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‘La La Land’

No es que la película carezca de atractivos, pero tampoco es el prodigio inaugural del renacimiento de la comedia musical.

Imagen del film ‘La La Land’

Imagen del film ‘La La Land’ Foto: eestatic.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - Crítico de cine

00:00 / 12 de marzo de 2017

Para la estadística y el mercadeo queda constancia: con sus 14 nominaciones el opus tres de Damien Chazelle igualó el récord de postulaciones al Oscar, en otras tantas categorías, al anteriormente detentado por La malvada (Joseph L. Mankiewicz/1950) y Titanic (James Cameron/1997). Acallado empero ahora el barullo

—con seis igualmente excesivas figuritas—, siempre activado a modo de cebo masivo antes de la escenificación del reparto anual de estatuillas, tal dato numérico queda reducido a la mera, pequeña, dimensión anecdótica que en verdad tiene. Salvo eventualmente para quienes —los hay de seguro—, profesan aún la creencia de que el número de tales nominaciones vale sin más para calificar la calidad del título en cuestión.

Que el agraciado receptor de semejante cantidad de menciones por sus pares sume tan solo 31 años de edad es otro condimento matemático propicio en esta época en la cual la contabilidad ha tomado el lugar de la filosofía. Al fin y al cabo Orson Welles tenía 25 cuando rodó El ciudadano, si de ese tipo de epopeyas se tratara.

En fin, ahí está La La Land para echar por tierra, de nuevo, la apuntada inferencia. Y no es que la película de Chazelle carezca de algunos atractivos, valga anotarlo de entrada, pero tampoco es el prodigio inaugural del renacimiento de la comedia musical según ofrece y proclama su estrategia publicitaria.

Atrapados en un atasco endemoniado en las afueras de Los Ángeles —¿alusión a Cortázar?— cientos de conductores(as) intentan disimular (mal) el enojo provocado por la situación, hasta que una de ellas, luego de subir el volumen de su radio, decide apearse bailando, decisión imitada al instante por los y las demás afectados(a) quienes canjean súbitamente su bronca por una irrefrenable euforia danzante registrada en plano secuencia, movimiento de grúa incluido para elevarse a las alturas, metafóricamente hasta el cielo mismo, y abarcar en un solo encuadre semejante multitudinaria eclosión de entusiasmo.

Tal prólogo desvinculado de la trama, de apenas tres minutos de duración, anuncia lo por venir en el resto del metraje: una heterodoxa mezcla de ingredientes tomados del melodrama y del musical con sus raíces en los cuentos de hadas; el desbocado exhibicionismo del director en el intento de mostrarse perfectamente al corriente de los grandes, y no tanto, musicales justamente de los 30’ en adelante, citados a mansalva, en poco menos que cada secuencia, hasta engrosar un catálogo desafiante para los cinéfilos más memoriosos; el recurso de igual manera indiscriminado en el tratamiento de la trama, a los tópicos argumentales.

En el terreno de las referencias las hay, obviamente, desde a Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen, Gene Kelly/1952), título icónico del género, hasta a New York, New York (Martin Scorsese/1977) y Corazonada (Francis Ford Coppola/1982), pasando por Fama (Alan Parker/1980) y un inacabable etc. ¿Saqueo desaprensivo? ¿Pedantería exhibicionista? ¿Adhesión a la moda del reciclaje? De todo eso, y algo más, un poco. 

Respecto a la trama, ésta se centra en el esquivo romance entre dos personajes atascados también en el empeño de hacer realidad sus ilusiones de notoriedad, justo en medio de la tierra donde las fantasías y las pesadillas se manufacturan para consumo del planeta entero. ¿Esquinada ironía apuntada a Hollywood? Me permito ponerlo en duda, más bien se me antoja lo contrario, no obstante el camuflaje de esa suerte de pesimismo que vetea algunos momentos de la historia, o las reflexiones en voz alta de Sebastian sobre el saqueo del jazz, desnaturalizado por las variantes comerciales de su explotación en el modo de música ambiental de restaurante.

En fin: Mia aspira a convertirse en actriz mientras gasta sus días como mesera de un café de los estudios Warner Bros, tropezando una y otra vez con el maltrato en los castings a los cuales acude perseverante con la ilusión intacta. Sebastian solo desea tener su propio café donde dar rienda suelta a su vocación musical reviviendo los tiempos dorados del jazz clásico. Mientras tanto malvive interpretando a regañadientes cualquiera de los ritmos de moda instruidos por sus circunstanciales empleadores.

Entre ambos el azar ¿cupido agazapado? provoca tres encuentros, mientras las estaciones se suceden, recurso traído a colación —y debidamente señalado con los respectivos subtítulos impresos a cada episodio, por si algún espectador no cae en cuenta— para acentuar la atmósfera que va envolviendo la huidiza relación de la pareja. La primera vez que se ven de manera fugaz es en medio del embrollo vehicular devenido en fandango. La segunda justo cuando el irascible Sebastian está siendo despedido por el propietario de pocas pulgas del local donde se ganaba los garbanzos como pianista, provocando la burla de Mia. La tercera en medio de una celebración matrimonial, animada por un grupo de música pop al cual él se vio forzado a sumarse. De nuevo el episodio gatilla el sarcasmo de ella.

Pero este último episodio, a diferencia de los otros dos, termina por arbitrio del guion en el calco ya mentado de la fábula de hadas, con el dúo zapateando a todo vapor un tap en cierta colina de Los Ángeles, momento propicio para el encaminamiento del romance así como para ratificar que, tarde o temprano, allí, en la circunscripción de la fábrica de sueños algunos cuando menos se tornan verdad. Claro que Chazelle rehúye astutamente el happy end conspicuo mediante una especie de sublimación de su revés.

Está fuera de discusión la habilidad del realizador en la manera de planificar los movimientos de cámara y conjugarlos con las coreografías, consiguiendo ocultar en parte la arbitrariedad de varias situaciones metidas con calzador en la historia así como la chatura de esta misma. Del mismo modo como sería injusto disminuir el trabajo de interpretación de Gosling y Stone sobreponiéndose a los huecos de la historia y a sus propias limitaciones para un género que demanda un despliegue corporal y vocal que les resulta ajeno.

El pesimismo que vetea las situaciones vividas, incluyendo con la escena de la vieja sala a punto de cerrarse una nostálgica despedida al cine que fue, y su transfiguración gracias a la fórmula mágica del amor finalmente encontrado —si bien el final, que no conviene revelar, pone una nota de suspenso sobre el particular—, marcan el esfuerzo del realizador, solo compensado a medias con el resultado, para conciliar las dos vertientes genéricas arriba mencionadas, entregando en definitiva un entretenimiento sobrevalorado en su real contextura cinematográfica.

Ficha técnica

Título original:  ‘La La Land’ 

Dirección: Damien Chazelle 

Guion: Damien Chazelle  

Fotografía: Linus Sandgren

Montaje: Tom Cross 

Diseño: David Wasco

Arte: Austin Gorg

Efectos: Chris L. Ward, Steve Shines, Kathy Chasen-Hay, Chris LeDoux

Música: Justin Hurwitz 

Producción: Fred Berger, Michael Beugg, Gary Gilbert, Jeffrey Harlacker, Jordan Horowitz, Mike Jackson, John Legend,

Intérpretes: Ryan Gosling, Emma Stone, Amiée Conn, Terry Walters, Thom Shelton, Cinda Adams, Callie Hernandez, Jessica Rothe, Sonoya Mizuno, Rosemarie DeWitt. USA/2016

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