podría jamás acabar) la verdad, pero claro, la verdad del teatro que no es la misma verdad de la de verdad, pero que es más verdadera que esa otra verdad (se entiende, ¿no?). Todo en un lenguaje bastante florido, bastante gritado, poco menos cantado y a lo camba (hasta con estufa en escenario), ciertamente distanciado y con conciencia metateatral: la voz del actor y del personaje se diferencian y ambas hablan. Solo algunas cosas se yuxtaponen, después, cada tema, tiene sus quince segundos de fama.

Lámina y pintura, obra de teatro traída desde Santa Cruz por el elenco A Lu-K, me dejó con la misma sensación de mi párrafo anterior, pero no por haber sido sumamente compleja, sino por lo contrario: trató de abarcar demasiados temas, trató de hacer que la realidad de una sociedad llena de males y prejuicios esté presente en el escenario. Pero el acontecimiento teatral es, quizás, mucho más intensa cuando se centra en un tema y lo trabaja a profundidad, lo construye a detalle. Ya el defensor del Arte Bruto, Jean Dubuffet, dice que el problema cuando una obra de arte trata de dar enseñanzas morales es que, en la mayoría de los casos, no sobrepasa lo que el público ya sabe (sí, matar mujeres está mal, también objetivarlas, también no respetar a los maricas o poner un muro en tu Trump, digo, frontera, todos conocemos lo políticamente correcto, sino simplemente necesitas darte una paseadita por Facebook para recordarlo, aunque valga aclarar que no por saberlo lo hacemos).

Sin embargo, creo yo, no es solo el tema el que define una buena o una mala obra (gran ejemplo de buena obra con un tema lleno de moralejas como ésta es Dime que me amas, monólogo interpretado por Bernardo Arancibia y dirigido por Freddy Chipana). Es también la forma, cómo se decide montarla. Lámina y pintura opta por una puesta en escena realista: el taller donde trabajan los dos protagonistas tiene posters de tono ligeramente erótico (como cualquier taller respetable) pegados en los muros, hay sillas, cajas de cerveza, mesas, absolutamente todo lo que habría en un taller de verdad (bueno, faltaron las herramientas, pero como nunca los vemos trabajando no afecta y, bueno, también faltó una radio, pero como tenían a un músico entonces tampoco afectaba… creo que se entiende que jamás se podrá poner un taller en el teatro, ¿no?). Lo que sí rescato es que cada elemento se utilizó durante la obra (de hecho, tal vez algunas cosas se sobreutilizaron), también algunas imágenes de gran potencia metafórica (el político yendo de silla en silla, tras el silbido de Albino, quien en ese momento es, o parece ser, una representación del poder).

Finalmente, debo recalcar que, cuando yo fui, había solo seis personas y que, día antes, solo había una: aun así este elenco que llegó desde Santa Cruz dio todo su ser en el escenario. Las actuaciones (aunque a momentos demasiado exageradas, poco naturales y que resaltaban ante la puesta en escena realista) estaban llenas de energía: los dos protagonistas eran, como ellos mismos dicen, un estorbo, pero un estorbo que se siente en el escenario... y que cada quien saque sus propias conclusiones.

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