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El Irlandés

El director estadounidense Martin Scorsese presentó su nueva película de la mano de Netflix.

Escena del film 'El Irlandés'

Escena del film 'El Irlandés'

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. crítico

11:00 / 12 de diciembre de 2019

No deja de ser un contrasentido, por lo demás perfectamente ejemplificador de los absurdos propiciados por las mutaciones que viene experimentando el espacio audiovisual merced a la guerra sin cuartel que enfrenta, en la disputa por el streaming, a las plataformas con los circuitos tradicionales de la exhibición fílmica, que una de las mejores películas estrenadas de un buen tiempo a esta parte solo pueda verse en unos pocos cines y por unos cuantos días. Acaba de ocurrir con esta magistral realización de Martin Scorsese, rechazada por todas las productoras tradicionales y por último financiada por Netflix, quién puso como condición su limitada exhibición en salas, de hecho en todas las capitales se estrenó en una sola para de inmediato pasar a difundirse en exclusiva por la plataforma en línea del nuevo pulpo digital.

El punto es que el regreso de Scorsese a la dirección luego de tres años, que bien podrían considerarse seis —después de El lobo de Wall Street (2013)—, considerando que en el ínterin tan solo puso su firma en la discutida Silencio (2016), se da con una obra claramente pensada para la pantalla grande y solo allí en condiciones de permitir disfrutar a cabalidad de la envergadura de su manejo visual y sonoro, a la altura de Buenos muchachos (1990), de acuerdo a buena parte de la crítica mundial, momento culminante de la filmografía de uno de los pocos autores cinematográficos, en el sentido preciso del término, todavía activos.

Basada en el documentado relato del fiscal Charles Brandt a propósito de los entretelones de la mafia en la década de los años 60, El irlandés sigue los pasos de Frank Sheeran, veterano de la Segunda Guerra Mundial con una destacada intervención en la invasión a Sicilia y en la decisiva batalla de Anzio.

El libro de Brandt titula I Heard You Paint Houses —en español “Escuché que pintas casas”, frase de uso común en el hampa para aludir a quienes asesinan por encargo—, describe justamente el periplo de Sheeran una vez regresado a su lugar de origen, donde se ganaba los pesos trabajando como camionero a cargo de un vehículo frigorífico dedicado al reparto de reses faenadas para su comercialización. En esa tarea, el protagonista cae en cuenta de la posibilidad de obtener algunos ingresos extras simulando ser víctima de hurtos diarios a su instrumento de trabajo.

Durante uno de tales episodios, la existencia de Sheeran experimentó una decisiva inflexión a partir de su circunstancial contacto con Russell Bufalino, capo del homónimo clan mafioso, asociado al de Angelo Bruno, otra figura de peso en aquel submundo con oscuros puentes hacia diversos ámbitos de la política, el sindicalismo y, en general, del poder.

No se trata, es bien sabido, de la primera mirada del director detrás de las bambalinas de aquellos ambientes, que conoció desde su infancia en la denominada Little Italy. Más bien vendría a ser una suerte de repaso integral a sus anteriores excursiones al lado oscuro del sueño americano, entre las cuales destacan nítidamente Calles peligrosas (1973); Casino (1995) ; Los infiltrados (2006), aparte de la ya mencionada Buenos muchachos.

Como en la última de las recién colacionadas, el protagonista es al mismo tiempo el narrador en primera persona de los eventos que el relato va entrelazando en un fluido ir y venir entre el pasado y el presente, que no deja en ningún instante lugar a la duda sobre la temporalidad que en cada momento circunscribe lo que vemos. Tal tersura narrativa, es justo apuntarlo sin demora, se debe en gran medida al preciso trabajo de montaje de Thelma Schoonmaker, colaboradora recurrente del director y, sin duda, una de las figuras más relevantes —de la historia del cine, me atrevería a decir— en esa especialidad técnica por lo general considerada una mera labor mecánica de ensamblaje de escenas, pero que en su caso se convierte en un aporte siempre esencial a la redondez de los emprendimientos del realizador.

Una vez enrolado en la familia Bufalino, Sheeran cumple los recados al pie de la letra, mostrando una eficacia inobjetable en su nuevo oficio de sicario responsable de sacar del camino a cualquiera que se atreve a molestar a su jefe o a interferir en sus intereses. En este punto, la puesta en imagen no escatima escenas brutales, dejando empero de lado ese regusto de espectacularización de la violencia que, por vía de acumular efectismos, a menudo acaba obrando como una naturalización de los excesos.

La estima de Russell Bufalino por su empleado acaba en una recomendación a Jimmy Hoffa, mítico y sinuoso dirigente del gremio de los camioneros, para contratar a Sheeran como guardaespaldas todo terreno. Hoffa desapareció misteriosamente en julio de 1975, sin que hasta el día de hoy se conozcan con exactitud los entretelones de su salida de escena, lo cual no impide a Scorsese proponer una tesis sobre el particular, internándose en las minucias de su ambigua relación con los Kennedy, pues si bien fue uno de los principales aportantes a la campaña que llevó a John a la presidencia, asimismo resultó uno de los blancos predilectos de Bob en su propio afán de notoriedad en el puesto de fiscal general.

Es por cierto la película más política de Scorsese, no solo por tales apuntes relativos a dos figuras icónicas del retablo demócrata, o por las pistas que ofrece acerca de las maniobras de Nixon y los republicanos para desembarcar en la Casa Blanca, también por el desmantelamiento implícito de la mitología bélica inflada por Hollywood al presentar al excombatiente Sheeran como una máquina adiestrada para matar sin el menor escrúpulo. O incluso para desplegar una furia irrefrenable cuando se entera de que su hija Peggy ha sido víctima de presunto maltrato por el almacenero de la esquina.

Dicho sea de paso, la mirada distanciada de esta última, sabedora de las atrocidades de su padre, es asimismo un apunte plurisignificante acerca de la atmósfera íntima de esas familias acomodadas al molde de un patriarcalismo intocable, perceptible de igual manera en la relación de los protagonistas con sus parejas a lo largo del viaje que Frank y Russell comparten en el primer tercio de la narración.

En todo caso, la furia que atraviesa el relato del primer al último minuto de las tres horas y 30 minutos del metraje, incluyendo los varios momentos cómicos desperdigados a lo largo del mismo, es uno de los ingredientes más notorios en el manejo del montaje, que corta, funde o detiene las secuencias con una sapiencia admirable. Esa cólera transversal a toda la historia es asimismo dosificada por la cámara y la iluminación, desde el largo plano-secuencia inicial en el asilo de ancianos donde conocemos al protagonista, desplazamiento que por momentos daría la impresión de entrecortarse cuando en verdad es un recurso para impregnar de tensión la atmósfera narrativa.

De tal género de sutilezas, cada vez más inusuales en una producción que ha optado en gran porcentaje por la obviedad o por la demasía efectista para maquillar su magro sentido pueden encontrarse infinidad en este trabajo de una madurez incontestable, que no resigna tampoco un atrevimiento que debiera provocar la envidia de realizadores mucho más jóvenes, apoltronados en el convencionalismo. Menciono otro ejemplo: los textos que aparecen sobrepuestos a los personajes dando cuenta de cuál fue su destino.

Es también notable el manejo de la banda sonora, uno de los ingredientes que pueden diluirse o verse opacados en la proyección en pantalla chica. Y desde luego no puede pasarse por alto la faena de tres figuras esenciales de la interpretación en la filmografía contemporánea: De Niro, Pacino, Pesci —que entregan lo mejor de su repertorio en esta suerte de tributo al cine clásico del siglo XX—, con la cual tampoco ninguno de los muchos otros intérpretes desentona en absoluto, aportando cada uno lo suyo para que, junto a los rubros técnicos señalados, los 210 minutos del metraje discurran sin tropiezos, caídas, vacíos o invitaciones al tedio en una obra merecedora de ser incluida en la nómina de títulos fundamentales de la producción fílmica de este siglo y, eventualmente, de la historia del cine, aun cuando tal vez sea demasiado apresurado concluir esto último.

FICHA TÉCNICA

- Título Original: The Irishman

– Dirección: Martin Scorsese

– Guion:  Steven Zaillian

– Libro: Charles Brandt

- Fotografía: Rodrigo Prieto

– Montaje: Thelma Schoonmaker

– Diseño: Bob Shaw

– Arte: Laura Ballinger,  J. Mark Harrington

- Música: Robbie Robertson

- Efectos: Cory Brink,  Doug Facciponti, 

Dave Lieber,  Brandonn S. Petri, Marco Abbruzzese 

- Producción:  Troy Allen. Richard Baratta,

Gerald Chamales, Robert De Niro, Martin Scorsese,

Jai Stefan, Irwin Winkler

-  Intérpretes: Robert De Niro,  Al Pacino, Joe Pesci, 

Harvey Keitel, Ray Romano, Bobby Cannavale,

Anna Paquin, Stephen Graham, Stephanie Kurtzuba,

Jack Huston, Kathrine Narducci,  Jesse Plemons,

Domenick Lombardozzi, Paul Herman

– EEUU/2019.

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