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Grafiti Arte - Grafiti Perro

El grafiti con conciencia ciudadana no pretende ensuciar los muros sino comunicar y embellecer, dejar huella.

Propuestas. Militancias, testimonios personales o colectivos; los grafitis son una forma de lenguaje para la expresión política, artística, sociológica y urbanística.

Propuestas. Militancias, testimonios personales o colectivos; los grafitis son una forma de lenguaje para la expresión política, artística, sociológica y urbanística. Fotos: Alfonso Gumucio Dagron

La Razón (Edición Impresa) / Alfonso Gumucio Dagron - crítico

00:00 / 12 de marzo de 2017

Dice la Real Academia Española (RAE) de la lengua que ‘grafiti’ (del italiano grafiti, plural de graffito) es una “firma, texto o composición pictórica realizados generalmente sin autorización en lugares públicos, sobre una pared u otra superficie resistente”.

Como definición vaya y pase, pero dice poco de lo que significa el grafiti en términos de expresión política, artística, sociológica y urbanística. Las ciudades del mundo están llenas de grafiti y las ciudades bolivianas no son la excepción. No es un fenómeno nuevo, todo lo contrario, ha sido ya consagrado por intervenciones urbanas como la de Bansky y tantos otros.

Si en su origen, que podría remontarse a la época de las cavernas, el grafiti era anónimo, ahora es producto de artistas reconocidos o de perros…. desconocidos. Me explico: hay por lo menos dos categorías de grafiteros: los artistas y los perros. En la primera categoría hay dos vertientes: los artistas que expresan color y belleza y los que expresan a través de palabras posiciones políticas e ideológicas.

En la segunda, la de los grafiteros perros, lo que se pretende es marcar territorio, como los perros cuando mean sobre un arbusto, un poste o un muro. Generalmente este tipo de grafiti es solamente una firma, un signo incomprensible para el ciudadano común, pero revela una pugna territorial, un afán de delimitar el espacio de un barrio y de irritar a los vecinos con una señal de vandalismo impotente.

El grafiti perro suele molestar a los vecinos que se esfuerzan en mantener las paredes de sus casas limpias y bien presentadas y no entienden que mientras más blanca sea la pared, más invita a mancharla, a llenarla de signos que hablan de identidades frustradas, que se expresan con rayas y manchas como si de ello dependiera su vida. ¿Qué pensarán los perros cuando se acercan a un muro, lo huelen y le echan encima un chorro de orín?

Los muros de la ciudad han sido siempre espacios en disputa y eso es algo que no me desagrada, al contrario. Me vienen a la memoria tres momentos que tienen que ver con mi experiencia. Todos representan los encuentros furtivos entre los muros y los ciudadanos. El primero en París, cuando los muros hablaban del movimiento estudiantil de mayo de 1968, donde no se trataba solamente de expresar una revuelta sino de cambiar colectivamente la vida de la ciudad. De ahí los famosos grafiti filosóficos y poéticos “Sous les pavés la plage” (“Debajo del adoquinado está la playa”), “Soyez realistes, demandez l’impossible” (“Sean realistas, pidan lo imposible”), “Il est interdit d’interdire” (“Está prohibido prohibir”) y tantos otros.

En otro momento posterior, cuando viví en Nueva York, una legión de grafiteros se encargaba de ingresar en las noches en los depósitos donde se guardaban los vagones del metro (subway) que al día siguiente circulaban bellamente decorados. Las autoridades se cansaron de borrar esas manifestaciones de hedonismo individualista y terminaron convocando a los grafiteros para invitarlos a pintar respetando ciertas normas, por ejemplo, no cubrir con pintura las ventanas.

Los críticos de arte se interesaron y empezaron a publicarse libros con los grafiti del metro o con los enormes murales que aparecieron en Los Ángeles, producidos por artistas latinos. El grafiti entró así en la categoría de arte.

Otro antecedente que conozco de cerca es el de la pintura ingenua de Haití, producto de una historia donde se mezcla lo sagrado y lo profano, maravillosa recreación de tradiciones y magia “negra” (el término no lo pongo yo). Resulta que hasta la década de 1940, era común que los muros de los lugares donde se  practicaban ritos de vudú estuvieran cubiertos de grafiti con representaciones de los orishas de origen yoruba, transportados a América en el alma de los esclavos africanos. Todavía es común ver estos murales y he fotografiado varios durante los años de mi vida en Haití.

Algunas de esas representaciones tenían tanta calidad expresiva que en 1943 al holandés DeWitt Clinton Peters, aficionado al arte ingenuo, se le ocurrió pedir a uno de los pintores que representara esos mismos temas sobre un lienzo, de modo que pudiera llevárselo a su país, cosa que no podía hacer con un muro. Así se comercializó desde entonces el arte naif haitiano, que ha generado obras y artistas extraordinarios. Tuve la suerte de conocer personalmente a grandes maestros de ese arte: Wilson Bigaud, Prefet Duffaut, Alexandre Gregoire, Georges Auguste, André Pierre, entre otros.

Los grafiti son una forma de respiración de las ciudades. Sin ellos estaríamos librados a la asfixia de la publicidad comercial, que sería la única referencia de color en el paisaje urbano. Los muros pintados con aerosol o con otra técnica reviven calles antes deprimidas o barrios donde nadie quería caminar. No es solo una añadido de color e imaginación, sino la representación de que los ciudadanos ocupan el espacio público, se apropian de él.

En nuestra ciudad hay muchos ejemplos, quizás no en las dimensiones que encontramos en otros países porque existe un enorme prejuicio sobre el arte de la calle.

Un prejuicio sobre todo marcado por la experiencia del vandalismo que se expresa sin mensaje, sin calidad, sin propuesta. Su única función parece ser la de decir “yo estuve aquí”, un pasaje narcisista tan efímero y superficial como es probablemente la juventud de sus autores.

A estos ‘grafiti perro’ se oponen los grafiti con contenido, frases poéticas o lapidarias que buscan conmover. Destacan en La Paz los del grupo activista Mujeres Creando, que lleva muchos años plasmando con una caligrafía inconfundible frases como “No saldrá Eva de la costilla de Evo”, “Nosotras parimos, nosotras decidimos”, “Ningún vestido provocador justifica a un violador” y otras marcadas por sus palabras punzantes.

Esos textos ya no irritan a la burguesía sino a la clase media, cada vez más conservadora y corroída por prejuicios sociales y religiosos, como demuestra lo que sucedió con el mural de Mujeres Creando en una de las paredes del Museo Nacional de Arte el 10 de octubre de 2016, cuando un grupo de extremistas cristianos cubrió de pintura blanca mensajes considerados ofensivos a sus creencias. Si aplicáramos la misma intolerancia a la Biblia, habría que quemar ejemplares todos los días, por su oscurantismo respecto de la mujer.

Entre los grafiti textuales me gustan los que apelan a la poesía y a los sentimientos. El grupo Acción Poética no tiene la constancia de Mujeres Creando, pero dejó en los muros de la ciudad muestras como: “Resbala por mis labios y transfórmate en palabras”.

Hay muros que hablan de comportamientos ciudadanos. No son quizás grafiti espontáneos sino motivados por iniciativas institucionales o de colectivos ciudadanos, que sirven para educar a la población, como “La violencia le gusta cuando callas, porque estás como ausente”, sobre el machismo y la violencia contra la mujer.

Tradición artística a veces, provocación otras, pero casi siempre expresión creativa, el grafiti con conciencia ciudadana no pretende ensuciar los muros sino comunicar y embellecer.

Los grafiteros se invierten en ellos para dejar huellas, militancias de varios colores, testimonios personales y colectivos. Son conscientes de que su arte es efímero porque cambia, es intervenido por otros, a veces destruido sin motivo y otras recubierto por una propuesta diferente, no necesariamente contestataria de la anterior.

Solo el ojo de los fotógrafos permite que conservemos la memoria de esos momentos. Los grafiteros no se preocupan por el “mañana” de su obra o la supervivencia de su expresión creativa. El desafío es precisamente el carácter efímero de cada obra y su trascendencia a través de las miradas y las fotografías.

Unos anónimos, otros con firma, otros reconocibles por su estilo expresivo, en su conjunto construyen una narrativa de los muros que hablan de la ciudad, de sus problemas y deseos. Son a veces inscripciones cifradas, mensajes secretos, códigos que pocos pueden entender.

Las técnicas son diversas. En un reciente paseo por París vi en Monmartre grafiti “pochoir”, que consiste en reproducir una imagen sobre papel, recortarla y pegarla en lugares estratégicos. Hay por lo menos siete categorías diferentes según los materiales que se usan y la intención que persiguen: collages, relieves, aerosol, pintura, papel, fresco, todo vale en esta forma de expresión ciudadana.

A veces, un pequeño cambio altera el sentido del mensaje. En El Alto fotografié hace muchos años un letrero que decía “PROHIBIDO ORINAR”, al que borrándole simplemente la patita de una “R” convirtieron en “PROHIBIDO OPINAR”.

La ciudad estaría desnuda si sus muros no hablaran. La esterilización del espacio público le quita a las ciudades un pedazo de su espíritu. Un muro vacío es como la página en blanco que provoca al poeta. Habría mucho más que decir. En lo que a mí respecta, he retomado la buena costumbre que tuve en mi juventud, de recorrer a pie las ciudades con la cámara en mano, buscando en los muros aquellas señales que me interpelan.

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