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Julio Barragán: Si discuto, pierdo

Director, compositor y arreglista, Julio Barragán falleció en La Paz a sus 66 años el pasado fin de semana. Exigente con su trabajo, marcó huella en quienes trabajaron con él

Julio Barragán

Julio Barragán Pedro Laguna-archivo

La Razón (Edición Impresa) / Daniela Renjel Encinas - una de sus solistas.

00:00 / 12 de marzo de 2017

Eran las 20.00 cuando mi cuñado llamó para decirme que Julio había fallecido. De un ataque cardiaco y que la Policía estaba allí, dijo. Rumbo a su casa, yo revivía imágenes llenas de música, admiración, placer y hasta disgustos, ya que trabajar con él tenía un precio que no siempre fue fácil de pagar.

Lo conocí, como la mayoría de sus solistas, a fines de 2011, cuando la Orquesta Sinfónica lo trajo de Santa Cruz para que dirigiera a las “mejores voces de La Paz” y, convencido de estar frente a tales, mostró su entusiasmo de inicio, así como ningún reparo en decir a dos de ellas, durante el tercer ensayo: “Gracias, pueden irse”, porque sintió que en algo no le servían. Para ese concierto navideño debimos ensayar unas 20 veces un solo villancico, y estoy segura de que salió casi perfecto, aunque nosotros, poco acostumbrados a trabajar de esa forma, no entendíamos por qué nunca perecía estar como él quería y se mostraba tan poco paciente al error.

En medio de esa perplejidad comenzó nuestra relación. El master —que entonces era simplemente Julio para mí— era un ser atípico en el mundo boliviano: alguien irascible frente a las excusas, la impuntualidad, la falta de trabajo o de concentración cuando él marcaba los efectos que buscaba y que no pocas pudimos soportar. Algunas ofendidas por su mal carácter nos retiramos de las filas, a título de que “nadie nos había tratado así”: otros, en cambio, se quedaron y comenzaron a conocerlo, a dar lo que él buscaba y a descubrir la tremenda sensibilidad que existía en aquel hombre malhablado, gritón e incapaz de sostener una discusión con quien quisiera reclamarle alguna “injusticia”: “Si discuto, pierdo”, decía, y si algo odiaba de verdad era el conflicto. Quienes se quedaron con él durante ese año comenzaron a entender antes que yo su emoción cuando algo sonaba bien, su necesidad de bailar y llenarnos de halagos; su capacidad para transmitir lo que había de sublime en lo que hacíamos.

Hace unos días habíamos presentado Boleros, género del que yo poco disfrutaba hasta conocer sus arreglos. Estaba feliz con el resultado y más porque estos ensayos los había hecho con dolor y, seguramente, a su vez la música se lo había disminuido. Sabía que la gente iba a disfrutar mucho, pero lo que no sabía era cómo iba a disfrutarlos él, al punto de que lo que llamaba falta de aire “por la felicidad” luego de las funciones, era la prueba de un corazón al tope por el cigarro y por haber sentido tanto.

Ese hombre estaba en su cama, desde hacía tres días, cuando llegamos. El master no respiraba más, ni compondría más, ni arreglaría más música pensando en nosotras. Se había ido como había decidido vivir: solo y como le daba la gana, un domingo de Carnaval, en silencio, como amaba llevar adelante sus ensayos, sin pensar en lo que haríamos quienes lo encontráramos sin vida, con su cuerpo y con nosotras mismas.

  • HOMENAJE. En la misa de cuerpo presente, las coreutas con las que trabajó le dedican uno de sus arreglos: ‘Gracias a la vida’, de Violeta Parra. Foto: Miguel Carrasco-archivo

Se había ido el hombre que un día podía quitarte un solo, porque no sonaba como quería, pero otro podía invitarte a tomar café, si sabía que estabas mal y tenía algo para decirte. El que podía mostrar gran indiferencia con una solista y llamarle al día siguiente para decirle que en el último ensayo se había emocionado escuchándola. Él, que amaba la primera Gymnopedie porque le recordaba a su hija, a quien había criado, me dijo, como mejor había sentido, escuchaba desde algún lugar cómo intentábamos a toda costa mantenerlo lejos de la morgue, adonde se lo querían llevar, porque no nos creían que se había muerto solito.

Sigo sin saber si somos las mejores voces de La Paz, pero él no ha dejado de tratarnos como tales. No solo en menciones, sino en la medida de sus exigencias para con nosotros. Ha dado un salario por cantar para él, lo que ha sido el mecanismo simbólico para fortalecer la profesionalización que siempre ha buscado. Nos ha movido a asistir a los ensayos con las partes aprendidas, “porque él venía a hacer música, no a enseñar notas”, garantizando el rendimiento del tiempo y la calidad en la interpretación, para, un día, decidir que cantaríamos sin partituras, memorizándolo todo. Y así lo hicimos, escandalizadas al principio, sufriendo después y listas al final, porque él nos hizo creer que se podía y era nuestro deber dar la talla para brindar no un concierto, sino un espectáculo al público.

No sé si somos los mejores, insisto, pero sí sé que se ha ido quien ha sacado lo mejor de nosotros. “Barragán Saucedo”, como le gustaba llamarse al estrechar una mano como signo de complacencia, ha marcado un antes y un después en la música vocal boliviana. No tengo idea de qué haremos ahora. Solo sé que nada será lo mismo sin/después de él.

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