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‘Había una vez...en Hollywood’

La novena película del director Quentin Tarantino se centra en los años dorados de la Meca del cine estadounidense.

Escena del filme ‘Había una vez...en Hollywood’

Escena del filme ‘Había una vez...en Hollywood’ Foto: sonypictures.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz - crítico de cine

00:00 / 28 de agosto de 2019

Los ocho largos precedentes de Quentin Tarantino compactaron, uno tras otro, a las irreconciliables huestes de admiradores y detractores de este realizador, al cual empero nadie cuestiona la consecuencia inocultable con una visión, aparejada a un estilo, discutible pero propia, eso sí, de Hollywood; en particular de sus años dorados, cuyo crepúsculo pareciera ser la materia aquí abordada con una mezcla de nostalgia y mordacidad, focalizando su mirada sobre el asesinato de la actriz Sharon Tate, junto a otras cuatro personas, en aquel horrendo crimen perpetrado medio siglo atrás por el psicópata Charles Manson y su lunático clan.

Tal como si aquel crimen hubiese puntuado el ocaso de la inocencia, o del glamour, de una sociedad feliz —la materialización cabal de la convocatoria hippie a hacer el amor y no la guerra—, asaltada de pronto por la realidad de un mundo en el umbral de las convulsiones de la década de los años 70, Tarantino emprende un largo —dos horas con 41 minutos— viaje personal a sus recuerdos, sus gustos, sus ídolos, pasado por el tamiz de una mirada conservadora atenida a la sentencia de que todo tiempo pasado fue mejor, cuya hilacha ya asomaba nítida en buena parte de los títulos de su filmografía, con la sola excepción de los dos primeros: Perros de la calle (1992) y Pulp Fiction (1994).

Aquel par de emprendimientos dieron a pensar que se venía un autor independiente equiparable a sus compatriotas Samuel Fuller y Don Siegel, con algunos rasgos que lo emparentaban al Jean Luc Godard de los inicios de la Nouvelle Vague. Presunción desmentida en gran medida por los títulos siguientes, en los cuales la independencia respecto a los patrones de la Meca del cine daban cada vez más la impresión de no pasar de ser un gesto propicio para el mejor rendimiento en taquilla de un director que en realidad rentabilizaba los laureles en los que se había dormido, acunado por las melodías del convencionalismo de la industria y de sus propias fórmulas ya vacías de todo impulso creativo auténtico.

Este noveno intento por asegurarse un lugarcito en la inmortalidad —preocupación medular de QT, daría la impresión— vuelve a dividir los bandos, cuando incluso los críticos más severos coinciden que, de las últimas realizaciones del director, esta es la menos fallida, no obstante la pretenciosidad intacta de un festín de citas al cual vuelve a convocar a todos sus amigos y fantasmas, reincidiendo en la idealización de un momento del cine del cual fue apenas un espectador ocasional, pero en cuyo Olimpo, está claro, le hubiese encantado tener un lugar de privilegio según ilustra el mimetismo cinéfilo que, al decir de algunos, lo convirtieron en el maestro del reciclado fílmico.   

Ambientada en Los Angeles de 1969, la casi inexistente historia pivotea en torno a alternados retazos existenciales de tres personajes que, en definitiva, obran en el modo del pretexto para un ir y venir narrativo desentendido de cualquier progresión dramática en el sentido usual del término. Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) supo ser en su tiempo una notoriedad televisiva merced a su rol protagónico en  el western serial Bounty Law. Pero luego, lanzado a buscarse un lugarcito en la pantalla grande perdió soga y cabra ante las dificultades para adaptarse a un momento en el que tambaleaban los paradigmas del mainstream —que entonces por cierto no se llamaba así—, con sus galanes de una pieza encasillados en los moldes de  género, su visión monocroma, a menudo prejuiciosa del mundo exterior, y la simplificación de la vida a una cuestión de buenos contra malos siempre de una sola pieza.

Junto a Dalton, agobiado por el miedo al olvido, propenso al alcoholismo y fumador empedernido, con las consecuencias de rigor, habita Clif Booth, excombatiente de alguna guerra y ex “doble de riesgo” de Rick durante las filmaciones, ahora su chofer y asistente orquesta; tipo distendido, casi un vividor que no desperdicia oportunidad de galantear con las féminas de la curiosa “familia” de chiflados, a la cabeza de Manson, alojada en un rancho semiderruido donde se filmaban antiguamente películas del oeste, cuyo propietario trueca alquileres por favores carnales.

Para completar el cuadro, en la casa de enfrente moran un tal Roman Polanski y su atractiva esposa Sharon. Enterado de que el vecino tiene algo que ver con el cine, a Dalton se le abre pronto el apetito, pero…. No son los únicos íconos del cine que pasean sus nombres y/o avejentadas figuras entre escena y escena, como si anduvieran por allí al azar o por no tener otra cosa que hacer, aunque allí tampoco hacen casi nada. Así puede uno toparse con Bruce Dern, Al Pacino, Dakota Fanning, Kurt Russell y un largo etcétera, al cual se agregan las referencias de pasada a Bruce Lee, Steve McQueen, John Wayne, Edd Byrnes amén de las mencionadas a  Polanski y otra asimismo nutrida galería de celebridades de época.

Una de ellas es  Sharon Tate (Margot Robbie), la tercera protagonista a quien acompañamos a ver y disfrutar La gran evasión, la última película por ella protagonizada antes de su homicidio el 9 de agosto de 1969. Se la muestra algunas veces más, pero en esa ficción dentro de la ficción, con varios pliegues de lectura, quedan resumidos casi todos los alcances denotativos de la excursión de Tarantino a esa instancia agónica del espíritu pop, horadada por una realidad que ya no era posible idealizar en los términos socorridos por la principal industria del entretenimiento y de la adecuación de los imaginarios colectivos del planeta entero a los paradigmas de aquel universo de fantasía.

Las dos primeras horas del relato están armadas en el modo del mosaico, apelando recurrentemente al flashback, como si el realizador hubiese querido dejar que el espectador componga su propia historia hurgando, en el caso de los memoriosos, en los recuerdos de tales tiempos idos, pero arriesgando aburrir al grueso de un público que no habrá visto, ya olvidó, tal momento; o bien no comparte la idealizada visión, y la pesadumbre, de Tarantino por el naufragio de un discurso cinematográfico en definitiva esquemático y desentendido del contexto real. Los 41 minutos finales reviven, por puro arbitrio, otro de los tics del estilo del director: el recurso a la violencia desatada, incluyendo la sobreactuación deliberada, como filón expresivo, en la oportunidad incoherente con el tipo de narrativa que los antecede así como con el cuidado puesto en la composición de sus personajes por DiCaprio y Pitt, resignados, en ese tramo agregado, al capricho de director.

Algunas recensiones extrañaron los farragosos diálogos propios del estilo Tarantino, varias de cuyas películas orillan el teatro filmado, como si de la cantidad de réplicas más o menos impostadas dependiera el fuste de una realización. En la oportunidad, y es más bien una opción digna de agradecer, la puesta en imagen se concentra en lo visual merced a la puntillosa, casi maniática, reconstrucción de época y ambientes. La fijación del director por armar un símil lo más exacto posible del cine de antaño lo llevó incluso a negarse a filmar en soporte digital eligiendo el viejo celuloide, menos definido pero más cálido. De hecho en aquellas, pocas, salas que aún disponen de proyectores de 35 o 70 mm. es en esos formatos como se estrenó el film permitiendo apreciar en su real valor la notable fotografía de Robert Richardson, basada en los encuadres, los movimientos de cámara y la iluminación de los innumerables títulos a los cuáles, cómo siempre, homenajea o simplemente utiliza. Aporta lo suyo asimismo la no menos destacable ambientación de época, a la que  contribuye de igual manera la banda sonora armada casi exclusivamente en base a las melodías difundidas en los vehículos que circulan por las imágenes.

En definitiva, Había una vez…en Hollywood alterna dianas, sobre todo formales, y pifias tributarias de la impostada trivialidad de su creador, anotado sea sin dejar de reiterar que de sus últimas realizaciones ésta es la más potable, aunque también sirve para ratificar que Tarantino no es, ni de lejos, Peckimpah.

Ficha técnica

Título original: Once Upon a Time… in Hollywood

- Dirección: Quentin Tarantino

– Guion: Quentin Tarantino

- Fotografía: Robert Richardson

–Montaje: Fred Raskin

– Diseño: Barbara Ling

– Arte: John Dexter, Richard L. Johnson, Jann K. Engel

– Maquillaje: Stephen Bettles

– Efectos:  Marc Banich, Andy Bergholtz, Marc Tantin

– Música: Los Bravos

– Producción: William Paul Clark,

David Heyman, Quentin Tarantino

– Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Brad Pitt,

Bruce Dern, Al Pacino, Margot Robbie,

Emile Hirsch, Margaret Qualley,

Timothy Olyphant, Julia Butters,

Austin Butler, Dakota Fanning,

Rafal Zawierucha – EEUU-INGLATERRA-CHINA/2019

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