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Joaquín Sabina vivir para cantarlo

Su música forma parte de la banda sonora de tres generaciones. Tras siete años de silencio, reaparece con ‘Lo niego todo’, en el que funde lo confesional con el sarcasmo.

Cantautor. Nacido en Úbeda, en la provincia española Jaen, Sabina jamás soñó con el artista en que se convertiría.

Cantautor. Nacido en Úbeda, en la provincia española Jaen, Sabina jamás soñó con el artista en que se convertiría. Foto: eluniversal.com.mx

La Razón (Edición Impresa) / Amelia Castilla / El País

00:00 / 19 de marzo de 2017

Seis gatos, una mesa de billar, sombreros, cajas antiguas, una primera edición de Madame Bovary, el traje de grana y oro con restos de sangre que le regaló José Tomás… Su casa, un edificio antiguo en pleno centro de Madrid al que le ha ido ganando plantas, podría visitarse como un gabinete de curiosidades, recuperadas por alguien que ha dado varias vueltas al mundo con “alma de chamarilero”. Joaquín Sabina (Úbeda, 1949) recibe en el sofá con su atuendo de eterno adolescente, su paquete de Ducados y un chupito de tequila bien frío que, al terminar la charla, se habrá multiplicado por cinco.

Ha vendido 10 millones de discos y cuenta con un público que adora su música y sus vicisitudes existenciales pese a que el paso del tiempo lo ha encerrado en su casa, donde recibe a los amigos. Bueno, recibe o cancela cita, porque tiene fama de ser el mejor cancelador del mundo. Guasón, incontinente verbal y mujeriego, puede permitirse el lujo de dormir cuando siente sueño y comer cuando tiene hambre. Ya no sale solo por miedo a perderse (“es que tengo mucho peligro”) y porque la cosa se ha complicado con las selfis y el afecto de los seguidores empeñados en demostrárselo, lo mismo en Madrid que México, Buenos Aires o La Habana. Hace más de una década que los amigos noctámbulos no disponen de la llave del domicilio. Jimena Coronado (la Jime, como llama a la mujer que le salvó la vida) cambió la cerradura sin contemplaciones. Desde que dejó de perder gloriosamente la vida en los bares, la fotógrafa peruana ejerce de amante y madre vigilante. Viaja a su lado incluso en las giras. Acaso sea ella la venus latina que le dio la extremaunción.

Pero la tranquilidad y la felicidad doméstica “con minúsculas” no favorecen la expresión artística. A sus 68 años, Sabina sabe que la vejez no resulta sexy, especialmente para los amantes del rock. Después de siete años de silencio musical, sentía que la desgana había hecho mella en su trabajo como compositor. Contar lo largas que son las resacas cuando entras en esa etapa de la vida en la que ya formas parte de la población de riesgo “no le importa a nadie un carajo”. Hacer discos le parecía casi un trabajo de oficina, le faltaba emoción e inspiración para escribir y grabar. Cada vez que escucha alguna canción antigua suya que le gusta, piensa que ya es incapaz de hacer una como esa. Sin embargo, el nuevo disco parece haberle devuelto cierto optimismo, ha recuperado la alegría de cantar sus temas, algo que no le sucedía desde que grabó 19 días y 500 noches (1999), su trabajo más sólido.

Antes de arrancar con Lo niego todo, el decimoctavo disco de estudio de su carrera, publicado este viernes, decidió mirarse al espejo y hacerle burla al “juglar del asfalto”, al “profeta del vicio” que anunciaban los titulares de los periódicos hasta provocarle arcadas. Quería negarlo todo, incluso la verdad, y para transformar ese universo viejuno en el sonido de Sabina, con la rima y el adjetivo justo, decidió formar un trío ¡laboral! Buscó frescura en un compositor joven como Leiva, cantante de Pereza, que se ocupó de la producción, y la rima de un poeta amigo como Benjamín Prado, su escudero más fiel. “Toda la vida he tenido encima eso de envejecer con dignidad. Hay una canción que escribí cuando tenía 20 años que dice que envejecer con dignidad es una blasfemia. Somos una generación que se plantea envejecer sin dignidad, seguir siendo jóvenes aunque por dentro estuviéramos hechos mierda”.

Y ahí está sentado, haciendo honor a su leyenda de superviviente, completamente recuperado de una operación de divertículos. Solo cuando se encuentra de promoción, como ahora, recibe o se pliega a los horarios que imponen las galas. Latinoamérica primero y luego España podrán verlo durante los próximos meses.

La expectación que genera su vuelta al ruedo ha superado todas las previsiones: las entradas se agotaron al poco de ponerse a la venta. Sabina arranca la gira a pelo. Sin médico personal, ni pruebas de sonido. En el camerino necesita un espejo y hacer gárgaras con sal y limón para preparar la voz. Un detalle que, dada su fama, le ha jugado malas pasadas. “Tenía un poco en un platito y creían que me estaba metiendo cocaína. La sal ayuda a generar saliva y que no se quede la boca como una alpargata. En las primeras canciones se me pega la lengua al paladar y te viene muy bien un poco… Me lo dijo la Caballé, y ¡claro, si te lo dice la Caballé…!”. Bueno, un poco de sal y, si acaso, un par de tequilas: “La mejor bebida del mundo para cantar”.

Hasta ahora, no ha hallado una terapia para cuidarse en esos días de nervios y locura de la gira. “El primer concierto suele ser bastante malo, luego mejora.

Tengo mis manías, no veo el escenario hasta que salgo a cantar y ya no hay más remedio. Me da tanto miedo que si me pongo a probar sonido no lo haría”. Justo antes de saltar a la arena se pelea consigo mismo diciéndose que es un viejo arrastrado y que a sus dos hijas les dará vergüenza oírle. “Siempre crees que los vas a defraudar. Te salva que, aunque estés mal, a ellos les va a parecer bien porque la música posee una capacidad de transmisión enorme”. Luego se pone el bombín y al toro. “Superviviente, sí, no me cansaré de celebrarlo. Viví para cantarlo”.

En su nuevo testamento vital, resumido en 12 temas, no podía faltar un clásico: el desamor. Postdata arranca como un corrido, con la voz de Sabina recitando más que cantando, para desembocar en los acordes del rock. “La poesía no acepta ese punto cursi que tan bien encaja en una canción. Y yo no solo no huyo de ese punto, sino que lo busco a conciencia. La letra debe tener rabia, servir de hombro para el que llora, ser solidaria con el que sufre y algo más que nadie sabe lo que es y es lo que importa, la magia”. Compuso temas memorables sobre el desengaño, que ya forman parte de la banda sonora de tres generaciones. Era virgen hasta que una periodista de la revista Dunia le afeó que no incluyera ese registro sentimental en su discografía. Arrancó con Así estoy yo sin ti, se aficionó y le “empezaron a dejar mujeres”.

Sabina tiene ahora un sueño, conseguir que Postdata, esa canción “con un aire a José Alfredo”, como sucede con dos temas antiguos (Y nos dieron las diez y Camas vacías), pase a formar parte del repertorio de los mariachis. “Me las cantan muchas veces sin saber que soy yo. Uno incluso me dijo que Y nos dieron las diez la había compuesto su cuñado”. El sueño sería completo si además la acaban interpretando, como parte del repertorio, las orquestas de los pueblos. “Esa es la cosa más emocionante” que le ha pasado a alguien que no soñó con el éxito. En sus sueños de adolescente ni una vez se le pasó por la cabeza ser cantante.

“Pensaba que acabaría dando clases de literatura española en un instituto machadiano y que los fines de semana crearía una gran obra incomprendida por la mayoría”. Pero el destino lo arrastró en otra dirección. “Fui okupa en Londres cuando no existía esa palabra en español y vivía de tocar en los bares”. Completó su escuela en La Mandrágora, el local madrileño donde, pitillo a pitillo, con su amigo Javier Krahe, aprendió a dignificar las letras. “¿Qué otra cosa podía hacer con mi voz rota?”. Nunca imaginó que iba a cantar en el Royal Albert Hall de Londres o en el Olympia de París, donde debuta este año. Asume que sus letras se han literaturizado porque en la última época se ha juntado más con poetas que con músicos. “Mis canciones se han intelectualizado, incluso, excesivamente. En este disco, teniendo cuidado de no perder rigor, he tenido que desintelectualizarme”.

Le sigue gustando este oficio que propone viajar a lugares jamás soñados, arropado por un idioma que hablan 500 millones. “He actuado en Nueva York varias veces y, la primera vez, sales y saludas con un ‘good night, New York’, luego dices buenas noches porque el público pide que le hables de tú. Así de importante es nuestra lengua. En Tel Aviv metí 6.000 personas y todos eran argentinos y uruguayos. Eso te hace apreciar mucho el idioma que tienes”.

Fuera de los focos, desde el observatorio de su casa, busca el contacto con las cosas que suceden leyendo un par de periódicos al día y haciendo zapping. No sabe qué es una red social, ni usa internet (si necesita algo se lo pide a Jime), pero parece muy seguro de que las cosas que realmente merecen la pena acaban saliendo en el papel. “Sé que me pierdo algo, que internet supone una revolución mayor que la imprenta, pero no tengo tiempo. Internet distrae mucho. Estoy muy contento de no usar teléfono móvil”.

No pierde el tiempo con los tuits, pero lee todas las cartas que le mandan aunque no contesta ninguna. Tras esas líneas de groupies agradecidos ha detectado que las que llegan de Latinoamérica están mucho mejor escritas que las de aquí. “Incluso la de la chica de 20 años con fantasías literarias que te habla desde Argentina te cita a Borges o a Cortázar frente a la española, que parece muy limitada con el uso del idioma”. Algo que achaca a los rigores de la inmersión lingüística, aunque personalmente le gusta cantar en catalán.

Contagiado por el espíritu de los poetas líricos (“Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero…”) con los que veranea, prosigue la búsqueda de primeras ediciones para su colección de incunables. “Es una pasión sobrevenida. Antes leía mucho, pero carecía de ese prurito, cuando me fui a Londres dejé tirada la biblioteca y a la inversa. Pero hará unos 20 años, con el grupo de Rota, al que le importaba mucho las primeras ediciones, me puse un poco de broma para joderlos y luego me enganché”. La última en llegar a la biblioteca fue Madame Bovary, alineada junto a manuscritos de García Lorca o de Borges.

Siempre le ayudó más un buen libro que una buena canción. Buen lector y mejor contador de historias, Sabina señala el traje de José Tomás, enmarcado en la vitrina del salón. Una broma entre él y el torero a raíz de Purísima y oro, una canción antigua dedicada a Manolete. “Me reprendió porque Manolete murió vestido de palo rosa y oro, que, a mi juicio, es más feo. Entonces el tipo, como nos queremos mucho, se hizo ese traje y después de dos tardes en Madrid y brindarme un toro me lo regaló, manchado con sangre”. A esa colección se unió otro de Talavante. Y acaba de hacer el cartel taurino de la feria de Olivenza, en el que se ve un picador y una lista de nombres, desde Goya hasta Picasso, porque la historia de España no se entiende sin la fiesta, “no discuto con los antitaurinos, son muy ignorantes pero están ganando la batalla”. Tampoco responde a los fanáticos que piden el boicoteo para un músico que actúa en Israel: “Los pecados nacionales son el cainismo y el sectarismo, y lo que dejamos de disfrutar por ello”.

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