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Juego de Tronos, reafirmación del espectáculo

La distancia que se tomó entre la obra literaria y la traducción al audiovisual culmina en show.

Escenas de la serie 'Juego de Tronos'

Escenas de la serie 'Juego de Tronos'

La Razón (Edición Impresa) / José Luis Durán - crítico

00:00 / 24 de abril de 2019

El mundo fantástico de la serie Juego de Tronos expone una clara diferencia con importantes marcos comparativos como la mitología de Tolkien, en términos más directos. Si bien existen productoras interesadas en llevar a la televisión universos expandidos y de fantasía medieval como El Señor de los Anillos o The Witcher, como clara consecuencia al éxito de HBO, existe una crucial línea divisoria que acerca a Juego de Tronos más a una reacción de novela picaresca en contra de ficciones idealizadas. O la acercaba…

La épica es clara en la trilogía de El Señor de los Anillos, con personajes que no solo exponen una belleza superficial y física, sino que además se les adhiere dotes de valentía y lealtad que llegan a la ausencia de la derrota misma. Personajes que representan una sociedad y que transcurren en el tiempo, al igual que Aquiles y Héctor. Sin embargo, cuando uno ingresa en la ficción de G. R. R. Martin se encuentra con un contexto menos idealista, con caballeros juramentados que abusan de su título para cometer atrocidades, o que exponen cobardía, una sociedad violenta en constante tensión y personajes con los que cuesta identificarse y formar empatía: un enano que pierde la nariz, un hombre tan leal que llega a la credulidad, un hombre simpático que pierde la mano con la que mejor manejaba la espada, etc. Estas diferencias hacen que la comparación no solo se expanda con otras tramas, sino que desaparezca con épicas como las de Tolkien.

Pero, aunque muchos secretos y microrrelatos fueron resueltos, el desenlace de la séptima temporada de la serie de HBO culminó reivindicando la independencia de la serie televisiva de los libros. Juego de Tronos es ahora una superproducción televisiva que se acerca cada vez más a un blockbuster que a una historia trágica e impredecible donde no necesariamente existe el bien y el mal, sino el juego de intereses y subjetividades.

Esta desmesurada búsqueda de independencia ya se hizo clara desde el final de la cuarta temporada, pues es en este periodo donde Juego de Tronos dejó de sentirse como Canción de Hielo y Fuego (el título de la saga literaria). La tensión que las posibles consecuencias que cada suceso en la trama podría traer, se disolvió hace tres años. La desconfianza que cada personaje traía consigo, por el propio núcleo humano que G. R. R. Martin le dotó a su universo de fantasía, el cual viene acompañado de lo subjetivo y relativo, ahora está perdida.

Los grandes productores no son escritores, y la serie de HBO es una visible frontera entre el arte y el producto de masas. El primero caracterizaba a la novela de Martin: una historia cruel, frustrante e intensa. La segunda, obviamente señala a la serie televisiva que ahora es predecible (aunque aún esperamos que esto no suceda), caracterizada por la victoria del bien sobre el mal y del encuentro amoroso de una mujer y un hombre, ambos elegidos para salvar al mundo.

En el espectáculo ya no nos preguntamos el “qué pasará” sino el “cómo pasará”, porque, obviamente, sabemos que los vivos saldrán victoriosos (aunque aún esperamos que esto no suceda), pero esperamos emocionarnos observando fielmente cada acontecimiento. Lo que limita a esa o esas batallas al simple recorrido del show; es decir, la emoción de ver esos encuentros, sus pormenores, y el final que sabíamos que llegarían, en una serie de imágenes y sonidos: un circo, que después de todo aun emociona, pero no sorprende.

Pero, aunque aún existen lectores de los libros que ratifican la trama de los textos, es imposible no sentirse emocionado por la llegada de la nueva temporada del Juego de Tronos de HBO. Es una lucha de vivos y muertos, con un Rey de la Noche que, en cuanto a su estética, emana la maldad, y héroes y heroínas simpáticos que se enamoran entre sí, para obtener la empatía del público, y lo consigue, aunque Poniente no es un continente de héroes; sino un lugar bélico, amoral, que no posee ideología ni ética; gris y sangriento, donde nadie se preocupa de los más débiles, son asesinados y violados en las carreteras. En fin, ahora solo queda esperar el final de la serie, un show espectacular.

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